Opinión

Pawlikowski y Glatzer-Westmoreland: femioscareando

I. LA CARNE TRISTE. En Ida (Ida, Polonia-Dinamarca, 2013), poderoso aunque austero quinto largometraje del exTVdocumentalista varsoviano de 56 años Pawel Pawlikowski (Mi verano de amor 04, La mujer en el quinto 11), con sumario guión suyo y de Rebecca Lenkiewicz, ganador del Oscar 2014 la mejor película extranjera, la sumisa e inocentemente autonegada novicia linda Anna (Agata Trzebuchowska) retoca con extrema delicadeza un Cristo de madera para colocarlo, ayudada por sus homólogas, en el centro de un redondel horadado sobre la nieve permanente de 1960, demostrando que está perfectamente bien adaptada a la vida conventual en la que donde creció, y sin embargo, no satisfecha con esa evidencia, antes de que pronuncie sus votos definitivos, la Madre Superiora (Halina Skoczynska) prácticamente la obliga a regresar a su aldea natal, para despedirse de su reacia y por ella desconocida tía cincuentona Wanda (Agata Kulesza), una endurecida magistrada judicial semialcohólica y promiscua por añadidura acérrima comunista que de buenas a primeras le revela, despectiva y autoritaria como políticamente lo es, que en realidad ella nunca ha sido Anna, se llama Ida, es judía y que sus padres fueron asesinados durante la temible y demoledora ocupación nazi, pero, al ser conminada por la chava a mostrarle la tumba de aquellos sacrificados, ambas deberán emprender una travesía que las llevará del taimado campesino roñoso Feliks (Adam Szyszkowski), sólo preocupado porque no lo despojen de sus usurpada tierras yermas, al hermético y casi inlocalizable antepasado ya en franca pudrición miserable Szymon (Jerzy Trela), y luego separándose las dos mujeres, para que la mayor quede a merced de sus culpas y la autodestrucción, y la menor saciando su curiosidad por la carne triste en manos del dulce jazzsaxofonista de taberna Lis (David Ogrodnik) que por ende era el único ente viril capaz de seducirla cual encantador de serpientes.

La carne triste ostenta una fascinante fotografía en blanco/negro de Ryszard Lenczewski y Lukas Zal con anacronizante encuadre de 4:3 en épocas de pantalla ancha obligatoria, un blanco/negro exquisito más allá del trabajo meramente visual, un blanco/negro sobreelaborado que de principio a fin deberá cargar con la obligación de tornarse plástico y casi metapictórico para poder mejor “esculpir el tiempo” (Tarkovski) o sea de egregia manera texturológica, un blanco/negro objeto de virtuosismo que acerca mucho más a la abstracción sensorial como a la escala humana, un blanco/negro básicamente cenestésico y eminentemente táctil como esa omnipresente nieve brutal que envuelve y se impregna, un blanco/negro imperioso donde las figuras aparecen refugiadas o tímidamente agazapadas en los bordes verticales del encuadre, un blanco/negro diríase furibundo en seco donde los seres humanos deben admitir demasiado aire sobre sus cabezas (a la manera de aquella excepcional Muerte por sobredosis/Afterschool del neoyorquino Antonio Campos 08 aquí inédita) como si estuvieran siendo por aplastados o disminuidos por sistema ¿por el sistema? y en perpetuo trance de ser expulsados o drenados hacia el extremo inferior de la pantalla, un blanco/negro riguroso que se da el lujo de pasar en puntos clave del minimalismo a la sombría atmósfera barroca en flagrante homenaje al decadente neoexpresionismo posbélico a la polaca de Andrzejewski/Wajda (Cenizas y diamantes 58), un blanco/negro ritual que también habrá de saber sobrevivir indiferente a la remota ejecución del padre y de un hermanito por mero miedo y rapiña, un blanco/negro estético y dramático a la vez que reclama la inclemencia y los valores negativos bajo un régimen impecable e implacable de heladas y ventiscas, un blanco/negro revelador de una sociedad históricamente traumatizada y somnolientamente gris, un blanco/negro vuelto mimesis de la supraconciencia del cuerpo propio y descubrimiento de la irrestricta melancolía inextinguible con música de Mozart y Bach-Busoni, un blanco/negro sordo por completo ajeno al elogio religioso o sagrado y por entero volcado a la vivisección reflexiva.

La carne triste tiene mucho de fábula sin moraleja posible y de consternado cuento moral en suspenso, cuya consistencia será óptica y jamás verborrágica (como sí lo era la del genial Eric Rohmer), en torno a esa monja en ciernes amenazada en sus creencias y convicciones a lo Viridiana de Buñuel (61), desgarrada por todas partes y quitándose sus hábitos en la desesperación, como si sólo quisiera ser su propia corona de espinas y su exorcismo mundano.

Y la carne triste se cuelga a modo de inesperado milagrito a una travesía por la infamia, tanto territorial como humana, pero que, de manera paradójica, servirá para acercar a esas dos mujeres opuestas y en dos límites del tiempo y la experiencia social, ignorantes la una de la otra, cual contrarios irreconciliables, distantes en todos sentidos menos en el afecto naciente, tras convivir pese a todos y provocarse mutuamente algunas mutaciones desazonantes que, para la prematuramente decrépita e irredimiblemente suicida Wanda, serán sarcásticamente funestas y nefastas como ella misma, y para Ida, satánicamente ambiguas, indecisa hasta el último minuto, aún en este intante caminando en pasmado sobresalto por la sucia senda blanca del retorno a su reclusión, después de haber conocido toda la trastornante fuerza y la belleza imposible del Mal absoluto, ahora por aberrante voluntad propia.

