Opinión

Presidencia imperial, en el imperio

 
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trump

Hace un par de días, en la revista The Atlantic, Conor Friedersdorf escribió una pieza titulada: “Detengan la presidencia imperial, antes de que sea tarde”. En ella, Friedersdorf sostiene que en los gobiernos de Bush y Obama, de ocho años cada uno, se impuso la idea de tener una presidencia muy fuerte, con muchas herramientas en sus manos, algunas de ellas poco defendibles desde la Constitución estadounidense.

Es posible que esa tentación imperial (que no parece tener referencia alguna a la propuesta por Krauze como definitoria del régimen de la Revolución) tenga su origen en los atentados del 11 de septiembre.

Como usted recuerda, los estadounidenses se sintieron francamente vulnerados con esos ataques, y respondieron no sólo con la guerra en Afganistán (y luego en Irak), ni nada más con mucha más vigilancia
-lindando en paranoia- en sus fronteras y aeropuertos, sino que además se creó una secretaría de “seguridad de la patria” (Homeland Security), y se utilizaron de forma abundante métodos de tortura. Desde entonces, los debates en las elecciones no fallan en mencionar “waterboarding”, el método que consiste en llevar a un detenido casi al ahogo para obligarlo a hablar. Hay, además, permiso amplio para vigilar, detener e incluso desaparecer personas en Estados Unidos bajo orden presidencial, según detalla Friedersdorf en su texto, en el que califica de irresponsable a Obama, y al Congreso, si no limitan significativamente el poder presidencial ante la amenaza que significa la potencial llegada de Trump.

En su texto, cita a Robert Kagan, quien se ha referido (en el Washington Post) a otro tipo de amenaza: la adoración de varios millones de personas hacia Trump, que lo colocan como un líder populista, en el sentido político de la palabra, que podría doblegar al Congreso haciendo uso de la movilización popular. Eso, en la democracia más antigua y pensábamos que más consolidada del mundo.

Recuerde que eso fue lo que hizo Adolfo Hitler, ganar elecciones, sin mayoría, y lanzar las multitudes al ruedo, hasta que tomó todo el poder en sus manos, con un decreto extraordinario que, por cierto, no sería tan diferente de lo que hoy ya tiene la presidencia imperial, si entiendo bien a Friedersdorf.

Hace algunas semanas comentaba con usted acerca del populismo, que puede entenderse en al menos tres sentidos diferentes. Uno es el que acabo de describir: un líder que construye una relación directa con la masa, con lo que puede romper la institucionalidad. El segundo es el sentido económico tradicional: el uso de recursos de forma irresponsable, gastando hoy lo que no se podrá pagar mañana (y un buen ejemplo actual es Venezuela). El tercero, que fue el sentido central en el artículo de hace algunas semanas, es el electoral: el líder hace referencia continua a un pasado imaginario, dorado, que unifica alrededor suyo a la masa. En los hechos, el populismo tiene las tres facetas: el recuerdo del pasado imaginario, la apelación a las masas, y el uso irresponsable de recursos. Trump ha inventado ese pasado mítico, que expresa en su frase “hagamos a América grande otra vez”, ha construido ya la relación con las masas, y seguramente hará uso irresponsable del recurso, si gana, según se desprende de las incoherencias económicas y financieras que produce con frecuencia.

El reto que enfrenta la democracia estadounidense es mayúsculo. Ese reto ha derrotado a todas las naciones que lo han enfrentado: Europa Central en los años treinta, América Latina desde entonces y hasta la fecha. Puesto que Trump parece destinado a ser candidato republicano, y las encuestas muestran a Hillary débil, habría que hacer caso: limitar ya la presidencia, antes de la llegada del loco.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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