Opinión

Prensa y libertad

 
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PRD.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó la noticia puesta aquí y allá sin mucho bombo y con menos platillo: la periodista Sanjuana Martínez deberá pagar una indemnización a Jesús Ortega por daño moral a su prestigio y carrera provocado por dos artículos que Martínez publicó en el año de 2013 en el portal de noticias Sin Embargo. Gamés lo leyó en su periódico La Razón: el juez sexagésimo noveno de lo civil así lo decidió.

Según entiende Gil, la petite histoire es más o menos así, según la nota de América Hernández: el 25 de noviembre y el 2 de diciembre del 2013, Sanjuana Martínez publicó en Sin Embargo los artículos “Consumidores de sexo comercial” e “Infierno en el Cadillac: sexo poder y lágrimas”. En estos artículos la autora hace referencia a que Ortega asiste al Cadillac y contrata sexo servidora. En aquel entonces, Ortega dijo: “Voy a defender cualquier intento de afectación a mi persona en cualquier aspecto, en especial en el ético y en el moral”. Ortega interpuso una demanda. Resulta entonces que la juez ordenó a Martínez pagar una indemnización por el daño moral cuyo monto se determinará en la sentencia.

Gilga sabe que un grupo de periodistas defenderá a Sanjuana Martínez; hacen bien, nomás faltaba, probablemente ese grupo afirmará que la libertad de expresión ha recibido un golpe en el plexus solar. Correcto, pero la verdad es que el fallo marca una divisa contra los excesos de la prensa, que los tiene y bien puestos, dicho sea esto sin albur periodístico. La sentencia, por cierto, deberá ser publicada en el mismo espacio en el cual se publicaron los artículos de Sanjuana Martínez.

Gamés recordó dos viejos artículos de Manuel Gutiérrez Nájera, “Prensa y Libertad” y “Los rufianes de la prensa”. Los fue a buscar entre los entrepaños (gran palabra) de sus libreros y las obras del Duque Job, y los encontró, no sobra decir que fueron escritos en el año de 1881. Oigan esto:
Yo sostengo que ahí donde la prensa tiene una mordaza, el pensamiento sufre y las ideas, maniatadas, perseguidas y puestas en estrechos calabozos, preparan incuestionablemente una espantosa rebelión.

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Que haya sí, libertad plenísima, absoluta, de emitir toda estirpe de opiniones, que la verdad pueda combatir en campo abierto con el absurdo, que lidien todas las ideas y todos los sistemas, no queremos una democracia asustadiza ni medrosa, sino una democracia tranquila, altiva, confiada en sus propias fuerzas y su propia bondad. Pero que se suscriban para siempre estos cobardes y rastreros desahogos de las nulidades ofendidas, esas diatribas de taberna, esas disputas de cuartel; que la lid sea con la espada desnuda del razonamiento, no con el arma corta del ultraje.

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La vieja doctrina tradicionalista ha imaginado que los abusos de la prensa se corrigen por la prensa misma. Este principio, que no tiene razón alguna para aplicarse simplemente a los delitos de la prensa, este principio que debe generalizarse si se apoya en la experiencia y en la lógica, nos llevaría a esta conclusión: el robo se corrige por el robo mismo y el homicidio por el homicidio.

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En esta lucha ente la gente honrada y la canalla, yo estoy y estaré siempre del lado de los que persigan y vapuleen a los insultadores. Yo seguiré diciendo que el fuero de la prensa envalentona y da brío a los trastuelos que medran con la calumnia y el escándalo ultrajando a la sociedad con sus comercios rufianescos.

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Un amigo que me quiere bien, pero me aconseja mal, acaba de enviarme una galante esquela, acompañada de dos pequeños semanarios provincianos, suplicándome que fije la atención en los cordiales desahogos a que se entregan en hablar de mí y en los rayos del ruido que se me disparan desde una mala redacción. Conteste usted –dice mi amigo. No –respondo yo. Concedo un derecho plenísimo a todo ciudadano para juzgarme de la manera que le plazca. Cada cual puede hacer de mí la apreciación que estime conveniente y externar este juicio, más o menos justo, siempre y cuando no me atribuya los famosos crímenes de Chucho el Roto.

Nada, pues, debo ni puedo contestar a los que en uso de su independencia y su razón me llamen necio, majadero o ignorante. Lo que sí puedo hacer es reservarme la facultad de oír o desoír sus opiniones.

Gil s’en va

Twitter:@GilGamesX

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