Opinión

Payne y De la Iglesia: concediendo

I. EL ÚLTIMO AIRE. En Nebraska (EU, 2013), delirante íntimo opus 6 del elegante estilista estadounidense de 52 años Alexander Payne (Entre copas 04, Los descendientes 11), con original guión prendido con alfileres de Bob Nelson, el terco e inaguantable octogenario alcohólico en el borde de la senilidad Woody Grant (Bruce Dern gigantesco de matices irritantes a sus 77 años) se ha empecinado en trasladarse, aunque sea andando por la carretera, de su pueblaco Billings en Montana a la pequeña ciudad de Lincoln en Nebraska, para cobrar el millón de dólares que cree haber ganado, según cierta carta de marketing engañoso que ha recibido, pero es interceptado por la policía y debe ser rescatado por su distante hijo fracasado amoroso vendedor de electrodomésticos David (Will Forte), quien, desatendiendo los consejos de su despectiva madre anciana exrompecorazones Kate (June Squibb) y su hermano periodista Ross (Bob Odenkirk) que proponen el encierro en un asilo, decide hacerle el juego al viejo en ese agarrón de su último aire y llevarlo él mismo hacia su destino a bordo de su camioneta, pero un peligroso golpe del anciano ebrio en la cabeza los obliga a refugiarse con la familia paterna en el villorrio de Hawthorne, adonde los alcaza la vieja Kate y donde el hombre se convierte en celebridad instantánea, sobre todo para el abusivo exsocio Ed Pegram (Stacy Keach) y la tierna exgalana dueña de periódico Peg (Angela McEwan), provocando codicias y riñas por su presunta fortuna, si bien éstas pronto se convertirán en burla sangrienta.

El último aire desencadena con tónico desenfado un extraño humor, entre cruel, disparatado y cariñosísimo, que va a ensartar al hilo y sin parar, cual caja de sorpresas regocijante y cómplice de su propia inteligencia, escenas tan memorablemente insólitas como el rescate del padre en sus patéticas escapadas a la taberna, las insensibles veladas seudofamiliares en torno a la TV del ruco hermano secote y los brutazos sobrinos choferes idiotamente escarnecedores o explosivos, la coqueta enseñada de calzones de la provecta esposa a la tumba de un antiguo novio, el robo y la devolución de una compresora arrumbada en un granero ajeno, o el detalle realista/fantástico de la gorra con letrero de Price Winner para consolar al vetarro infeliz.

El último aire valida los absurdos de su viaje doblemente invernal (en esa estación pero sobre todo mental), merced a la insuperable conjunción estética de la foto delicada en b/n tendiendo a la irrealidad supralocalista de Phedon Papamichael y la melancólico-jocosa música seudocountry a veces inmensamente triste de Mark Orton y esa calculada edición de Kevin Tent con espacio para grandes intensidades desdramatizadas.

Y el último aire sostiene con enorme sutileza y energía una estructura emotiva de jardín de los senderos que se bifurcan, al dividir su interés humano entre el padre y el hijo, pasmados en formas diametralmente opuestas, aquél que tenía cara de terquedad eterna y aquél que ponía gesto de perpetuo desconcierto, cual si protagonizaran dos películas distintas, si bien embonadas para retroalimentarse y ennoblecerse mutuamente, la del viejo monstruoso que todo lo daba por un sueño postrero al que ni siquiera reconocía como tal y la admirable criatura generosa que todo lo dará por cumplir el sueño paterno, ya que el viejo sólo quería reivindicarse de cara a los demás y de sí mismo, aunque fuese mediante ese camión adquirido en la venta de la camioneta del hijo y en la recuperación de una inútil compresora de aire, pero pudiendo pasearse muy orondo en triunfo postrero por la calle principal, ante la admiración de todos y de sí propio, antes de hundirse para siempre en una inclemente decadencia geriátrica inevitable, pero con la satisfacción de haberle dado alguna vez un supuesto (si bien más que real) sentido a su vida.

II. EL AQUELARRE PRIMIGENIO. En Las brujas de Zugarramurdi (España-Francia, 2013), deliberadamente disparatado filme 11 del vasco de 48 años Álex de la Iglesia (Crimen ferpecto 04, La chispa de la vida 11), con guión suyo y de Jorge Guerricaechevarría, el irresponsable padre asaltante de joyerías José (Hugo Silva) huye rumbo a la frontera francesa, con su malencaminado hijito listísimo de 10 años Sergio (Gabriel Delgado) y su cómplice bizarro Tony (Mario Casas), tras un golpe demasiado trepidante, a bordo del taxi del sufrido Manuel (Jaime Ordóñez), llevando a un tozudo pasajero de Badajoz en la cajuela (Sergio Segura) y perseguidos por la preocupada exesposa de armas tomar Silvia (Macarena Gómez) y por un par de peleoneros agentes policiales en patrulla, pero todos deben desviarse a medio camino para ir a dar directo a Zugarramurdi, la tierra maldita donde han nacido todas las brujas del mundo, hoy paranoicamente proclives al revanchista aquelarre gozoso, y en efecto se topan a sucia noche con la fiera soberana pavorosa Graciana (Carmen Maura), quien chantajistamente los conducirá a su lúgubre palacio laberíntico, y allí, secundada por la senil bruja madre Maritxu (Terele Pávez) y por la linda bruja hija Eva (Carolina Bang arrebatadora con su loco look de Emo) dispuesta a renunciar ipso facto a su condición por el amor de José, pretenderán entronizar al pequeño Sergio como nuevo Mesías, durante un grandioso sacrificio coreado por mil hechiceras en tumulto.

El aquelarre primigenio agencia como resortes temerarios de su vertiginosa fantasía cómica la verba inoportuna (esos reproches por celular en pleno tiroteo persecutorio por la carretera, los celos cambiando de ánimo feroz a la bruja enamorada, la declaración gay in extremis a media hoguera inquisitorial), absurdos detalles incidentales-sustanciales (heréticos como el Cristo plateado y sus malvados compinches-muñecos infantiles vivientes, irracionales como la caminata de cabeza por el techo), la manía escatológica (esa mano que aprieta saliendo del excusado, los dedos cocinados, el hermano encerrado 15 años en un calabozo con la piel ya cayéndosele a pedazos) y ese Caos colosal, limpiamente concertado, que se extiende y abarca hasta un superadiposo monstruo satánico tragahombres cual lagartijas y una danza macabra en el límite de la ampulosidad a mil por hora.

El aquelarre primigenio se apoya en maquillajes extremos y parafernalias artificiosas, una acelerada edición digresiva de Pablo Blanco, fotografía atropellada de Kiko de la Rica, música pomposa de Joan Valent y veinte comparsas tan carismáticas como ese ubicuo traidor Calvo (Pepón Nieto) de la posada propiciatoria, para hacer un elogio a la brujería desde posturas misóginas dolidamente posmachistas y visceralmente feministas, con humor negrísimo, caldero hermelindesco y cesarismo en montón.

Y el aquelarre primigenio renueva y perfecciona el esperpento valleinclanesco más ideosincráticamente español, por encima del plasta Almodóvar actual, con ese descuartizador acto de magia infantil que convoca a toda la compañía en el teatro del Mal, esperando el próximo desquite brujeril.