Opinión

Periscopio

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Arne Aus den Ruthen Haag. (Cuartoscuro)

El city manager de la delegación Miguel Hidalgo, Arne aus den Ruthen Haag ha iniciado una especie de cruzada en contra de las personas que abusan de los demás en su delegación: vecinos que dejan basura en las calles, o que apartan lugares de estacionamiento, o personas que trabajan por ahí y se estacionan en donde les da la gana, apoyados por camionetas de guaruras. Para documentar su trabajo, dice él, transmite su trabajo vía Periscope, un software que permite enviar imagen y sonido a través de redes sociales, y que se superpongan comentarios. Recientemente, transmitió mientras era golpeado por los guaruras de un personaje que lo había amenazado con anterioridad.

El asunto ha causado gran discusión, y creo que no es para menos. Aunque la mayor parte de lo que transmite no tiene efecto alguno, ni causa daño a nadie, algunas de las transmisiones sí lo hacen. Se evidencia la actitud despótica y prepotente a la que somos tan afectos los mexicanos, que nos hace sentirnos superiores a los demás y por lo mismo tener derechos diferentes. No importa qué hagan los otros, tenemos derecho a tirar la basura o estacionar el auto en donde nos parezca, o poner el volumen tan alto como nos guste. Como alguna vez nos retrató a la perfección José López Portillo, somos chicharroneros: cada mexicano piensa que sólo sus chicharrones truenan.

Este tipo de actitudes no se pueden enfrentar fácilmente. Es muy complicado probar que violan alguna ley, más difícil aún que la Policía esté dispuesta a intervenir, y muy poca gente se arriesga a regañar a los cochinos o abusivos, porque su misma prepotencia intimida. Para eso es. Sólo quien está dispuesto a enfrentarse a golpes interviene. Y de eso viven los chicharroneros, de la intimidación permanente. Pero ahora hay un arma contra estas personas: el balconeo mediático. Imágenes transmitidas en tiempo real, que rápidamente se “viralizan”, como ahora se dice, y dejan caer sobre los chicharroneros un alud de desprestigio, y a veces castigos reales: perder la chamba, ser detenidos, etcétera.

Sin embargo, hay quienes no están de acuerdo con este procedimiento, y también tienen razón. El juicio de la plaza pública no es juicio, es linchamiento, así sea virtual. Las transmisiones pueden dar una idea equívoca de los hechos, que provoquen una sanción moral abrumadora sin justificación alguna. Peor, quienes transmiten podrían hacerlo para eso, engañando o editando las transmisiones. Especialmente, una autoridad no puede usar esta herramienta, porque estaría haciendo algo análogo a una pena de desprestigio, que en México no se puede imponer a nadie.

Como puede ver, hay razones en ambos lados: sin evidenciar a los abusivos, será imposible educarlos (no lo hicieron sus padres ni la escuela ni nadie). Pero evidenciarlos puede ser una falta, y es sin duda un espacio de potencial abuso. Yo simpatizo con la intención de promover una vida en comunidad más razonable, castigando a quienes abusan de los demás. No sólo simpatizo, toda la evidencia que tenemos indica que así han funcionado las sociedades humanas en sus 16 mil años de historia, y que los castigos a infractores son la herramienta más eficiente para promover la cohesión social y la cooperación. (interesados: Moral Origins, de Chris Boehm y Pensar rápido, pensar despacio, de Kahnemann). Pero también estoy convencido que sin procedimientos adecuados, no hay justicia, y la plaza pública es cualquier cosa, menos racional, justa o democrática.

Creo que lo más importante es la evidencia de que hay un desfase entre tecnología, leyes y políticas públicas en el que vale la pena profundizar. Veo razones en ambos lados, gran fuente para un debate de ideas y propuestas. Así sea.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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