Opinión

Perspectivas para el azúcar

En las últimas dos zafras azucareras se registraron niveles productivos sin precedentes: la superficie cosechada de caña fue de 780 mil hectáreas, lo que implicó que en diez años se incorporaran más de 170 mil hectáreas adicionales a ese cultivo; la producción de caña alcanzó casi 60 millones de toneladas, un incremento de 35 por ciento con respecto a 2003; y la de azúcar 6.7 millones de toneladas en promedio, 37 por ciento más que en ese año. Además de condiciones climatológicas favorables, de la utilización de mejores variedades de caña y de la aplicación de tecnologías más modernas, como riego y mecanización en la cosecha, esa evolución fue resultado de aumentos de los rendimientos físicos en el campo, de 69.7 toneladas de caña por hectárea en 2003 a 75.6 en 2013, aunque todavía muy inferior a los promedios internacionales, de más de 100 toneladas por hectárea.

En la medida que el consumo de azúcar en México se ha reducido consistentemente en los últimos años, de 9.5 kilogramos por persona al año en 2003 a 6.4 kilogramos en 2013 -en parte por cambios en la dieta hacia un menor consumo de edulcorantes, y también por un uso creciente de fructosa de maíz en la industria dulcera y refresquera que ha sustituido al azúcar-, los precios internos han bajado a la par de la caída en los internacionales, así como la rentabilidad de la producción, que actualmente se ubica en niveles cercanos a cero, y un incremento del excedente exportable. A pesar que de manera creciente se han canalizado exportaciones al “mercado mundial”, la mayor proporción se destina a Estados Unidos (EU).

Ello propició que en marzo pasado la industria azucarera de ese país interpusiera una demanda por prácticas desleales de comercio (dumping) y solicitara la imposición de cuotas compensatorias (impuestos a las exportaciones). La investigación está en proceso en el Departamento de Comercio de EU. De no alcanzarse una negociación con ese país y establecerse los aranceles que solicitan los productores americanos (45-60 por ciento por kilogramo exportado), el impacto podría ser sustancial para la industria azucarera y el campo cañero en México. Se estima que el precio interno del azúcar podría reducirse en casi 8.0 por ciento, la exportaciones en 55 por ciento y la rentabilidad de la producción (margen operativo) de 1.5 a menos 3.7 por ciento.

Existen diversas opciones de negociación: restricciones o cuotas acordadas para las exportaciones a EU, que son muy complejas de instrumentar y poco creíbles para productores y autoridades de ese país; establecer un precio mínimo o piso al azúcar mexicana, similar al acuerdo que aplica para las exportaciones de tomate, lo que no parece aceptable para los productores americanos; o bien, irnos a una “guerra” comercial en la que México imponga medidas antidumping a las importaciones de fructosa de maíz provenientes de EU como represalia por el caso del azúcar.

Esa estrategia, aunque efectiva, tocaría fibras sensibles tanto para las autoridades mexicanas como para la industria azucarera. En el primer caso, está en proceso de negociación el Acuerdo de Libre Comercio Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) que EU utilizaría -ya lo ha hecho en otros temas como la papa- para frenarla. En el segundo, más de la mitad de los ingenios azucareros son propiedad de grupos refresqueros, quienes “administran” a su conveniencia y rentabilidad el uso de azúcar y de fructosa de maíz, según las condiciones prevalecientes en los mercados. Una guerra azúcar-fructosa les significaría un incremento de precios de ambos insumos (incremento de precios internos en uno y aranceles en otro), con el consecuente impacto en costos de producción y utilidades.

El dilema no es sencillo: proteger a la producción nacional de caña y a parte de la industria azucarera o abrir otro flanco en los conflictos comerciales con EU y afectar a la industria refresquera. Las autoridades mexicanas tendrá que tomar una decisión pronto, ya que el fallo del Departamento de Comercio de EU es inminente.

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