Opinión

PRI, la (terrible) fórmula rumbo a 2018

    
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2018

Por más que quisiera, el gobierno de Enrique Peña Nieto no puede replicar en las elecciones federales de 2018 el megaoperativo que durante meses desplegó, con el único fin de no perder las elecciones en el Estado de México.

La administración logró su objetivo principal pero, como ya se ha publicado, en el camino dejó un millón de votos en comparación con los resultados de hace seis años, y si no hubiera sido por la chiquillada de partidos que le acompañaron, habría resultado perdedor (en solitario el PRI tuvo menos votos que Morena). Si enfocándose en una sola entidad (por más grande y estratégica que resulte en votos también a nivel federal) apenas pudieron retenerla, ni soñar con multiplicar ese esfuerzo de manera efectiva.

Por tanto, el Partido Revolucionario Institucional no podría repetir el modelo utilizado en el proceso electoral de 2017. Simplemente no tendría la capacidad de una movilización de tal envergadura.

Lo anterior no necesariamente ha de ser visto como una fatalidad por el entorno del presidente Peña Nieto, ya que éste es un convencido –así lo ha dicho a periodistas– de que cada elección es distinta, única. Como convencido está hace meses de que pongan a quien pongan en la candidatura (sin importar sus números actuales en las encuestas) estará pronto en terreno competitivo. Por cierto, en eso la elección del Edomex parece darle toda la razón: Josefina desapareció, Del Mazo subió rápidamente y a Delfina no le alcanzó.

Con esto en mente lo obligado es preguntarse qué tipo de elección querrá proponer el primer mandatario a los mexicanos.

En los últimos meses, y sobre todo en los últimos días, el gobierno ha dejado claras algunas señales del camino que piensa tomar de cara a la cita definitiva en las urnas, la del 1 de julio de 2018.

Señales que combinadas podrían constituir una fórmula para cambiar el ánimo social, adherir voluntades, vencer resistencias e imponerse, que no necesariamente ganar.

Esa fórmula podría resultar, sin embargo, amarga para muchos. Sobre todo para los que creían que tras la primera alternancia era improbable una regresión.

De los elementos de la fórmula podrían enumerarse, entre otros:

–Infundir el miedo y atizar el odio en las clases medias y altas.

–Demandar a los poderes fácticos una lealtad ciega y muda a favor de las reformas.

–Realizar detenciones quirúrgicas de políticos que promuevan un discurso de combate a la corrupción.

–Someter a opositores y críticos, ya sea por la vía de la cooptación, ya sea por la vía de la intimidación.

–Utilizar las redes sociales, sin regulación publicitaria ni vigilancia efectiva del INE, Conapred u organismo alguno, para exacerbar el humor social a favor y en contra de la agenda que más les convenga.

–Recetar todo tipo de auditorías a organismos que no comulguen con la voluntad presidencial.

El discurso de Enrique Ochoa, quien desde el mismo domingo proclamó que México no sería “otra Venezuela”, pone en el mortero el primer elemento, dual, de esa fórmula: las clases medias y altas odiarán y temerán la posibilidad de que 'de nuevo' AMLO les arruine su statu quo.

Esa arenga enriquista, no por irresponsable en términos de política exterior, inexplicable en su perversidad partidista, es el pistoletazo de salida de una estrategia que nos llevará –desde Los Pinos, no desde Morena–, a la confrontación, a revivir el encono.

Como no pueden repetir lo del domingo, intentarán reinstalar el temor. Temor hacia ellos, aunque lo disfrazarán de lucha patriótica para enfrentar al populismo. Regresión total.

Twitter: @SalCamarena

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