Opinión

Qué miedo me dan "los buenos"

Leo en la prensa de ayer una de esas barbaridades a las que nos hemos acostumbrado. “Al menos 50 personas, entre presuntas víctimas de trata y trabajadores, fueron aseguradas por la PGJDF…”. Presuntas víctimas. Las autoridades ya allanaron, catearon y detuvieron en un bar de la Zona Rosa, pero apenas van a determinar si hay, o no, víctimas de trata. Se presume que hay víctimas, pero lo que es seguro, aun antes de probarlo, es que hay culpables. Igualito que con el albergue de Mamá Rosa.

Noticias de verano. Esos asuntos que son una bendición para las redacciones cuando los medios de comunicación no saben cómo capturar la atención de las audiencias. Nuestra prensa, fatigada por la compleja discusión de las reformas en telecomunicaciones y energía, no puede creer lo bondadoso que es el dios de las noticias (Luis Prados dixit) cuando desde Zamora, Michoacán, surge la información sobre el albergue La Gran Familia. ¡Qué festín! ¡Una nueva Poquianchis! ¡Sexo, quizá drogas y mucha sordidez en un albergue con cientos de niños! ¿Acaso se puede pedir más en la ordinaria vida del periodista?

No ha transcurrido ni un día y el trabajo de más de 40 años de un albergue, que ha cumplido una función vital, ha quedado reducido a cenizas por la hoguera del morbo de reporteros que sólo dan las versiones oficiales y rumores sin confirmar (hasta de templaria acusan a Mamá Rosa) y por locutores desaforados que dramatizan un hecho que no necesitaba de ningún aderezo.

Pero lo peor llega con el coro de gente que se ha autoasignado la categoría de que ellos son “los buenos”, y que ellos dan fe, porque ellos trabajan incansablemente para salvarnos de nuestra miseria, de que Mamá Rosa es mala, y que merece el infierno de los juicios sin defensa.

Algunos de esos “buenos” tienen una cruzada para combatir la trata. Sin duda han dado visibilidad al tema. Pero esos “buenos” nunca se detienen a pensar que la realidad suele ser mucho más compleja que sus vocaciones redentoras donde sólo caben los malos –los otros, todos, incluso usted y yo, que por no militar en la causa con el fervor que ellos, somos cómplices del mal–; y los buenos –ellos, que están aquí para decirnos que salieron a la calle y, horror, vieron cucarachas y ratas en un albergue de pordioseros–. ¿Pues qué esperaban ver? ¿Los arreglos florales del Four Seasons?

Una anciana administra un lugar para medio millar de personas sin casa. Por supuesto que algo pudo ir mal, muy mal, en las últimas fechas. Por supuesto que una añeja labor a favor de los desposeídos pudo prestarse a abusos de subalternos sin controles. Pero ni la prensa, ni sobre todo “los buenos”, quieren darse el lujo de detenerse en esas nimiedades que son el balance, el respeto y la mesura.

Porque como “los buenos” son buenos, no precisan de ese estorbo llamado humildad: su impoluto evangelio es más importante que la defectuosa realidad. Y sólo quieren posicionar una voz: Mamá Rosa es culpable, los internos de La Gran Familia presuntas víctimas, y nosotros tenemos que creerles como si todo fuera palabra de Dios.

Salvo un detalle. Que ya alguien que se dijo hijo de Dios advirtió que entre el bando compuesto por fariseos y escribas, y los ladrones, se quedaba con estos últimos. Prefiero la imperfecta labor de “la culpable” Mamá Rosa, que el maniqueo discurso de “los buenos” sobre las presuntas víctimas. Qué miedo con “los buenos”.