Opinión

Productividad y población

Los decepcionantes resultados económicos del primer trimestre de 2014 han vuelto a colocar el bajo dinamismo de nuestra economía en las primeras planas. Este trimestre fue especialmente malo –1.2 de crecimiento trimestral anualizado- y resulta especialmente decepcionante dadas las expectativas generadas por el ímpetu reformista del año pasado y por la expansión del gasto público. Conviene recordar, sin embargo, que lo de crecer poco no es cosa novedosa para nuestra economía. Llevamos en eso de crecer apenitas, más de 30 años.

Tirios y troyanos coinciden en que el origen de nuestro ya muy prolongado “arrested growth” tiene fundamentalmente que ver con el pésimo desempeño de la productividad total y, en particular, de la productividad laboral. Entre las diversas explicaciones disponibles, destacan las que atribuyen nuestra baja productividad laboral a la informalidad. La evidencia en el sentido de que la mano de obra en el sector informal es menos productiva que en el sector formal es abundante. Lo que habría que preguntarse, sin embargo, como bien señala el reciente informe de McKinsey, es por qué la oferta de empleo informal crece más que el formal.

Un factor que sorprendentemente no suele figurar en las explicaciones dominantes sobre nuestros problemas de productividad y al que habría prestarle mayor atención, tiene que ver con la dinámica y la estructura poblacional del país. Sorprende el que no se le haya prestado mucha atención a este tema por tres razones principales.

Primero, porque el tamaño de la masa poblacional y, muy especialmente, de la población en edad de trabajar, tiende a incidir de manera importante sobre el precio del trabajo y, por esa vía, indirectamente sobre la productividad. Dicho más claramente: si la población en edad laboral es muy abundante, el precio de su trabajo tiende a deprimirse, lo cual genera pocos incentivos para invertir en tecnología o en nuevos procesos productivos que eleven la cantidad de producto generada por hora-hombre trabajada.

Segundo, porque resulta difícil suponer que el muy dinámico crecimiento poblacional de México no haya afectado el desempeño de nuestra productividad laboral. Entre 1970 y 2010, en México la población total aumentó en 118 por ciento y el segmento en edad de ingresar al mercado laboral (15 a 29 años) lo hizo en 129 por ciento. En el mismo período, la población total y el grupo en edad de trabajar en Chile crecieron, respectivamente, 79 por ciento y 74 por ciento. Si bien el mejor desempeño de la productividad laboral en Chile vis a vis a México es el resultado de muchos factores, resulta difícil, de nuevo, suponer que sus diferentes dinámicas poblacionales no hayan tenido ninguna incidencia en ello.

Tercero porque, contra lo señalado por los libros de texto, la apertura de la economía mexicana no llevó a la especialización en actividades intensivas en mano de obra, sino que generó un sector moderno y dinámico cuya competitividad internacional depende no de contratar más personal, sino de sustituirlo por tecnología. En parte porque, a pesar de su abundancia relativa, nuestra mano de obra es insuficientemente barata para competir con base en bajo precio y, en parte, porque el tipo de personal calificado que requeriría el sector moderno para crecer es muy escaso.

No es de extrañar que en este contexto crezca más el empleo en los sectores poco dinámicos y menos en los que crecen más. No es extraño tampoco que un entorno así resulte en extremo difícil incrementar –al mismo tiempo- la productividad y la oferta laboral. Lo que si llama la atención es la relativamente poca atención prestada entre las explicaciones dominantes sobre nuestra baja productividad laboral a la brecha entre una población en edad laboral inmensa y una “estrategia de crecimiento” que, en los hechos, parece haber estado centrada en sustituir trabajo con capital.