Opinión

¿Por qué lloramos, cuando lloramos por Steve Jobs?


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The Man in the Machine

El documental The Man in the Machine, escrito, dirigido y narrado por Alex Gibney, empieza con el luto mundial por la muerte de Steve Jobs. En Asia colocan ramos de flores afuera de una tienda Mac y en California miles se congregan frente a las oficinas de Apple. La gente reemplaza su foto en Facebook con el logo de la manzana, utiliza el hashtag #iSad para sufrir en compañía y levanta iPads en las calles, con una vela en la pantalla, en señal de un apropiado duelo digital. ¿A quién le lloran esas multitudes?, se pregunta Gibney. ¿Al creador de nuestras computadoras, tabletas y teléfonos? ¿O al hombre de negocios, tan propenso a la genialidad como al chanchullo, el robo y la puñalada por la espalda?

Esta duda inicial nos pone sobre aviso: The Man in the Machine no será un festejo, casi hagiográfico, como el que perpetró Ashton Kutcher con Jobs, su apresurada y sacarina semblanza del controvertido cerebro de Apple, sino un intento por comprender el culto a una figura al mismo tiempo virtuosa y desagradable.

Los hombres ambiguos son la especialidad de Gibney. The Armstrong Lie, un documental trepidante, analiza la carrera, el escándalo y el posterior desprestigio de Lance Armstrong, mientras que We Steal Secrets hace lo propio con Julian Assange, el director de WikiLeaks. Al igual que Jobs, ambos acaban convertidos en lo que en algún momento fue su enemigo a vencer: Armstrong en un deportista transa, Assange en un paranoide que exige contratos de confidencialidad a sus empleados y Jobs en el CEO del titán de Silicon Valley, una empresa de finanzas y prácticas de reclutamiento mugrosas, envuelta en broncas fiscales y éticas desde Irlanda hasta China.

De los tres documentales, solo The Armstrong Lie tiene la fortuna de contar con testimonios de primera mano. Gibney sigue al famoso ciclista durante su regreso al Tour de France en 2009 y lo entrevista después de que pierde sus siete títulos consecutivos. En contraste, The Man in the Machine se vale de entrevistas realizadas por otros a lo largo de la vida de Jobs. La diferencia en el resultado es evidente: The Armstrong Lie está repleta de hallazgos e instantes inéditos, mientras que The Man in the Machine parece agregarle poco a lo que hemos visto y leído sobre el creador del iPod.

Como director y narrador, Gibney es un Virgilio ecuánime y pragmático; hábil para revelar información incómoda, contrasta testimonios de entrevistados y juega con ritmos y formatos. La única pata de la que cojea es la complejidad psicológica. We Steal Secrets prácticamente omite la infancia de Assange, mientras que The Armstrong Lie y The Man in the Machine apenas si advierten las faltas de origen de Armstrong (huérfano de padre) y Jobs (dado en adopción). Los documentales no tienen por qué ser perfiles freudianos, pero menospreciar los resortes emocionales de sus protagonistas muestra a un cineasta que, a diferencia de Errol Morris, parece más enfocado en el pecado que en el pecador. Por eso Going Clear, su denuncia de la Cienciología y el papel que Hollywood desempeña en ella, es el mejor ejemplo de sus habilidades: lo fascinante no es la semblanza de L. Ron Hubbard, sino el recorrido por el inframundo religioso que inventó, repleto de secretos escandalosos y villanos de colmillo retorcido.

Quizá porque intuye que no tiene material suficiente para presentar una hipótesis fresca sobre Steve Jobs, Gibney finalmente pone la pelota en nuestra cancha. Nos toca a nosotros preguntarnos por qué lamentamos así la muerte de un hombre que a duras penas donó un quinto, trataba a sus subalternos como basura, desconoció a una hija que procreó fuera del matrimonio y cuya compañía paga 12 dólares por el ensamblaje del iPhone, aunque obtiene 300 dólares al venderlo. Un producto que “nos aísla”, como bien dice Gibney, más de lo que nos acompaña. The Man in the Machine nos invita a hacer esa reflexión. Y eso es suficiente.

Twitter: @dkrauze156

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