Opinión

¿Por qué nos subestimamos?

 
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Inseguridad. (Cuartoscuro)

Para algunos extranjeros que tienen el privilegio de poder ver y analizar multitud de países, les resulta poco menos que incomprensible la divergencia que existe dentro de nuestro país entre la realidad de México y la percepción que existe de ella.

George Friedman, uno de los analistas más influyentes en Estados Unidos y fundador de la consultoría de inteligencia política Stratfor, estuvo hace unos días en México y participó en la Convención Bancaria y una reunión de la AmCham. Así caracteriza esta circunstancia: 

“El mexicano es una persona que tiende a subestimarse, así que aun en contra de su voluntad el país se está desarrollando. El mexicano debe creerse que es capaz de un crecimiento sostenido en el largo plazo”.

En este espacio hemos abordado en diversas ocasiones este contraste entre realidad y percepción, que se manifiesta en muy diversas encuestas, como las de confianza del empresario o del consumidor, que levanta el Inegi.

¿Cuál es la razón por la que existe en México tal divergencia? ¿Por qué imaginamos que estamos casi en el peor país del mundo cuando los resultados indican lo contrario?

¿Por qué no se valora el extraordinario potencial que tiene México por su perfil demográfico, ubicación geográfica, relaciones comerciales y aun por los logros en materia económica?

En una pequeña mesa en la que participaban algunos importantes empresarios, se discutía esta semana en torno a las razones de este divorcio entre percepción y realidad.

Los argumentos que más pesaron fueron dos.

El primero es que más allá de buenos resultados económicos en comparación con el entorno mundial, hay un hartazgo de la población derivado de un coctel en el que se mezclan inseguridad, desencanto con la clase política, corrupción en todos los niveles, decepción respecto a las élites.

Eso genera un estado de ánimo que pone “gafas pesimistas” y que impide valorar correctamente lo positivo. Por cierto, este sentimiento no es exclusivo de México.

El segundo es una incapacidad del gobierno y de los empresarios para comunicar eficazmente a la población los hechos positivos que sí ven los extranjeros que no filtran la realidad con el tamiz del pesimismo.

En realidad no es sólo incompetencia para crear una narrativa convincente, sino que hay una pérdida de credibilidad, que neutraliza desde discursos presidenciales hasta campañas positivas del sector privado, pues el ciudadano común no cree que lo que le digan sea cierto.

Se trata de un acertijo cuya solución no es trivial, pues no implica sólo vivir con mal humor, sino hay el riesgo de que el desánimo pueda conducir a decisiones que impacten directamente en el futuro, tanto por la posibilidad de que opten electoralmente por promesas fáciles –por ejemplo de AMLO o El Bronco, por citar un par de ejemplos– o decidan no invertir o gastar ante un entorno que ven profundamente incierto.

El hecho es que no le hemos puesto a este problema ni la energía ni el tiempo ni el talento necesarios para reducir esa divergencia entre realidad y percepción.

Más vale que lo vayamos haciendo.

Twitter: @E_Q_

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