Opinión

Petzold y Berger: reenfocando


 
I. EL AUTOSACRIFICIO HERMÉTICO.
 
En Bárbara (Alemania, 2012), recio opus 5 del berlinés de 52 años Christian Petzold (Seguridad interior 00, Jerichow 09), con guión suyo y del trastocador teórico de medios Harun Farocki, la culta doctora-pianista estealemana Bárbara (Nina Hoss dura a morir) guarda en 1980 un rechazo visceral hacia el entorno otoñal socialista que le tocó padecer, tras haber sido encarcelada y luego relegada a un hospital de provincia báltica, como castigo por haber querido fugarse con su prominente novio internacional Jörg (Mark Waschke) a Occidente, si bien aún así se cita clandestinamente con él en un bosque y esconde marcos federales para fugarse pronto en barco, descargando mientras tanto su furia sobre un compañero en ignominiosa condición similar a la suya que la enamora, el seudodelator aunque abnegado y buenaonda André (Ronald Zehrfeld), pero, de manera imprevisible, la mujer no puede evitar decepcionarse de su proyecto cuando toma valoradora conciencia de sí misma y cuando se involucra solidariamente con la jovencísima paciente embarazada candidata a la prisión-huida Stella (Jasna Fritzi Bauer), y con el joven suicida ya mentalmente disminuido Mario (Jannik Schümann), por lo que, pese a conseguir burlar los asedios del pobrediablesco agente de la Stasi omnipresente Schülz (Rainer Bock), le cederá autosacrificialmente su sitio en la barca salvadora a la chava, para que ella sí logre escapar del intolerable país concentracionario.
 
El autosacrificio hermético rompe con el tradicional cine de médicos al dictar su altivo drama de conciencia, hipercrítico social y con feroz rencor a un pasado digno de jamás olvidarse, a modo de un ejemplar relato liso, reconcentrado e impenetrable, a imagen y semejanza de su resentida protagonista femenina paranoide y todorrechazante, capaz de consignar y desmontar un orden totalitario entero por medio de mínimos elementos, como un puñado de patéticas criaturas hundidas, una frágil bicicleta y cierto autito negro ominosamente ubicuo.
 
El autosacrificio hermético nada explica al describir, casi en clave, los avances de un paulatino acercamiento amoroso con ese ambiguo médico devoto y sensible, en contraste con los tentáculos de un mundo fincado en la sospecha y el recelo, donde cualquiera puede ser un informante-delator de la policía política secreta y lo único seguro son los pacientes clínicos a la fuerza, los enfermos réprobos y autodestructivos, las escorias demasiado sensibles y vulneradas y palpitantes que produce ese mismo régimen a contradecir y a vencer o a esquivar, aunque sea en lo más radicalmente pasional e individual.
 
Y el autosacrificio hermético asiste sin sensiblería alguna pero con profunda emoción inocultable e inoculable al proceso de rehumanización de una mujer bloqueada aunque siempre admirable tanto por el misericordioso ejercicio de su profesión, como por su sensible disposición, hasta para homologarse de repente con la pobre putilla de hotel para extranjeros Steffi (Susanne Bermann), sorprendida de que alguien de Occidente pueda traerle joyas de regalo y le proponga matrimonio, pero que sin proponérselo hace descubrirse a la refinada doctora en su verdadera miseria y su grandeza irreconocible, también ellas, amenazada por una simple frase decisiva-disuasiva-mutiladora-ignominiosa que el novio al rescate ha dejado caer como si nada ("Gano mucho dinero, allá no tendrás que trabajar"), y orillarla a optar, como decisión personal, por la actividad en el ostracismo y el silencio devoto, al lado de un hospitalizado cuerpo doliente y ante el cariñoso ingenuo colega médico por fin aceptado, con la frente en alto y frente a frente, hasta un oscurecimiento elíptico final sin comentarios ni redundancias ni concesiones.
 
II. LA TAUROMAQUIA FEÉRICA.
 
En Blancanieves (España-Francia, 2011), apenas segundo filme oportunista formal del autor total bilbaíno de 49 años Pablo Berger (corto Mamá 98, largo Por no quedar pobre 03), modernizada paráfrasis taurina del homónimo cuento de hadas de los hermanos Jacob Ludwig y Wilhelm Karl Grimm, la infeliz aunque siempre sonriente huérfana Carmencita (Sofía Oria) ha perdido al nacer a su madre cantaora sevillana Carmen de Triana (Inma Cuesta) y ha sido cruelmente despojada de su padre exgran torero en perpetua silla de ruedas tras una cornada fatal Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), sólo visitable clandestinamente por culpa de su madrastra, la sádica enfermera narcisista Encarna (Maribel Verdú), quien no tendrá escrúpulos para mandar ahogar en el río a la muchacha convertida en la real hembrita Carmen (Macarena García) que, milagrosamente, logrará sobrevivir e integrarse a una troupe de Los 7 Enanitos Toreros que la rebautizarán como Blancanieves en honor a la del cuento, deviniendo una notable torera nata y debutando triunfalmente en el Coliseo de Sevilla, sólo para ingerir una manzana envenenada por la malvada madrastra y ser recluida como fenómeno de feria en una urna de cristal, a la espera de un supuesto príncipe azul que la despierte.
 
La tauromaquia feérica se apoya mimética, paralela y seudoherética, menos en el clásico relato infantil que en su adaptación disneyana, para elaborar una fantasiosa españolada de añosa pandereta, gratuita y sobrehecha, con matadores y manolas, cual círculo vicioso vuelto antipática retrovanguardia hipotética, al estrafalario gusto galo-hollywoodesco de insólita moda actual, aunque sin poder ir más allá de los datos externos de su deliberado, cerebral, u obvio y obviable vicio circuloso.
 
La tauromaquia feérica se beneficia de una contrastadísima fotografía manierista en blanco/negro in obbligato de Kiko de la Rica, de erizantes reenfoques en picado/contrapicado, de una retorcida trama truculenta proclive a ingeniosilla TVnovela beatovillanesca, de una ultrarrelamida música invasiva-conductora de Alberto Vilallonga, de insoportables interpretaciones acartonadas (Giménez Cacho otra vez superhigadesco, Verdú ajadamente encantadora) y sobre todo de la oscareada ruta neosilente abierta por El artista (Hazanavicius 11), para convertir prácticamente cada secuencia en un solemne episodio culminante, una pomposa epifanía narrativa, un grave clímax perentorio, o las tres cosas a la vez, trátese de la forzada alternación cornada/parto trágico, la entrada al majestuoso cortijo y a la habitación-mazmorra, las visitaciones al padre taurino didáctico en su reclusión forzada, las profanatorias fotos con el cadáver en el sillón, las presentaciones nominales de los enanitos escritas sobre pantalla o los mil flashes mentales a la hora de la verdad en la aniquiladora suerte suprema con el estoque. Y la tauromaquia feérica recurre a facilones cursicultismos cinefílicos, como la fila ophulsiana para besuquear a Blancanieves-Lola Montes, o el beso apasionado de un enanito modelo Freaks Browning, para conseguir el derrame de un regio lagrimón almodovariano, y colorín colorado, esta marásmica puñetaza venturosamente se ha acabado.