Opinión

Puenzo y Van Warmerdam: malignando

I. LA PUREZA PERFECTA. En El médico alemán (Wakolda, Argentina-España-Noruega-Francia, 2013), diáfano opus 3 como autora total de la apapachada cineasta (en parte por heredera de papá Luis) también literata argentina de 37 años Lucía Puenzo (tras un sobrevalorado hermafrodita XXY 07 y la fantasía-thriller lésbica El niño pez 09), con base en su propia novela Wakolda, el agazapado médico exnazi maniático de los temerarios experimentos en seres humanos para alcanzar la inmaculada pureza perfecta de la especie Josef Mengele (Alex Bredemühl siniestro de siniestrópolis) se cruza en el camino hacia el sur argentino del desolado invierno eterno, con una ingenua familia clasemediera que va rumbo a la rehabilitación de una suntuosa hostería en el paradisíaco Bariloche de 1960 y desde entonces irá estableciendo con sus principales miembros relaciones de fascinación y aparente servicio que en el fondo contribuyen a sus desalmados fines; así, a la hija sietemesina ya de 12 años que semejan 8 para ser tratada a patadas como “enana” por el bullying del colegio alemán de la localidad Lilith (Florencia Bado llena de grandes y blancos dientes megaexpresivos) la seduce con su maduro carisma y a base de obsedentes dibujos anatómicos y delirios de Hombres del Sol precursores del Superhombre nietzscheano e inyecciones para hacerla crecer de inmediato varios centímetros, a la embarazada madre germanoparlante Eva (Natalia Oreiro con gesto de tango perpetuo) la auxilia en la detección y el tratamiento oportuno de los gemelitos que están punto de nacer (uno ya intervenido en su biología para fungir como contraste del otro), y al protector padre sistemáticamente a la defensiva Enzo (Diego Peretti) se lo gana haciéndolo su socio en la fabricación de las muñecas con corazón mecánico que siempre ha soñado, pero por fortuna, junto a la maléfica mansión de al lado rebosante de inutilizados ancianos con vendas, a un sumiso preceptor del hitlerizado colegio y a los aterrizajes periódicos de un hidroplano proveedor de lo que sea, se encuentra la avezada agente de espionaje israelí postEichmann disfrazada de bibliotecaria-fotógrafa Nora Eldoc (Elena Roger) que logrará descubrir la verdadera identidad del histórico doctor asesino, para desenmascararlo y enfrentarse a él, al costo de su vida.

La pureza perfecta adopta como propia, para su cuento cruel, la fluidez, la tersura y la limpidez de un estilo transparente, desasosegado desde el interior y luminosamente opaco (valga el oxímoron) que, a falta de mejor nombre, el crítico Diego Lerer ha denominado neoclásico argentino, que más bien semeja un neoacademismo, con escasa profundidad en sus personajes (sobre todo en los adultos) y aún menos imaginación o inventiva, aunque estupendamente apoyado por los colores azulgrises de la Patagonia y los delirios ocres de una fotografía fraternal en más de un sentido de Nicolás Puenzo, y por una afelpada edición de Hugo Primero que crea en todo momento una andadura elegante, bordeando el cine de horror y el thriller psicológico de suspense sin tocarlos, neutralizando ab ovo cualquier tremendismo.
La pureza perfecta hace funcionar no obstante, de principio a fin, la amplia y polivalente metáfora de la factura de las muñecas vivas (la más querida de ellas bautizada con la voz aborigen Wakolda), una metáfora tanto morfológica como aspiracional y afectiva, una alegoría de la esquizofrénica idea de refundir y remodelar a la criatura humana al precio físico/metafísico que sea, a modo de una perversión más que erótica, compartida entre el médico y sus víctimas, pero sobre todo con la victimada niña-experimento, precozmente activa y socavada, lolitesca e infilmable a rabiar, exacto y no por coincidencia bajo el sino negro de su innombrable homónima antibíblica Lilith, como si fuera el sujeto ideal de un nuevo Teorema de Pasolini (68), en la espantable alianza de la aparente inocencia perdida y la criminal locura racista (“da escalofrío verlos juntos”, escribe la crítica porteña Josefina García Pullés en El amante no. 256), una alianza-choque dulcemente quirúrgica y asquerosamente cutánea.

Y la pureza perfecta se extravía, por lo demás, en su sentido global, en sus sentidos y en los del espectador, dentro de una estética de la digresión, la dispersión y la falta de focalización del objetivo a narrar, para que el médico homicida le recite a su denunciante israelita la inconsciente agonía que le espera congelada bajo la nieve, cual si pudiera diagnosticarla antes de auscultarla, y luego consiga huir volando del edén por él maculado, para morir por ahogamiento en Brasil más tres lustros después.

