Opinión

Plumas mercenarias

    
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Periódicos. (Cuartoscuro)

Sin lugar a dudas la política es la continuación de la guerra por otros medios. Durante el siglo XVIII, con la Ilustración y con el creciente poder de las chattering classes, la batalla por la opinión pública fue desplazando a otras formas más brutales de confrontación. Donde antes era necesario contratar un asesino para deshacerse de un rival, bastaba ahora con encargar la publicación de exageraciones y calumnias. Destruir la reputación de un enemigo político resultaba ser un mecanismo más eficaz y menos riesgoso que aniquilarlo físicamente. Con este cambio surgió una nueva industria: la de los pasquines y los libelos, patrocinados en un origen por los burgueses y por los aristócratas resentidos en contra del soberano en turno y de su camarilla. El negocio goza de buena salud hasta nuestros días.

En México conviven todavía las formas más salvajes de confrontación política, incluyendo el asesinato de candidatos y autoridades (un riesgo presente sobre todo en el ámbito municipal), con una boyante industria de periodismo por consigna. Al respecto, es importante subrayar que la parcialidad no implica por sí sola la corrupción de un medio o un periodista. En todo el mundo hay medios de izquierda y de derecha (y en muchos países también de ultraderecha). Resulta claro, por ejemplo, que las investigaciones que se publican en Aristegui Noticias tienen la intención de exhibir a Peña Nieto y a su gobierno (¿con qué otra razón revisarían, por ejemplo, la tesis de licenciatura de un político al que nadie ha atribuido dotes académicas?). Estas investigaciones no son imparciales ni pretenden serlo. Su línea editorial es transparente: buscan ser un mecanismo de denuncia.

Hay otro grupo de editorialistas y medios que no siguen una línea ideológica o política, sino que trabajan meramente por encargo. No investigan gran cosa (por lo general sus ataques y sus elogios son sólo 'trascendidos'). Usan muchos adjetivos, son poco sutiles y rara vez convencen a nadie. Por lo mismo, son relativamente inofensivos. La principal función de este grupo es mandar mensajes entre actores políticos, además de alimentar las esperanzas o el ego de quienes son sus patrocinadores.

Se trata de un caso distinto cuando un medio prestigiado se convierte en instrumento, no para impulsar abiertamente una agenda o una corriente política, sino para manipular a la opinión pública desde las sombras. Uno de los diarios de mayor circulación del país –El Universal– parece haber optado por desempeñar este papel. Un ejemplo lo ofrecen las primeras planas que se publicaron recientemente contra el presidente del PAN, Ricardo Anaya. Primero el intento de exhibir los gastos de su familia en Atlanta (con información obtenida, según se rumora, por el centro de espionaje montado por un exgobernador). Este intento no resultó suficientemente escandaloso.

Hace unos días las acusaciones subieron de tono. Los señalamientos de enriquecimiento, principalmente vinculado a negocios inmobiliarios a nombre del propio Anaya y de la familia de su esposa, bien podrían acabar con la carrera del joven político. La embestida parece ser una advertencia a Anaya para que 'le baje' a su tono beligerante, en particular en lo relativo al nombramiento de Raúl Cervantes como primer fiscal general de la República.

No es mi objetivo aquí hacer una apología de la figura de Ricardo Anaya. Desconozco si su conducta como funcionario y como dirigente político amerita la reputación que sus adversarios le imputan. Sin embargo, me preocupa el papel que algunos medios desempeñan como instrumentos de grupos políticos o de interés que operan desde la sombra, sobre todo cuando se trata de medios que se consideran serios.

En los últimos meses otras historias ya han generado dudas en torno a la ética periodística de las primeras planas de El Universal. Está, por ejemplo, el caso de las críticas al Comité Ciudadano del Sistema Nacional Anticorrupción. Seis colaboradores del propio diario renunciaron y firmaron un desplegado en el que señalaban que las notas en la materia eran “imprecisas, sin sustento fáctico, refractarias a verificar la información pública disponible”. Los firmantes eran líderes de opinión de primer nivel, con buena reputación y, en muchos casos, con una larga trayectoria en los ámbitos de transparencia y combate a la corrupción.

Siempre habrá personas y medios dispuestos a entrarle al negocio de aniquilar reputaciones. Las plumas mercenarias también cumplen su función. Sin embargo, siempre vale la pena preguntarse de dónde vienen los golpes mediáticos. Si son resultado de la buena intuición de un equipo de periodistas, de la denuncia de un ciudadano con ánimo justiciero o, en cambio, son una estrategia más dentro de la disputa por el poder. Cuando no planteamos estas preguntas la historia queda incompleta.

Twitter: @laloguerrero

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