Opinión

¿Por qué México no es un país próspero?

 
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Bandera México

El nivel de bienestar de México, inferior al de muchas naciones, refleja la existencia de instituciones que obstaculizan la creación de empresas y la innovación.

En particular, el PIB por habitante en el país es la cuarta parte del de Francia, menos de la quinta del de Estados Unidos, Suecia o Australia y una décima del de Suiza. Además, se encuentra por debajo del promedio mundial.

Una pista para explicar estas diferencias la ofrecen los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson, en su libro Por qué Fracasan los Países. Basados en su investigación académica de varios años, los autores presentan, de forma accesible, una interpretación de los contrastes internacionales de prosperidad, combinando la historia, la teoría política y la economía.

De entrada, invitan a una perspectiva larga: las diferencias entre los estándares de vida de los países resultan de las disparidades en las tasas de crecimiento de los últimos doscientos años.

Advierten que el análisis empírico de los economistas se ha enfocado, en gran medida, en la identificación de las causas inmediatas del crecimiento, como la inversión en capital físico y humano, el trabajo y la productividad. Si bien es útil cuantificar la contribución de estos factores, prevalece la incógnita sobre por qué su acceso es tan diferente entre países.

De ahí que sea esencial explorar las causas fundamentales del desarrollo. En esa tarea, los autores rechazan algunas explicaciones anteriores como la geografía, cuyas características incluyen los recursos naturales y el clima, y la cultura, asociada a la religión y a los valores. Argumentan la debilidad de esas teorías recurriendo a casos específicos.

Una referencia paradigmática se refiere a Nogales Sonora y Nogales Arizona que, divididos por la frontera entre Estados Unidos y México, comparten la misma geografía y herencia cultural. No obstante, las ciudades difieren considerablemente en el ingreso medio y en aspectos esenciales de bienestar como la calidad de los servicios públicos y la seguridad.

Otros casos de contraste son Corea del Norte y del Sur, y Alemania Oriental y Occidental antes de la caída del Muro de Berlín. Según los autores, estas diferencias se explican por las instituciones políticas y económicas, entendidas como las reglas del juego que moldean los incentivos.

En concreto, a finales de la Segunda Guerra Mundial, Corea era un país homogéneo económica y culturalmente. Como resultado de la separación geográfica, se impusieron diferentes instituciones: una economía planificada en el Norte, y una de mercado, aunque con intervención gubernamental y, al principio, sin democracia, en el Sur. La divergencia en los resultados es abismal.

En opinión de los autores, es más probable que florezca el crecimiento sostenido con instituciones económicas “incluyentes”. Estas comprenden derechos de propiedad seguros, Estado de derecho, mercados y apoyo del Estado a su funcionamiento, libre entrada a nuevos negocios, soporte al cumplimiento de los contratos y acceso de la gran mayoría a una educación de calidad y a las oportunidades de producción.

Las funciones anteriores son responsabilidades del gobierno. Su concreción requiere, a su vez, de instituciones políticas “incluyentes”, que se fundan en el pluralismo, límites, vigilancia y contrapesos a los políticos, y un cierto grado de centralización del poder.

Lo contrario son las instituciones “extractivas”, orientadas a obtener recursos de la mayoría a favor de unos cuantos. En lo económico, reflejan la falta de un orden público sólido, la aplicación selectiva de la ley, así como barreras de entrada y regulaciones, con frecuencia diseñadas para beneficiar a minorías. Análogamente, estas normas se derivan de instituciones políticas “extractivas”.

Los autores advierten que las instituciones pueden tener un origen tan remoto como la época colonial y suelen perpetuarse. Además, no hay algo que haga gravitar a las economías necesariamente hacia las “incluyentes”. La razón es que los cambios producen ganadores y perdedores, y en las instituciones “extractivas” la élite privilegiada suele tener la fuerza suficiente para bloquearlos o diluirlos.

Empero, las transformaciones han ocurrido, como fue el caso de la Revolución Gloriosa de Inglaterra de 1688, la cual resultó del poder acrecentado de los comerciantes y productores que permitió generalizar los derechos de propiedad y limitar el poder del rey, y fue crucial para el surgimiento de la Revolución Industrial.

México tiene arraigadas instituciones ancestrales adversas al crecimiento. Una mayor pluralidad política podría romper estas barreras y llevar a reglas que protejan a la mayoría y aceleren el desarrollo económico.

Manuel Sánchez González es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006).

Twitter: @mansanchezgz

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