Opinión

Por qué México necesita una segunda vuelta

Shannon O’Neil
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Depositando el voto. (Cuartoscuro/Archivo)

Por décadas, las elecciones presidenciales en México han sido eventos de un solo golpe. Quien gana el mayor número de votos –aunque la participación dentro del total sea miserable– se muda a Los Pinos. Y es crecientemente miserable. En las últimas dos elecciones, ha caído por debajo de 40%. En 2018, muchos creen que el ganador obtendrá menos de un tercio del voto. Esto tiene ramificaciones negativas en términos de legitimidad, responsabilidad y gobernabilidad. Pero, hay una solución: una elección de segunda vuelta.

La mayoría de los países en América Latina y en otros que también votan para elegir presidente, y no primer ministro, han adoptado la segunda vuelta. Unas semanas después de la primera elección, los electores regresan a las urnas para elegir entre quienes obtuvieron las dos preferencias de voto más altas. Este proceso le asegura al nuevo presidente un mandato, pues por definición más de la mitad del electorado lo eligió en esa segunda vuelta. Eso es vital para un líder que busca hacer cambios profundos al statu quo, como fue el caso de Mauricio Macri, en Argentina.

Las segundas vueltas tienden a eliminar a candidatos marginales, y ponen en evidencia su techo electoral real, el que está más allá de sus seguidores más fervientes. Ese es el motivo inmediato para que muchos en México impulsen la reforma, pues creen que ésta evitaría la victoria de López Obrador en 2018.

Un sistema que permite segunda vuelta es propicio para negociación política, pues los dos candidatos finalistas cortejan asiduamente al resto de los candidatos. Eso puede llevar a alianzas extrañas. En las recientes elecciones peruanas, por ejemplo, tanto izquierda como derecha galvanizaron a Pedro Pablo Kuczynski (PPK), un ex banquero, para derrotar a Keiko Fujimori, quien iba en la delantera.

Evidentemente, las contiendas de segunda vuelta tienen límites. Si bien el presidente tiene un mandato más robusto, frecuentemente se enfrenta a un Congreso dividido. Y dado que es posible que dos personas ganen la primera vuelta, esa condición provoca que más candidatos se lancen a la contienda, lo cual lleva a la proliferación de partidos políticos y a la problemática que ello implica. Pero, las reglas electorales de México, donde existe una combinación de legisladores electos por voto directo y plurinominales seleccionados por el liderazgo de cada partido, evitaría un destino como el de Brasil, que presenta un entorno complejo, por el alto número de partidos políticos en su sistema.

A la larga, una segunda vuelta le permite a México hacer frente a la fragmentación política que ya ha comenzado, y que se debe tanto a cambios en prácticas sociales, como al surgimiento de candidatos independientes.

Los electores mexicanos han dejado de identificarse con los partidos tradicionales. No hace mucho, a principios de este siglo, tres de cada cuatro electores se identificaban con PRI, PAN o PRD. Hoy en día, sólo la mitad del electorado declara lealtad a un partido específico. En particular, la gente más joven y educada no se compromete, su preferencia cambia dependiendo del candidato, e incluso divide su voto entre partidos. Conforme las nuevas generaciones de electores se liberen de las etiquetas vitalicias del pasado, los políticos tendrán mayores incentivos para diferenciarse de los partidos.

Consideremos, además, el nuevo régimen legal para candidatos independientes. Mientras que las reformas recientes permiten que políticos disidentes tengan acceso a ganar representación, fragmentan más el mapa político. En vísperas de la elección presidencial de 2018, podríamos ver cinco o más nombres en las boletas, particularmente si más candidatos cumplen la amenaza de lanzarse por su cuenta, si sus partidos no los eligen. Aun en casos en que su esperanza de triunfo permanezca en forma quijotesca en un solo dígito, la dispersión inherente entre tantas alternativas debilitará la elección del ganador, dándole sólo una fracción del voto popular.

El presidente Peña Nieto se ha manifestado en contra de una segunda vuelta, diciendo que esas reglas crean mayorías ficticias. Sin embargo, la ficción sirve un propósito: forja confianza entre políticos y con la sociedad, dando sustento y una base programática para coaliciones políticas.

La oposición de Peña sea quizá por otras razones. El presidente cree en el famoso “voto duro” del PRI, y lo cree suficiente para ganar la elección de 2018. Si el PAN se fractura o si El Bronco u otros independientes se lanzan al ruedo, el candidato del PRI podría ganar la contienda con menos de 30% del voto total. Sin embargo, el costo en términos de legitimidad y gobernabilidad sería oneroso. O quizá la preocupación real del presidente, cuando voltea alrededor de la mesa, sea que una segunda vuelta acabara siendo entre PAN y PRD, excluyéndolo tanto a él como a su sucesor. Eso sería devastador para un presidente priista. Si los partidos privilegian ventajas de corto plazo, a la larga el perdedor es México.

Cierto, una segunda vuelta no resuelve los males de la nación. Pero, sí ayudaría a hacer una transición de una presidencia imperial a una en la que el poder provenga del mandato popular. Eso le daría al próximo presidente el apoyo ciudadano necesario para hacer frente al errático vecino del norte. Aún más importante, podría galvanizar al sistema político mexicano para implementar cambios urgentemente necesarios: mejorar la seguridad, construir un mejor sistema educativo, y proveer un entorno favorable para promover inversión de largo plazo, para lograr una economía competitiva en el siglo XXI, beneficiando a la sociedad en forma amplia.

La autora es Senior Scholar para América Latina en el Council of Foreign Relations.

Twitter:@shannonkoneil