Opinión

Perdido en el bosque

Producto de la legendaria capacidad que tiene el compositor Stephen Sondheim (n. en 1930) de inventar y reinventar el género musical-teatral -desde que maduró en Amor sin barreras (1961, Jerome Robbins & Robert Wise)-, En el bosque (2014, Rob Marshall) es casi su pastiche terminal que sirve como ejemplo posmoderno, bastante pasado de moda, que si musicalmente resulta de plano tedioso, al menos dramáticamente se sostiene por ser una ingeniosa combinación de varios cuentos emblemáticos de Grimm, Perrault & Andersen. Combinación al estilo Broadway, claro está.

El peculiar estilo anacrónico está lleno de banalidades para un concepto de actuación que subraya la exageración y lo artificial del relato en sí. Como carece de algún tema memorable, musicalmente hablando, busca en conjunto hacer un anticuento de hadas acaso demasiado deliberadamente cruel -un poco en la onda sadomaso descafeinado a la 50 sombras de Grey- que, sin embargo, insiste en exaltar la banalidad de su esencia: un cuento de hadas sobre el deseo que conlleva amargas conclusiones, retomando por ejemplo elementos ligera y púdicamente crueles como que las hermanas de Cenicienta (Anna Kendrick) deben cortarse parte de los pies para que les calce la zapatilla de oro, o que la esposa del panadero (Emily Blunt) deba morir por ceder a los devaneos machistas del encantador príncipe (Chris Pine) de inmediato fatigado de su reciente boda con Cenicienta, quien le parecía más atractiva cuando era una tránsfuga de su pulsión deseante (“extraño cuando te escapabas de mí”).

A su vez, el inquieto chamaco Jack (Daniel Huttlestone) obtiene sus frijoles mágicos para subirse al árbol y trae no sólo el oro que salve a su adorada vaca moribunda, sino también la desgracia al pueblo de la doble boda donde al parecer la atrapada Rapunzel (Mackenzie Mauzy) por obra y gracia de su Maléfica (Meryl Streep), carece de interés más allá de ser una trophy wife para satisfacción del carilindo príncipe machista (Billy Magnussen), puesto que al final desaparece de la amarga trama sin dejar rastro, ni cuestionamiento moral alguno, en la apocalíptica coda donde el mundo se sacude porque el deseo comienza a dominar y exige respuestas, siendo la esencial que exista castigo al “ten cuidado con lo que deseas”. Así, cada personaje recibe o el olvido o la decepción: Jack la insatisfacción de su súbita riqueza, Cenicienta la decepción de su instantáneamente asfixiante matrimonio, la esposa del panadero su muerte a cambio del deseado vástago y la Caperucita Roja (Lilla Crawford) obtiene una lujuriosa capa de piel de lobo (Johnny Depp en exagerado patetismo autoirrisorio), aunque lo que desea es repartir la culpa por las desgracias que ahora asuelan a ese pueblo feérico y que son consecuencia de los deseos de todos y cada uno de ellos.

El director Marshall, siguiendo verbatim el libreto de Sondheim escrito en colaboración con James Lapine, opta por aplicar todos los trucos teatrales a la fotografía de Dion Beebe; tics de iluminación sobrecargados con brillantísimos tonos emanados de una escenografía de cartón piedra hábilmente construida. Asimismo, el musical cuento de hadas aspira a ser un ejercicio virtuosístico en el que abundan infinidad de movimientos y situaciones que subrayan los instantes clave de esos cuentos infantiles clásicos mezclados y remezclados por igual en una licuadora estética que tritura cada parte sin lograr un producto de cierta consistencia que, si fluye, se debe a su constante monotonía musical, con sus recitativos y duetos y tercetos y cuartetos que se pierden en dos tipos de tempo, por uno el de una cansina comedia de predecibles consecuencias y por otro el de una conclusión melodramática sobredialogada hecha para confirmar que el anacronismo del film es tanto su única virtud como su definitivo defecto.

Las ideas teatrales de Sondheim aunadas a las visuales de Marshall, para los fines de En el bosque, tienen la consecuencia de hacer un musical que se queda a medio camino: ni infantil ni adulto, ni audaz ni convencional, ni teatral ni cinematográfico, con apenas unos atisbos de ironía en la bruma de ese bosque tan conceptual en que se interna para perderse ahí y no salir jamás. Ni a punta de desearlo.