II. EL DETERIORO IRREMEDIABLE. En Siempre Alice (Still Alice, EU, 2014), conmovedor cuarto largometraje de la dupla de esposos formada por el excinequeer neoyorquino Richard Glatzer con el excinepornógrafo inglés hoy aquejado de esclerosis degenerativa a los 48 años Wash Westmoreland (filmes conjuntos previos: El excitador 01, Quinceañera 06, La última aventura de Robin Hood 13 sobre la recién difundida homosexualidad de Errol Flynn), con guión de ambos basado en la novela bestseller homónimo de Lisa Genova, ganador del Oscar 2014 a la mejor actuación femenina, la brillante profesora universitaria californiana con una vida plena Alice Howland (Julianne Moore) empieza el exacto día de su 50 cumpleaños a contestar incoherencias, a presentarse dos veces con la misma persona y a tener lapsus oceánicos en clase y por doquier, para terminar acudiendo a un neurólogo que le diagnostica un atípico Alzheimer prematuro de origen hereditario cuya revelación, avances y tropiezos trastocan en unos cuantos meses los cimientos de su personalidad (“Lo siento, olvidé que tengo Alzheimer”) y sacuden su estructura familiar, lastran al marido cirujano John (Alec Baldwin) a punto de ser ascendido fuera del Estado, sentencian con certificación genética a la hija mayor con dos bebés en gestación Anna (Kate Bosworth) y curiosamente acercan a la pequeña hija actriz reacia a cualquier formación académica Lydia (Kristen Stewart menos sorprendente que en Las nubes de María), hasta la renuncia a la cátedra, el recurso de las nuevas tecnologías a su tope, el rechazo al asilo superasistido, la secreta preparación de una eutanasia misericordiosa pronta a descubrirse fallida y la reclusión dentro una finca playera con la querida hija menor, en espera de etapas menos clementes del deterioro irremediable y el trágico padecimiento silencioso ya sin término.

El deterioro irremediable se refocila en el espectáculo cumbre de una inteligencia naufragante e impotente, el espectáculo de una caída desde gran altura para mostrar mejor el zapotazo, un espectáculo de zozobra límite experimentado con plena conciencia, un espectáculo sadomasoquista y posbergamaniano gozosamente femitriturante, un espectáculo artero y amenazante para todos los que hoy gozan de un elevado nivel de desarrollo intelectual (pero sin saberlo están emplazados a sufrir el Alzheimer repentino con mayor agudeza, anticipación y severidad), un espectáculo vivido en radical soledad pese al auxilio hipotético de la pareja demasiado serena y a la compañía solidaria de la rebelde hija desbalagada de quien menos se esperaría nada, un espectáculo alerta que releva a la numinosa dignidad de la escritora Judi Dench de Iris, recuerdos imborrables (Eyre 01) y a la aceptación pasiva de la esposa madre terminal Julie Christie cambiando pareja en el asilo de Lejos de ella (Polley 06), un espectáculo autodenigratorio que obliga a depender cada vez más de los demás y a incurrir en todo aquello moralmente se detestaba como la peste (esa curiosidad por el diario íntimo filial violando un mínimo prurito de respeto a la privacidad, ese posterior chantaje involuntario pero flagrante a la misma hija), un espectáculo despiadado que no puede pararse ni por medio de un suicidio minuciosamente concertado (que fracasará a causa del ínfimo elemento azaroso: la irrupción de una sirvienta gritona escaleras abajo), todo en torno de la paradoja viviente de una especialista en lingüística y psicología cognitiva que primero verá trastornadas aquellas facultades de las que era experta y todo en función de un personaje-síntesis regiamente interpretado por una Julianne Moore que hace de su tenso autoespectáculo devastador un pretexto de infinitos matices insospechados y un inagotable reservorio corporal de dolores ensimismados, maquinaciones impenetrables, desoladoras metamorfosis y enfurruñamientos vencidos.

El deterioro irremediable recurre cual enormes astucias expresivas a signos exteriores muy obvios y enfáticos pero medianamente eficaces para subjetivizar a fortiori el relato y comunicar por instantes, de súbita manera impresionista e impresionante aunque intermitente, algunas sensaciones angustiosas e intransferibles pero estéticamente objetivables que experimenta la heroína, como ese persistente desenfoque con giros envolventes en torno suyo para dar la idea de su desconcierto espacial tras correr por el campus de la Universidad de Columbia donde trabaja (efecto meramente óptico reiterado luego por desgracia en otros puntos narrativos para evidenciar una irreversible disolución paulatina de la realidad), como ese cruel interrogatorio médico sin contracampo para comunicar la idea de su aislamiento inerme ante la autoridad médica, o como la inserción cada vez más frecuente de rutilantes briznas de recuerdos borrosos con pretéritas imágenes familiares en arcaica película de 8 mm cual venturoso found foutage localizado por la conciencia enflaquecida a modo de inconsciente memorioso irónicamente idílico.

Y el deterioro irremediable quiere finalmente recrear de manera ejemplar e inspiradora el arte de la pérdida de la identidad propia (Todavía Alice, reza el bello título original), con larga cita poética de Elisabeth Bishop y coronado por un inmenso momento de gloria en ese discurso con caída de páginas en suspenso ante un auditorio lloroso para satisfacer a los que aún creen que una buena perorata hace un gran filme, y entonces sí poder refugiarse en los olvidos y restos de recuerdos convertidos de manera engañosamente sabia en una intensa luminosidad blanca cuya oleada plasticista todo lo devora.