Opinión

Peña, adiós a la tríada

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Presidencia tripartita. (Cuartoscuro)

La presidencia tripartita era un dogma en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Su diseño era el de una burbuja donde había delegado el trabajo ejecutivo entre sus tres pilares, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, el de Hacienda, Luis Videgaray, y el jefe de la Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño. Los tres hablaban indistintamente con los actores políticos, interactuaban con ellos e impedían el acceso regular a la oficina presidencial. La presidencia tripartita era monolítica, donde sólo a veces permitían asomarse, con voz y voto, al consejero jurídico, Humberto Castillejos, y a Francisco Guzmán, jefe de asesores. De ahí en fuera, nadie más.

La toma de decisiones las tomaba ese pequeño grupo, donde había fricciones que resolvían con sus acciones compartimentadas. La tríada era a quienes les creía todo lo que le decían. Las quejas sobre el secuestro del presidente por ese trío iban creciendo, desde los grupos de interés que por definición resintieron el cambio en el acceso a jefe de Los Pinos, hasta aquellos cercanos, que ya no eran escuchados. El Peña Nieto de la presidencia no era el Peña Nieto en el Estado de México. Incluyente en Toluca; excluyente en la ciudad de México. Insensible a la crítica –entre otras cosas porque prácticamente no lee nada, y los informes que le llegan todos los días están edulcorados y alineados a una agenda de propaganda en televisión–, no parecía que algo pudiera hacer mella en esa muralla.

Pero la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán, que lo pescó en el aire mientras viajaba a Francia, podría ser, como una primera hipótesis de trabajo, el parteaguas de su administración. Quien vio a la comitiva en París, la notó nerviosa y sumamente seria. Paradójicamente, El Chapo lo había colocado en un estadio que difícilmente había visto: que su método de conducción política endogámico, no daba para más. La fuga le arrebató al criminal y lo dejó sin brazos operativos. La realidad que tenía tras la elección del 7 de junio, era una muy distinta para el 11 de julio, cuando se consumó la fuga.

A Osorio Chong le estalló la crisis en las manos; a Videgaray le salieron mal las cuentas de la reforma energética y la economía se hundió más; Nuño volvió a demostrar que todavía no tiene el equipaje para las crisis profundas. Qué pasó por la cabeza del presidente durante todos estos días, sólo él lo sabe. Pero lo que se ve hacia fuera es un cambio radical. Dos designaciones reflejan que las cosas se modificaron sustancialmente en Los Pinos. La primera fue el nombramiento de Miguel Basáñez como embajador en Washington; la segunda, entregar el PRI a Manlio Fabio Beltrones. Las dos decisiones están por fuera de la lógica de poder de la presidencia tripartita que asumía el poder como si el mandato lo tuvieran ellos.

Basáñez no sale de ese grupo. Las ternas que trabajó Nuño no lo tenían integrado como una opción. Basáñez, entre otras cosas, no pertenece a la generación de la tríada, pero sí al entorno familiar de Peña Nieto, a quien conoció de muy joven, en los inicios de su carrera política, al haber trabajo estrechamente con su tío, el exgobernador mexiquense, exsecretario de Estado y aspirante derrotado a la candidatura presidencial, Alfredo del Mazo González. Su designación cortó las maniobras políticas de Videgaray, que buscaba en esta melé sacar el mejor provecho de la crisis política tras la fuga de El Chapo Guzmán, y despresurizó la lucha con su gran amigo, el secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, que se inclinaba por el cónsul en Los Ángeles, Carlos Sada. Peña Nieto regresó al pesebre mexiquense y escogió a uno de los suyos, no a uno de los que buscaba la presidencia tripartita.

El caso de Beltrones es similar. “¿Al PRI? –decía uno de los más cercanos al presidente antes de la elección del 7 de junio–, ni locos”. El PRI, sin el candado para impedir que el presidente aspirara la candidatura presidencial, era considerado en el equipo peñista como una jugada de muy alto riesgo. Amigos del presidente fuera de influencia de la tríada llegaron a sugerirle que lo considerara, pero Peña Nieto no mostraba ni con gestos lo que pensaba. Las veces que Beltrones o algún otro líder priista buscó encontrar una señal, se topó con un muro. Todavía el miércoles a media mañana, el futuro era tan incierto, que en los últimos días Beltrones se dedicó a arreglar sus oficinas privadas.

Con Beltrones jugó como lo hizo con Basáñez, por instinto de sobrevivencia y trascendencia. Por un lado, se puede ver la necesidad de oxígeno por fuera de la presidencia tripartita, que en materia de resultados está en déficit durante la primera parte del sexenio, y por el otro, la necesidad de poder contar con voces fuera de esa tríada con las cuales interactuar. Para muchos, dentro y fuera del gobierno y del PRI, es una buena señal la que manda el presidente con las dos designaciones recientes. Cambiar un modelo que se agotó en la conducción del país, también. Peña Nieto recupera la presidencia única con dos pequeños golpes de timón. Lo suficiente. El del mandato es él; nadie más. A quien juzgará la nación por los resultados es a él, no a su tríada, por más poderosa que haya sido.

Twitter: @rivapa

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