Opinión

PRI, el canto del cisne

   
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El PRI y el gobierno.

El PRI cumplió 88 años y está languideciendo. El discurso de Peña Nieto –el 4 de marzo– fue un grito de guerra y victoria, pero como están las cosas suena al canto del cisne. La popularidad del presidente es la más baja, desde que se lleva registro, y el partido se sitúa en muchas encuestas en el tercer sitio.

¿Ha cumplido su ciclo el tricolor? Todo indica que así es. Peña Nieto realizó la tarea que sólo un priista podía enfrentar: completar las reformas estructurales. Porque ningún presidente de otro partido habría podido meter en cintura a los priistas. Baste recordar que, durante el gobierno de Calderón, la iniciativa de reforma energética fue boicoteada por Manlio Fabio Beltrones y que la 'reforma fiscal' pasó, en 2007, a cambio de la contrarreforma electoral que, por cierto, se hizo a la medida del Peje.

Así que el gran logro de este gobierno es haber impulsado las reformas estructurales mediante el Pacto por México. Y el mérito es doble: por una parte, se alcanzó un acuerdo sin precedente con las oposiciones y, por la otra, como ya señalé, los priistas se alinearon con el presidente.

Dicho lo anterior, el regreso del PRI a Los Pinos ha traído más perjuicios que beneficios. El temple del nuevo gobierno fue y es restaurador: la cultura priista mexiquense ha sido el otro lado de la medalla. El inventario de ese desastre, que hago a continuación, muestra cómo se terminó impulsando la candidatura de López Obrador hasta situarlo a unos cuantos pasos de Los Pinos.

La corrupción no es nueva ni se originó este sexenio. Pero los excesos y escándalos no tienen precedente. Por lo demás, no son casos aislados, sino emblemáticos de la nueva generación priista que se vanagloriaba de ser modernizadora y portadora de una cultura democrática.

El tiradero en materia económica se resume en unos cuantos datos: incremento de la deuda y el déficit fiscal, reducción del gasto en inversión, incremento del gasto corriente, devaluación y repunte de la inflación. En suma, irresponsabilidad y derroche definen la política hacendaria de este gobierno.

En materia de seguridad, el saldo no es menos alarmante. La administración fue 'consistente' con su estrategia inicial de minimizar el problema y abordarlo como un simple asunto de percepción. ¿Saldo? Estado de derecho quebrado.

Y todo eso ha sido coronado con imperdonables errores e improvisación en política exterior. Hasta hoy, van cuatro embajadores y un encargado de negocios –durante seis largos meses– en Washington. Después, la funesta invitación a Trump y el nombramiento de Luis Videgaray para enfrentar el reto exterior más complejo de los últimos setenta y cinco años.

La lista de pecados se podría alargar, pero sería reiterativo. El hecho es que el PRI confronta la peor crisis de toda su historia. A diferencia de lo que ocurrió en 2000, cuando salió de Los Pinos armado de un capital político por haber impulsado durante tres sexenios las reformas económicas y políticas, y por haber entregado el poder sin resistencia ni sobresaltos, ahora es un partido hundido en la corrupción y la ineficacia, amén de sus veleidades restauracionistas.

Los descalabros del PRI son, ya, la crónica anunciada de lo que ocurrirá en 2018. En 2016, por primera vez en la historia, perdió la mayoría de los estados de la República, que ahora son gobernados por las oposiciones. A lo que hay que agregar que las entidades con mayor peso electoral y económico no son priistas: CDMX, Jalisco, Nuevo León y Veracruz –y si a ellos se sumara el Estado de México, el escenario sería aún más complicado.

Como quiera que sea, el problema de fondo es que en 2012 el PRI recibió una segunda oportunidad, fundada en una doble consideración: a) el capital político de la primera alternancia; b) la oferta de que las cosas se enderezarían porque ellos sí sabían cómo hacerlo. Oportunidad perdida y archivada. No supieron y el capital político fue inmolado en el aquelarre de sus corruptelas e ineficiencias. Suponer que todo eso es secundario y que la maquinaria electoral será capaz de superar cualquier problema no es un acto de ingenuidad, sino de insensatez –por decirlo suavemente.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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