Opinión

¿Qué pasa en Valle de Bravo?

Valle de Bravo es uno de los pueblos mágicos en el Estado de México. Dueña de un lago donde las élites de la ciudad de México presumen sus veleros y esquían, corren en motocross y en sus bicicletas de 50 mil pesos, o cabalgan en las montañas, esta comunidad ha sido el destino preferido de fin de semana de la alta sociedad capitalina por años. El pueblo, de calles sinuosas y empedradas, y arquitectura colonial, tiene una temperatura alpina, que prende chimeneas en las residencias. Si nunca ha estado en Valle de Bravo y se le antoja, ni lo piense. No lo haga.

En Valle de Bravo están secuestrando con una velocidad que asombra tanto como la claudicación de la autoridad o la inexplicable pasividad para atacar este fenómeno que crece en espiral. “Tenemos tres secuestros activos”, admitió el secretario de Gobierno del Estado de México, José Manzur. Quienes conocen de lo que está sucediendo, sugieren que hay más. La activista Isabel Miranda de Wallace dijo este martes que mucha gente no denuncia los secuestros en Valle de Bravo, por lo que los índices delincuenciales no corresponden a la realidad en ese municipio. Hechos recientes apoyan la alarma prendida.

Este fin de semana varias personas que circulaban por los senderos de sus montañas, fueron secuestradas. La pasada, una pareja de extranjeros que iba a pasar el fin de semana a ese poblado, se topó con un retén al entrar a Valle, vestidos de Policía Federal, pero aparentemente de narcotraficantes michoacanos, que los ha mantenido cautivos desde entonces. La previa, sólo el pago de un secuestro millonario impidió la muerte de la víctima. “No hay capacidad para controlar esto”, admitió un alto funcionario del gobierno del Estado de México. Entonces, puede uno añadir, que cada quien se haga cargo de su seguridad.

“Aquí la ley no puede hacer nada”, le dijo un secuestrador al negociador de un rescate. Paga la familia o pagan ellos. Los rescates son de cuando menos siete dígitos y las autoridades locales le han recomendado a quienes todavía pierden el tiempo en denunciar
–porque no tienen apoyo de ellas– que se pague para evitar pérdidas de vida. Los secuestradores no tienen preocupación por las autoridades locales o estatales, pero si el Ejército o la Policía Federal se acercan a las zonas donde tienen recluidas a las víctimas, advierten, las matan.

Valle de Bravo es hoy arquetipo de la ley de la selva, pero la descomposición se viene incubando desde 2010, cuando el problema de la violencia vinculada con la delincuencia organizada le quitó la ingenuidad a quienes todavía pasaban ahí los fines de semana. Las autoridades estatales y federales no hicieron nada para atacar a los criminales y frenar el fenómeno de la violencia. Los cárteles de la droga tienen nexos con los talamontes, y hacen un tándem delincuencial sin freno. En 2012, personal de Probosque, un organismo descentralizado del gobierno del Estado de México, fue a investigar una denuncia de tala de bosques, pero con lo que se topó fue con un laboratorio de metanfetaminas. Los narcotraficantes los descuartizaron. Ni aun así se hizo algo.

La situación actual de la inseguridad en Valle de Bravo se incrementó al arrancar la primavera, cuando empezó la diáspora de criminales en Michoacán. Ese municipio, que colinda con Atlacomulco –la tierra del presidente Enrique Peña Nieto–, se encuentra a 74 kilómetros de Zitácuaro, donde empieza la región michoacana de Tierra Caliente, y a 15 minutos de Temascaltepec, la puerta de entrada de los viajeros procedentes de Arcelia, en la Tierra Caliente de Guerrero, que está a 135 kilómetros. A 165 kilómetros de Valle de Bravo se encuentra Luvianos, el centro del narcotráfico en tierras mexiquenses.

Los viejos asiduos a Valle de Bravo han dejado de ir a su viejo santuario de descanso, que hoy es el segundo lugar del país en robos a casa habitación. La delincuencia ahí tiene varios patrones. Hay una parte que está vinculada al crimen organizado, pero hay otra que parece más local. Un secuestrador, por ejemplo, le dijo al negociador que no era gente mala, pero necesitaba dinero, lo que sugiere desesperación económica. Lo mismo podría decirse de lo que sucede en la carretera de Toluca a Valle de Bravo, donde tiran piedras a los automóviles desde los puentes para que se detengan y puedan asaltarlos.

La violencia en Valle de Bravo sufrió esta nueva espiral desde que en enero se capturó al jefe de plaza de Los Caballeros Templarios, José Luis Garduño, y se acentuó en marzo. Cuando detuvieron a Garduño se dijo que recibía protección de la Policía Municipal, pero nunca se siguió esa pista. El dato no es menor. Fuentes del Grupo Antisecuestros de la Procuraduría mexiquense aseguran que los criminales en Valle de Bravo tienen la protección de los municipales, pero no pasa nada. En ese municipio hay rondines de patrullas del Ejército y recientemente se instaló un destacamento de la Marina, pero da igual. Los secuestradores se burlan de todos ellos y mantienen el delito al alza. ¿Las autoridades? Bien, gracias, ¿y usted?