I. LA STRAVAGANZA VENGADORA. En Borgman (Holanda-Bélgica-Dinamarca, 2013), provocador opus 8 del exuberante pintor y autor-compositor fílmico total aparte de teatrista musical haarlemiano de 61 años Alex van Warmerdam (de Abel 86 a Los últimos días de Emma Blank 09), mejor película en los festivales de cine fantástico de Sitges y Estrasburgo y Suecia, el rencoroso vagabundo Camiel Borgman (Jan Bijvoet) es víctima de una partida de caza organizada por un sádico cura de aldea para limpiar de mendigos-topos la región e intenta refugiarse en la mansión de los esposos acomodados Marina (Hadewych Minis) y Richard (Jeroen Perceval), haciéndose pasar por un infeliz que sólo desea tomar un baño, pero es salvajemente golpeado por el marido, a causa de lo cual el menesteroso regresa poco tiempo después a vengarse y, aprovechando el sentimiento de culpa de la matrona-matriarca moderna que en realidad es una sensible artista de vanguardia que lo acoge con fervor de enfermera, logra infiltrarse en el hogar antes rechazante, para socavarlo en fingida calidad de cuentacuentos bárbaros infantiles o jardinero revolucionador radical (que reemplaza a cierto conservador jardinero ex profeso asesinado al lado de su feliz esposa), para ir diezmándolo gozosa pero con pudorosa crueldad, al frente de un subversivo séquito de itinerantes hembrazas desalmadas y machos seductores (entre ellos el propio realizador) primero mostrados unas y otros bajo falsas apariencias inofensivas, dispuestos a aniquilar y apoderarse la voluntad de niños y adultos, provocando posesiones diabólicas y riñas intestinas, para vengarse en toda su rabia en frío de aberrantes criminales maniáticos contra todos los miembros de la familia, incluyendo hasta la linda nana danesa sólo angloparlante Stine (Sara Hjort Ditlevsen) y su novio soldado que resulta hijo del jefe que recién ha despedido de su empleo al atrabiliario padre Richard muy pronto eliminado, entre muchos otros.

La stravaganza vengadora concita y adultera desde sus marchitas raíces toda una parafernalia mixta de cine de aventuras a la intemperie imaginativa, thriller hiperviolento, horror film superabusivo, fábula pánica y reivindicada alegría de vivir de caballeros templarios michoacanos, repleta de elementos absurdos y descabelladas escnas de colección, a saber, con base en cerbatanazos de dardos con veneno, bebedizos trastornantes, imposturas galenas, cadáveres con cabeza en cubeta de cemento arrojados al lodoso riachuelo, cruces aparecidas en el hombro y destazamientos pesadillescos a lo cine de culto de Takashi Miike, con jaladísimas tan hilarantes como el maldito a la vera de la mujer dormida para inducirle delirios oníricos que al despertar sobresaltada ella tomará por reales.

La stravaganza vengadora retoma la dialéctica hegeliana de la interdependencia del amo y el esclavo allí donde la habían dejado Harold Pinter-Joseph Losey en El sirviente (63), pero trastocándola, trastornándola, multiplicándola y haciéndola proliferar hasta desquiciarla sustancialmente y llevarla a extremos perturbadores contra aberrados representantes de un repudiable por injusta sociedad del bienestar noreuropeo, explícitamente profetizados por una maldición del pérfido resentido cuando vapuleado (“Sus vidas se volverán un caos”), análogos a los del japonés Sion Sono en Vamos a jugar al infierno (13) aunque permutando aquella delirante gracia sangrienta oriental por un ejercicio más bien abominable, crispado y erizante de bilis negra, cual summun del humor tenebroso y macabro-macabroncísimo holandés, acaso el menos gracioso de la galaxia, pesado hasta lo pastoso y lo despectivo, lo perverso y lo malvado superlativo y gratuito hasta la esquizofrenia destructora o la destrucción esquizofrénica, sin que jamás se defina la naturaleza última de los perversos malhechores, que bien podrían ser extraterrestres intocables, demonios asexuados, intempestivos aunque implacables usurpadores de cuerpos o fantasmas caprichosos, o cualquier otro íncubo de esencia infinitamente peor, sin explicaciones, cual simple enésima encarnación nórdica del Mal absoluto en lo cotidiano.

Y la stravaganza vengadora culmina en un gran finale de bergmaniano-medieval danza macabra en el que las ratas humanas siguen al casto Flautista de Hamelin más allá del jardín devastado, para proseguir con sus Juegos divertidos (Haneke 97) y redondear, al margen de toda Santa Sangre o sermoneadora pretensión octogenaria de Danza de la Realidad jodorowskiana, un cuento de hadas hipermasoquistas, lleno de ruido y furor shakespeariano-chespiritescos, narrado por una idiota malignidad tan paródica/autoparódica cuan satíricamente significando nada.