Opinión

Piénsenlo al revés

 
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Esaú Magallanes Alonso, presidente de la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra) en Querétaro, declaró que las empresas deben, primero, aumentar su productividad y que “incrementar los salarios no está en nuestros planes”.

No hay que ser comunista o socialista para considerar que el desarrollo nacional debería enfocarse a conseguir mayor prosperidad de la población mediante el constante aumento del ingreso de los hogares; un populista responsable bordaría sobre el tema de los salarios y remuneraciones.

Pero no es ese el objetivo nacional, lo que explica, además de la pobreza en que viven millones de personas, la trabazón de las inversiones, de los empleos bien remunerados y de la productividad.

En varios círculos, incluidos organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se debate si hay que crecer para igualar o igualar para crecer.

El primer argumento se ha ensayado en extenso y fracasado; el segundo razonamiento está plagado de lugares comunes, pero válidos: más empleos con mejores salarios elevan la masa salarial y el consumo continuo, único estímulo real del crecimiento en una economía de mercado.

Para elevar la productividad como quiere la Cancintra queretana, se requieren grandes inversiones que a su vez requieren y orientan el desarrollo científico y tecnológico para aplicarlo a fines prácticos; productividad con base en mejores tecnologías elevan la producción y eso sólo ocurre si hay un mercado de consumo masivo al final del proceso.

Las naciones capitalistas desarrolladas se diferencian de las que no lo son, por la difusión de la tecnología que provoca cambios en productividad, los cuales no ocurren en abstracto sino en respuesta a condiciones de mercado masivas.

Todo eso es bien conocido, pero sólo se cumple en unas cuantas naciones, entre las que no figura la nuestra. ¿Por qué no en todo el mundo?

La Cepal apunta una de las explicaciones: el desarrollo es eminentemente político, es decir, el funcionamiento de las instituciones responde a la fuerza de cada uno de los intereses en juego, entre los que hay unos más poderosos que otros.

Así es en principio, pero he ahí que la democracia, cuando es efectiva tiende a igualar derechos entre las clases sociales y a hacer posible que el Estado opere para igualar oportunidades y soluciones de bienestar.
No es casualidad que las naciones más ricas sean también las menos desiguales y las más democráticas.

Ya podrían las élites mexicanas interesarse en la lógica de que el valor de las mercancías se realiza en el mercado, cuya amplitud y profundidad tiene que ver con la democracia efectiva.

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