Opinión

Pecados en el reino

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CARAS: En 2011 la revista publicó una portada en la que se muestra al presidente y a su esposa, Angélica Rivera junto con otras personalidades del mundo artístico después de haber asistido a una fiesta. (Tomada sitio oficial)

“No lo olviden –dice una línea en el libreto de una influyente obra musical de los 60 en Broadway– hubo una vez un lugar que por un breve instante de luz fue conocido como Camelot”. Síntesis de la magia y la leyenda, desde ese castillo el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda libraron las batallas más difíciles contra los bárbaros, y desde que a la presidencia de John F. Kennedy se le llamó la de los mil días de Camelot, se convirtió en metáfora de líderes cuyo carisma escondía la realidad. La presidencia de Enrique Peña Nieto tiene analogías con el periodo corto de Kennedy en la Casa Blanca, a quien su asesinato opacó el juicio histórico de gobierno, mientras que a Peña Nieto, ante el cruel vigor de las redes sociales, el juicio es en tiempo real. Carisma no suple la eficiencia, pero cuando se agrega la soberbia, es como suicidarse políticamente.

Peña Nieto se encuentra en esa ruta, revolcado por un remolino del cual no puede salir, que lo muestra con una personalidad radicalmente distinta a la que tenía antes de llegar a Los Pinos. Aquel político confiado en sí mismo, seguro de sus acciones, ejecutivo y líder, es hoy todo lo contrario. Fue patético escucharlo decir la semana pasada al presentar al nuevo secretario de la Función Pública “ya sé que no aplauden”, y lo volvió instantáneamente en mofa nacional y mundial. Esperar un aplauso de la prensa es un sin sentido, pero más allá de lo anecdótico de la frase, el sólo pensarlo refleja otras cosas.

En Peña Nieto hay frustración y mal entendimiento sobre el papel que juega. La coreografía de los eventos políticos cuando era gobernador y candidato, junto con un carisma irradiante ante multitudes que se enamoraban de él cuando el escrutinio público aún no mostraba sus debilidades, no era realidad. Servía con fines propagandísticos y electorales. Pero cuando piensa que él crea esa realidad, es buscar el Camelot perdido. Cada vez que Peña Nieto choca con la realidad, corre al Estado de México donde la coreografía y la simulación le devuelve el espíritu. Aquí sí me quieren, dijo hace pocas semanas en un evento. ¿De verdad? ¿En el resto del país no?

El carisma no se construye, se nace con él. Peña Nieto no lo ha perdido, pero lo tiene opaco. Se lo manchó el escrutinio público que nunca tuvo en el Estado de México y quizá, porque sus acciones lo demuestran, jamás cruzó por su mente encontrarse en este momento. La soberbia le jugó la mala pasada. ¿En dónde se puede encontrar esa primera pincelada de soberbia que le impidió pensar con claridad a dónde se estaba metiendo?

Muy probablemente, si se juzga retrospectivamente, cuando adquirió junto con su futura esposa la casa en las Lomas de Chapultepec a nombre de Angélica Rivera. Peña Nieto era gobernador del Estado de México en ese tiempo y el aspirante más fuerte a la candidatura presidencial del PRI. El agente inmobiliario e hipotecario en esa operación fue la empresa Higa, propiedad de su amigo y compadre Juan Armando Hinojosa, que al haber recibido multimillonarios contratos en el Estado de México y Nuevo León –donde el gobernador Rodrigo Medina tenía colaboradores muy cercanos que son primos de Peña Nieto–, configuró la imputación que hoy se le hace de conflicto de interés.

Muy poco conocido sobre ese episodio son dos hechos. El primero, que Peña Nieto se oponía en un principio a que Rivera, quien insistía en la casa, la adquiriera. Personas que los conocen recuerdan que la discusión fue muy fuerte. El segundo, el más relevante, una vez resuelto ese pleito, Hinojosa le pidió que no pusieran la casa a su nombre. El constructor argumentaba que si su nombre aparecía podría llegar a tener problemas y, además, que podía meterse él mismo en un problema. Peña Nieto rechazó su petición de ponerla a nombre de un fideicomiso, con el argumento que él era de todas sus confianzas. La soberbia no paró ahí.

La casa tampoco hubiera atraído el ojo público, de no haber abierto sus puertas en mayo de 2013 a la revista española ¡Hola!, especializada en temas de la realeza y la alta sociedad, en lo que presumió en su portada como “la primera entrevista” que ella concedía. Tampoco vio Peña Nieto ni nadie en Los Pinos lo que ello significaría. Oropel. Vida falsa. La ilusión del Jet Set. Todo México y el mundo a sus pies. En junio del año pasado, la primera dama volvió a abrir su intimidad, ahora en Los Pinos, a la revista Marie Claire, que publicó un reportaje de 22 fotografías de ella y su hija Sofía Castro.

Hoy en Los Pinos no buscan quién provocó que empezara el escrutinio público, sino quién se las paga. Esa salida busca venganza, no lleva a la autocrítica. Es la búsqueda incesante de ese instante de luz que fue Camelot, sin entender que la realidad de los mortales, no es la que han vivido en la burbuja que es Los Pinos. Los aplausos van a escasear todavía más; el escrutinio aumentará; la credibilidad se desvanecerá. El presidente crecerá frustrado, amargado, sintiéndose incomprendido hasta que comprenda, objetivamente, lo que hizo y provocó. Esto no cambiará las cosas ni resolverá sus problemas. Pero por lo menos, habrá tocado fondo.

Twitter: @rivapa

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