Opinión

Presidencial

   
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Donald Trump (Especial)

Pues ése fue el adjetivo más utilizado para referirse al discurso de Trump frente al Congreso, el martes pasado. Desde su vestimenta, un traje a la medida y con corte mucho más serio de lo que acostumbra y una corbata del mismo estilo, hasta su tono de voz, que aunque amenazó con frecuencia regresar a su estridencia natural, logró mantenerse más o menos en el rango aceptable para un presidente.

La gran mayoría de las primeras impresiones de los analistas estadounidenses fueron en ese tenor: un Trump presidencial, un liderazgo renovado, y cosas similares. Puesto que me fue imposible ver en vivo el mensaje, me sorprendió ver esas opiniones incluso de personas que han sido muy críticas de Trump. Pero después de ver el discurso, mi sorpresa es aún mayor.

Lo que Trump dijo en su discurso no es muy diferente de lo que dijo en diversos momentos de la campaña, ya como presidente electo, o en las cinco semanas que lleva en la Casa Blanca. Lo único sorprendente es que recordó que estaba casado y mencionó a su esposa casi al inicio del discurso. Fuera de ello, lo mismo de siempre: afirmaciones falsas, o medio falsas, sin duda tendenciosas, insultantes para muchos, con base en las cuales prometió soluciones que, en el mejor de los casos serán muy difíciles de cumplir, pero que en principio parecen imposibles, e incluso indeseables.

Su discurso económico se centra en la creación de empleos manufactureros en Estados Unidos y en el rechazo al plan de salud de su antecesor, Obamacare. Para lo primero, piensa que se deben cerrar fronteras para con ello promover las inversiones en Estados Unidos. Para lo segundo, no tiene idea, como reconoció la semana pasada. Es el caso de una solución imposible de cumplir, puesto que ni siquiera existe. Pero en el caso del proteccionismo para generar empleos, la solución resultará muy costosa para los estadounidenses, en caso de ocurrir. Por definición, el cierre de fronteras (es decir, la aplicación de aranceles elevados) implica un mayor costo de los bienes al interior de Estados Unidos. Eso será un daño para los consumidores. A cambio, imagina Trump, se generarán empleos, y la ganancia de quienes los obtengan compensará la pérdida de los consumidores. Es muy poco probable que eso ocurra, especialmente cuando los empleos perdidos no tienen tanto que ver con el comercio internacional como con el cambio tecnológico. Pero puede ser mucho peor: si esos aranceles se aplican a los bienes intermedios (partes automotrices o electrónicas, por ejemplo), entonces eso provocará una caída en los empleos actuales, porque el costo de lo importado puede destruir a las empresas que hacen sólo el terminado. Eso lo aprenderá de mala manera si sigue como va.

La interpretación que tiene Trump del resto del mundo no ha cambiado: todos han abusado de Estados Unidos. Desde los migrantes que, dice, llegan a vivir de la seguridad social y a violar la ley, hasta los terroristas que van a Estados Unidos a causar destrozos, pasando por las naciones que le han cargado a ese país el costo de su defensa. Sólo en esto último podría tener algo de razón, puesto que los miembros de la OTAN no cumplen su compromiso de gastar 2.0 por ciento de su PIB en defensa. En lo otro, se trata de una gran mentira. La inmensa mayoría de los migrantes paga impuestos sin recibir seguridad social de ningún tipo, y también la inmensa mayoría de los atentados terroristas en Estados Unidos han sido provocados por nacionales de ese país. Trump no sale de su ilusión.

Pero se vio presidencial, dicen, y eso aleja el fantasma del “impeachment”. Va a durar.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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