Opinión

¿Podremos alterar el devastador curso?

Unos días antes de la Navidad de 1973, Mario Molina se dijo a sí mismo que estaba desvariando porque sus cálculos teóricos parecían no tener sentido. Los verificó una y otra vez antes de ir con su asociado Sherwood Rwoland, quien se preparaba a pasar su año sabático en Viena.

Los dos científicos se dedicaron a verificar una serie de ecuaciones matemáticas y cálculos químicos. Cuando terminaron tuvieron la sensación de compartir un horrendo secreto sobre la vulnerable y delicada condición del planeta.

¿Qué habían descubierto? ¿Por qué se alarmaron?


Sabían que los CFC eran gases muy estables y el fabricante Dupont aseguraba eran inertes. Algo, no obstante había cambiado y ese elemento, allá en la estratósfera, cambiaba su estructura molecular y prácticamente se comía al ozono que funciona en la naturaleza terrestre como un escudo protector y filtrador de los rayos ultravioleta provenientes del Sol. Esos rayos son tan potentes que pueden ser muy dañinos para la salud del hombre y los animales, así como capaces de alterar el ecosistema, descomponer los microorganismos y modificar el clima global.

La pareja Molina-Rowland calculó que los CFC (cloro fluoro carbono), producidos desde los años treinta, ya habían alcanzado la altura suficiente como para causar una importante rasgadura en la capa de ozono. De ahí su preocupación.

Lo dramático fue darse cuenta de que la acción humana estaba afectando un sistema tan grande como vital.

Después de consultar a colegas como Paul Grutzen, Al Wolf y Harold Johnson, llegaron a la conclusión que publicaron en la prestigiosa revista británica Nature el 28 de junio de 1974: venía un cambio climático que traería sequías donde antes llovía, surgirían grandes marejadas, ciclones y huracanes más potentes, vientos huracanados, deshielo en los polos, modificación de las corrientes marítimas y descomposición en la distribución de las estaciones climáticas del año.

Todo eso ya es una realidad. Los últimos años dan cuenta de esto por doquier, y mientras ya son muy pocos quienes se niegan a aceptarlo, forman mayoría quienes han pasado de la alerta a la acción.

La primera acción transgubernamental organizada se dio el 11 de diciembre de 1997 en Kioto, dos años después de que Molina y Rowland obtuvieran el Premio Nobel de Química. A este protocolo han seguido otros como el realizado antier en Naciones Unidas, en el marco de la Cumbre del Clima, donde 32 naciones pactan frenar la deforestación para 2030.

“Tómese en cuenta que nuestro planeta está perdiendo bosques a un ritmo de ocho campos de futbol cada diez segundos”, afirmó Carter Roberts, el presidente de la WWE. Esta devastación acelera la reacción en cadena que provoca la falta de selvas. La multiplicación de consecuencias derivadas de la rasgadura en la capa de ozono, como bien sabemos y padecemos, ha elevado la temperatura de la Tierra y con ello han venido deshielos y el nivel del mar se eleva al punto que ya son más de 70 las poblaciones ribereñas en el mundo con serios padecimientos.

Las calamidades sufridas en territorios como Quintana Roo, Guerrero, Baja California y seguramente otros que vendrán, es la constancia del enorme precio que ha tenido el progreso planetario tan ciego y tan inequitativo como injusto.

Twitter: @RaulCremoux