Opinión

Qué pasa cuando se debe mucho y se crece poco

 
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ME. El dólar le pegará a la inflación.

Resulta interesante analizar la similitud entre el periodo que vivimos y la década posterior a la Primera Guerra Mundial. Entonces surgía Estados Unidos como potencia alternativa al Reino Unido. La joven e inexperta nación -crecientemente poderosa, grande y rica- era el gran motor de la recuperación económica de la posguerra y beneficiaba al resto del mundo con su pujante comercio internacional.

La economía en esa década fue fuertemente influida por la adopción generalizada de automóviles, la construcción de carreteras para que circularan, una mejor conexión de suburbios con ciudades, el despliegue de una red eléctrica y el desarrollo de una industria de enceres domésticos. Las tasas de natalidad aumentaron y las de mortandad bajaron, la fuerza laboral creció rápidamente.

Los “fabulosos 20” llegaron a un abrupto final cuando se colapsó el mercado accionario estadounidense en 1929. Después del sorprendente desempeño de las acciones de exitosas empresas en sectores nuevos y deslumbrantes, muchos inversionistas compraron acciones con crédito de margen, es decir, que pagando quizá 20 por ciento del valor total de la inversión, podían tomar 80 por ciento de crédito y así ganar un mucho mejor rendimiento sobre el capital invertido. La bolsa cayó, se depreciaron las acciones que garantizaba la obtención del crédito, y los especuladores tuvieron que vender al precio que fuera para pagar su deuda, precipitando un desplome.

Hoy es China el principal motor de la economía mundial. Ese crecimiento es generado con carretadas de crédito que van en aumento. El acervo total de deuda en China pasó de siete a 28 millones de millones de dólares entre 2007 y mediados de 2014. Equivale a 282 por ciento de su PIB.

La mitad de ese endeudamiento ha ido a parar a una enorme burbuja inmobiliaria en la cual los precios en Shanghái se acercan ya a los de Nueva York o París. A pesar del esfuerzo del gobierno por reducir la especulación, 30 por ciento de la deuda total proviene de entidades financieras no reguladas, y crece 36 por ciento cada año. Los precios en 40 ciudades han aumentado 60 por ciento entre 2008 y agosto de 2014, según un estudio de la consultora McKinsey.

A diferencia de lo que ocurría en los 20, los niveles de endeudamiento en países desarrollados hoy son los más altos en la historia, no tienen margen de maniobra. La deuda total de Japón alcanza 400 por ciento del PIB, Irlanda 390 por ciento, Singapur 382 por ciento y España 313 por ciento. Estados Unidos es el duodécimo país más endeudado con 233 por ciento. A diferencia del resto, sin embargo, si nos enfocamos estrictamente en deuda pública, ese país al menos muestra una tasa de crecimiento casi suficiente para poder empezar a reducir su endeudamiento, pero países como España o Japón requerirían crecer el triple de lo que crecen para lograrlo.

El acervo global de deuda ha pasado de 57 a 199 billones (millones de millones) de dólares entre 2007 y 2014 (286 por ciento del PIB global). Este ha sido un ciclo atípico después de una recesión como la que empezó en 2007, pues típicamente hay una contracción en el endeudamiento después de éstas. Dada la debilidad de la economía global postrecesión, por la caída en la recaudación fiscal y por el elevado costo de los programas de beneficencia social en países desarrollados, éstos sólo han podido mantener su nivel de vida asumiendo deuda preocupantemente creciente.

Si combinamos esta situación con el envejecimiento de la población en el mundo desarrollado, éste incrementará la necesidad de gasto social, y la gente “más vieja” reaccionará con cautela a cualquier mejora económica, privilegiando ahorro sobre consumo, ante la gran incertidumbre por lo que viene.

Por si fuera poco, el extraordinario avance tecnológico en las últimas dos décadas está reduciendo la asignación de recursos a sectores tradicionales, y provoca desempleo conforme desaparecen empresas viejas (como Kodak que llegó a tener 140 mil empleados) y surgen otras (como Instagram que tenía 13 empleados cuando se vendió a Facebook por más de mil millones de dólares). A la larga, no me cabe duda de que la tecnología permitirá mucho mayores niveles de bienestar y de riqueza, mejorará dramáticamente la calidad de vida de la humanidad y ayudará a abatir la pobreza. Pero, a corto plazo, la economía mundial tendrá que digerir el brutal cambio. Como nunca en la historia, veremos que grandes empresas desaparecen, habrá una consolidación sin precedente en sectores tradicionales, y veremos una fuerte disrupción en éstos que provendrá de la adopción de nuevas tecnologías para productos y servicios convencionales.

En el mejor de los casos, la burbuja crediticia china reventará como las de Corea y Japón a fines del siglo pasado, generando dolor conforme llegaron a tasas de crecimiento sostenibles, pero mucho menores; o con un estruendoso crack como el estadounidense de 1929, que impactó al resto del mundo. Ojalá sea lo primero.

Twitter: @jorgesuarezv

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