Opinión

Petróleo a la baja, pesadilla fiscal

Uno de los cambios que mayor impacto tendrá en la economía mundial, y en el acomodo geopolítico de países y regiones, proviene de la revolución energética que vive el mundo. La extracción masiva de petróleo y gas de lutitas (de esquisto o shale) se dará principalmente en Estados Unidos, el país que más ha invertido en tecnología para hacerlo, pero tendrá incluso impacto en grandes productores tradicionales, como Arabia Saudita, que utilizará su propio gas de lutitas para plantas termoeléctricas, para poder liberar el petróleo convencional que consumen internamente, para exportarlo.

A pesar de que la fracturación hidráulica para extraer gas y petróleo de esquisto puede provocar fugas de gas metano, altamente contaminante, la potencial abundancia de gas de esquisto lo hace un energético prometedor incluso para reducir globalmente la emisión de gases invernadero, pues puede sustituir no sólo al petróleo convencional, sino también al carbón, que es ampliamente utilizado en China y en Estados Unidos. El gas de esquisto, si bien no renovable, es potencialmente limpio y puede ser un puente efectivo para dar tiempo a que fuentes de energía renovable –eólica, geotérmica, solar- se vuelvan económicamente viables.

La pregunta primordial para México, sin embargo, es qué podemos esperar del precio del petróleo durante los próximos años ante una doble realidad que apunta en el mismo sentido: primero, porque mientras más gas de esquisto se produzca, menos demanda de petróleo habrá, pero en forma más importante a corto plazo, porque todo apunta a que la economía mundial se acerca a un período potencialmente largo de crecimiento moderado, lo cual también contendrá la demanda por petróleo.

En este momento hay evidencia irrefutable de desaceleración económica en China y estancamiento en Europa, que difícilmente pueden ser compensados con la gradual recuperación estadounidense y por la tibia mejora de la economía japonesa. Una buena parte del crecimiento mundial ha provenido de mercados emergentes que, con excepción de México y Filipinas, generalmente se ven mal. Brasil, por ejemplo, claramente va a entrar en una recesión.

En un entorno así, resulta preocupante que la reciente reforma fiscal simplemente extienda la errática recaudación del Estado mexicano, que sigue dependiendo de causantes cautivos. La reforma provee más incentivos para evitar a toda costa ser parte de la economía formal. Además, no ha habido esfuerzo por hacer más eficiente el gasto. Aumentar la presión del agua antes de reparar una tubería oxidada, llena de fugas mayores y menores, es una colosal falta de respeto al contribuyente. Pero, además, el presupuesto del gobierno asume no sólo la desaparición del subsidio a las gasolinas, sino que el precio del petróleo permanece arriba de 77 dólares hasta 2019, y que la producción aumenta.

Por si fuera poco es altamente probable, en mi opinión, que el presidente Obama autorice, después de las elecciones legislativas de noviembre (una vez que pierda valor el apoyo electoral de los ambientalistas del Partido Demócrata), la construcción del oleoducto Keystone XL. Éste llevará petróleo desde Alberta a Steele City, Nebraska, y de ahí a las refinerías de Houston y Nederland, Texas. Hoy éstas refinan petróleo pesado mexicano y venezolano que sería sustituido por crudo pesado que proviene de arenas bituminosas canadienses. Sin esa demanda, México tendría que buscar compradores alternativos y hacer frente a una reducción de precio.

Dada la alta producción de gas de esquisto estadounidense, es probable que veamos una brecha creciente entre los precios de referencia de Texas (WTI) y el Mar del Norte (Brent).

México presenta el déficit fiscal más alto en 24 años (1.5 por ciento del PIB sin Pemex, 3.5 por ciento con Pemex y 4.1 por ciento con “requerimientos financieros del sector público”). En un entorno de tasas de interés bajas como el actual, que creo prevalecerá por más de lo que se anticipa, sería incluso razonable endeudarse para gastar si se hiciera en forma eficiente y para inversión de capital, modernizando agresivamente la obsoleta infraestructura de México.

Eso incidiría en mayor competitividad. Sin embargo, estamos dependiendo de la venta de petróleo, cuyo precio va a la baja, para financiar gasto corriente. Eso es muy peligroso.

Urge una profunda reforma en el gasto público, evitando dilapidar recursos a tontas y a locas, como se hace ahora, tolerando además altísimos niveles de corrupción. Es urgente una iniciativa nacional bien pensada para fomentar la formalización de la economía. Además, hay que incrementar la base gravada, implementar IVA generalizado, reducir tasas marginales y simplificar el pago de impuestos.

Entiendo que en pleno proceso de aprobación legislativa de reformas estructurales es mal momento para planearlo, pero habrá que hacerlo justo cuando el crecimiento empiece a darse. Hay que gastar infinitamente mejor, y el gasto no puede seguir dependiendo de ingresos petroleros potencialmente frágiles. Esa película ya la vimos, y conocemos el funesto desenlace.

Twitter: @jorgesuarezv