Opinión

Puntos para una crítica de cine


 
Hace algún tiempo escribí un texto que titulé La crítica de cine o el arte del equilibrista; en resumen, era lo que tenía que incluir una crítica de cine.
 
Uno: con toda limpieza hacer la crónica de lo que estás viendo en la pantalla.
 
Dos: los datos fundamentales para poder situar la película contextualmente. (La cinematografía a la que pertenece, la corriente de cine a la que pertenece, lo que ha trabajado el mismo realizador o si es debutante; en fin, toda una serie de información.)
 
Tres: evidentemente tu capacidad analítica; la capacidad analítica que tiene que ser de todo tipo: dramatúrgico, visual, directamente cinematográfico. Hay toda una serie de bagaje analítico que te funciona. Sin eso, no hay crítica.
 
Y, por último, tu interpretación de la película, desde luego. Tu valoración del filme; con ello me refiero a una evaluación de las contradicciones internas de la cinta; es decir, las contradicciones que tiene una obra cinematográfica. Ninguna obra de arte es lisa, está llena de contradicciones. Así que lo importante es precisamente plantear éstas, hacerlas evidentes, hacerlas que afloren, y, a través de tu propio lenguaje, valorarlas.
 
No necesitas dar una conclusión para establecer ese tipo de choques internos que tú estás viendo dentro de la película en seguida víctima de un segundo ataque ante la impotente atención devota del amorosa anciano dejado a sus menguadas fuerzas, y al final postrada irremisiblemente en su lecho, cada vez más adolorida y dependiente, hasta que el compañero platicador apaciguante de sus delicias o sus traumas remotos decide en un impulso ahogarla con la almohada y, tras confesar su crimen bienhechor por escrito, suicidarse a solas en el pasillo.
 
El espasmo terminal irrumpe de entrada con la fuerza pública en los aposentos olorosos a gas doblemente doméstico donde yace el cadáver circundado por flores de una apacible anciana, omitiendo, ocultando como extrema astucia narrativa toda referencia al provecto esposo ansiosamente contenido que le aplicó impulsivamente la eutanasia como supremo acto de amor, y luego sencillamente detalla los pormenores de ese deceso-ejecución, porque el relato se propone adoptar el punto de ese personaje omitido, y porque sólo podrá así remitirse y concentrarse con excelsa delicadeza en una mera enumeración de hechos duros (¿dolorosa herencia del Pialat de 'El hocico abierto 74'?), tan severamente serenos como su marido-enfermero-testigo-agente, permitiendo, eso sí, que el flujo de los acontecimientos y su cálculo dramático demore en algunos de éstos tanto como lo necesiten para imponer su ley emocional (como las visitas de la capitalista Eva Futura parloteando sobre heces fiscales inmobiliarias y la ceremoniosa schubertiana del morbosón ex alumno pianista Alexandre Tharaud), más allá de lo clásicamente pensable indispensable, dejando que eventos considerados fundamentales (como los ataques fatales o las allidas operaciones quirúrgicas) se asienten con la brutalidad de elipsis totales, apenas adivinadas, diluidas entre el anticlímax neurálgico-imperioso que baña e impone la eficacia casi clínica de esos procesos de deterioro físico y mental de los octogenarios igualmente destruidos por la adversidad enferma.
 
El espasmo terminal recurre como asideros imaginarios y máximas argucias ambivalentes, una sola vez por testa, a un sueño desconcertante de inundación y asalto (visualizando la inquietud real del viejo), a un par de regresivos relatos infantiles (certificando la esclarecedora lucidez de lo real vuelto relato y el temor innato a la verdad), a un flash mental en la sala (deseando, deseando), a una visión mortuoria (retornando tras lavar los platos a la dicha informulable antes de partir al teatro o a la autodesaparición) y a una paloma metafórica, poetizando el inatrapable arraigo a la vida pese a todo. Y el espasmo terminal hace del paulatino deterioro una tragedia cotidiana en la prisión doméstica (jamás domesticada) de los actos menudos y las desesperadas actitudes heroicas que pueden resultar admirables (para el ignorante conserje buenaonda), irritantes (para la burda enfermera cursi de inmediato corrida) o sublimes, para el resto de los espectadores incomprensivos, que no entendemos ni hacemos caso del oficio de tinieblas prometido ni del hosco arte de procurar la muerte misericordiosa, coronados finalmente por una cadena de oquedades fractales y tranquilizados silencios del depto vacío disolviéndose en la clemente y sagrada nada.
II. EL ALMA EXTRAVIADA. En 'Fausto' (Rusia, 2011), hipnótico y fascinante filme 14 del inasible ruso postsoviético de 60 años Alexandr Sokúrov ('Madre e hijo' 97, 'El arca rusa' 02), con guión suyo y de Marina Koreneva y Yuri Arábov basado en la tragedia homónima de Johann W. Goethe, el docto autor de valiosos tratados de fisiología Fausto (Johannes Zeiler con desglamourizadores bonetes perpetuos) hace autopsias y exhumaciones clan- destinas que lo exasperan por no poder hallar el órgano del alma, que según su atropellado alumno ayudante Wagner (Georg Friedrich) podría encontrarse hasta en los pies, y luego marcha furioso por calles y atrios de una ciudad vagamente medieval, enfrentando la mezquindad, el prejuicio religioso y la ignorancia circundantes, presenciando tormentos en el potro de tortura como forma de indagación alquimista, comprobando la vana inutilidad del hallazgo de la piedra filosofal, liberando a un Homúnculo atrapado en una esfera de cristal, divisando con telescopio un mono en la luna e incorporándose al cortejo fúnebre del soldado Valentín supuestamente inmolado por él mismo en cierta tenebrosa taberna y hermano de la inefable lavandera Margarita (Isolda Dychauk veermeriana), a quien el infeliz erudito desea poseer tanto como la gloriosa iluminación omnisapiente, por lo que celebra un trascendental pacto negativo con el viejo diablito prestamista de sexo en el culo chusco Müller (Antón Adasinski) que, dispuesto a cumplirle cualesquiera de sus despropósitos, lo sigue por doquiera que vaya, pero el sabio ahoga a la amada muchacha en un manantial y abate a su escudero infernal, incumpliendo su pacto.
 
El alma extraviada glosa de heterodoxa y minimalista manera sólo motivos de la leyenda alemana y la tragedia romántica en que se inspira y de las que apenas retoma libremente situaciones analógicas y frases definitivas (igual a lo hecho por Sokúrov con la totalidad de la literatura rusa decimonónica en su obra maestra-clave Páginas murmurantes 94), para fundirlas en las sombrías atmósferas enrarecidas y las visiones criptometafísico-poéticas de un opresivo continuum supradramático, teniendo prioridad estética unas tenebristas recreaciones onírico-plásticas donde se dan cita pintores infiernohumanistas como El Bosco, Brueghel, Rembrandt, Goya, cual inagotable exploración de una caverna laberíntica, con cero expresionismo monumental (Murnau 26), música transfiguradora de Alexandr Zlamal y a pesadillescas dimensiones cósmicas-cómi- cas. El alma extraviada cuestiona las bases mismas de la civilización y la cultura occidentales al enfocar a su ya emblemático doctor Fausto como un infausto ser fallido, náufrago obsesivo de la tiránica búsqueda del sentido de la vida, al mismo nivel de los anteriores grandes tiranos de la tetralogía del postarkovskiano Sokúrov a la que por derecho transferido se integra ('Hitler en Moloch' 99, 'Lenin en Taurus' 01, 'Hirohito en El sol' 05). Y el alma extraviada aún ahora sigue errando entre géiseres maléficos por toda la eternidad y un día.