Opinión

¿Por qué somos tan corruptos?

 
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Corrupción. (ciudadanosenred.com.mx)

Son días de vergüenza y oprobio. A pesar de que los números reportan crecimiento en muchos sectores de la industria, el comercio y el turismo, se habla insistentemente de una crisis en la que necesitamos, y con urgencia, un sistema nacional anticorrupción. A esto se le ve como solución a un cáncer que corroe, lastima y degrada a la República. A las estadísticas de violencia y criminalidad inauditas, indefectiblemente se les asocia con la corrupción.

Aquí y allá surgen datos, encuestas nacionales y foráneas sobre este fenómeno y se nos ubica en pésimos lugares.

¿Qué es lo que ha fallado entre nosotros; acaso la corrupción es privativa de México? Como cualquier cosa, es asunto de cantidades; aquí hay más. En algunas partes del mundo, cuando crece la corrupción, hablan de mexicanización. Resulta demasiado fácil ubicar esta calamidad en unas autoridades vagas con el fin de exorcizar al resto de la sociedad.

Hace ya muchas décadas, hombres de una generosidad excepcional acuñaron las leyes más avanzadas del continente, muy por encima de países como Argentina, Chile e incluso Estados Unidos. Esa legislación iba de la mano con la escuela, con la familia. Formaba parte de la pedagogía del Estado; así se domaba a la bestia profunda, arcaica y violenta, la que moraba en la selva. Hoy está en todas partes.

Desde dar un pago extra al camión recolector de basura, hasta una comisión al gobernador por firmar una obra que debiera exclusivamente servir a la comunidad y a nadie más. Llevar y extender la justicia social ha sido una pretensión de todos los partidos políticos sin que de lejos se cumpla a cabalidad. Y no lo ha sido ni se ha podido ampliar por las desviaciones que cotidianamente se descubren en todas las franjas de la población. Los avances se ven disminuidos o francamente desaparecen por la exigencia de cumplir con lo que coloquialmente se ha bautizado como 'moches'. Por ese filtro pasa todo, hasta el aire contaminado que respiramos.

Alguna vez fue claro que una de las tareas irrenunciables del Estado era preservar la integridad de los ciudadanos, así como la conservación de sus bienes. Esto obligaba al gobierno, del partido que fuera, a realizar un papel pedagógico consistente en una exigencia de honestidad y eficiencia consigo mismo: practicar una constante autocrítica y evaluación sistemática del manejo de recursos de los contribuyentes. Esa regla de oro es el sustento de cualquier democracia: el pueblo para el pueblo.

No se ha cumplido y en su lugar apareció la impunidad que se ha extendido como un pesado aceite que mueve el engranaje de la nación.

Está presente en absolutamente cualquier trámite, ya sea con entidades y personeros gubernamentales como entre particulares. No se salva ni la Iglesia. Aquel sitial que algunos consideraron ingenuamente como inmaculado. Más allá de un cierto tamaño y de una cierta coherencia, las unidades humanas dejan de funcionar o lo hacen a tropezones. De ahí que se necesite no sólo ese sistema anticorrupción, sino lo que es más profundo, volver al hogar, a la institución donde se mama, se absorbe la escala de valores que le dan sentido a la existencia humana; lo que rebasa la axiología del dinero y del poder. Sin esto, ningún fiscal puede alcanzar el grado de honorabilidad exigible para el puesto.

Necesitamos reordenar prácticamente todo. La forma en que vivimos es represiva y caótica cuando hasta el mínimo contacto con el otro depende de la dádiva y el usufructo del dinero.

Si dejamos que las cosas sigan como van, llegaremos a la revancha de la especie sobre el espíritu, una vuelta a la selva de hormigón y todo tipo de contaminantes y venenos. Los individuos encerrados en sí mismos y la cohesión social en manos de la propaganda donde ni por asomo hay una idea o un proyecto de esperanza civilizatoria. ¿Dónde está nuestra identidad colectiva; está en el futbol, en la tele o en la tranza cotidiana?

Ya resuenan por doquier las carcajadas ante un sistema anticorrupción que no debiera existir si, como dice Aurelio Galfetti, tuviéramos incrustada en el cerebro la idea germinal de lo que es la dignidad.

Twitter: @RaulCremoux

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