Opinión

'Processo alla città'

 
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El juicio político a Dilma Rousseff podría crear cambios en los mercado. (Reuters)

Hace una semana el Congreso de Brasil votó el impeachment de destitución de la presidenta Dilma Rousseff, acusada (no de corrupción sino) de maquillar el déficit del Presupuesto, una violación a las normas fiscales. En caso de remoción, asumiría el vicepresidente Michel Temer, acusado de vinculaciones al escándalo del Lava Jato. Si Temer no pudiera asumir por este caso, su reemplazante sería Eduardo Cunha, presidente del Congreso acusado de corrupción y lavado de dinero. Además aparece con una offshore en los Panama Papers y también está acusado de poseer cuentas millonarias ilegales en Suiza. El tercero en la sucesión es Renán Calheiros, presidente del Senado, quien también es acusado de corrupción por haber recibido sobornos relacionados con el escándalo de Petrobras. De los 65 diputados que votaron en la comisión especial del Congreso por el impeachment a Rousseff, 37 tenían cargos o condenas por corrupción. Según BBC, más de la mitad del Congreso, 303 de los 513 diputados y 49 de los 81 senadores de Brasil, tienen denuncias o condenas judiciales variadas.

Todo esto me trajo a la memoria una película italiana que me hace pensar en muchos países de América Latina y del mundo, por eso de que la realidad supera a la ficción. La película es Processo alla città, dirigida por Luigi Zampa en 1952, contando sucesos del Nápoles de inicios del siglo XX. Que fuese filmada hace más de 60 años, refiriendo situaciones de hace más de un siglo, la hace más válida, pues ha podido 'hablarle' a públicos de épocas y sociedades muy distintas.

No me detendré en los detalles del guión (no me gusta arruinarle la película a nadie), nada más diré lo esencial: que el filme narra la historia que sucede al hallazgo de los cadáveres de una pareja asesinada, sin pruebas que incriminen a sus asesinos. La historia crecerá en tensión y acabará mostrando un lado oscuro del hombre muerto (formaba parte de la mafia y no diré más). Todo mundo en aquella Nápoles parece tener algo que no quisiera contar ni mostrar. La película exhibe las peores muestras de la condición humana con una corrupción que se extiende como un virus por toda la ciudad, manchándolo todo y a todos. En alguna medida es una sociedad perdida que no sabe cómo levantar cabeza. El juez de la película, y de allí el título, se ve obligado a someter a proceso a toda la ciudad.

La forma en que el director presenta la trama me resulta interesante. Es agridulce y hay personajes que son tan cómicos como trágicos y uno puede sentir repulsión pero al mismo tiempo cierto cariño por esas personas sometidas a una vida que casi ni pueden controlar un monstruo, la ciudad o el crimen, más grande que ellos. Y si digo esto, es porque me remite a Brasil. Y a México y Argentina y Venezuela y… aquí me detengo porque se me acabaría el espacio asignado.

Es imposible escapar a los procesos históricos como a la cultura construida por las sociedades. Si los países tienen corrupción y esa corrupción es evidente, es porque las prácticas discutibles están extendidas no sólo en las capas directivas sino también en la sociedad, que a veces cuestiona, pero en otras celebra el comportamiento indebido. El escritor André Malraux lo dijo mejor que yo: “No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen”.

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