Opinión

Pasar la reforma energética fue lo fácil, viene lo complicado

Honor a quien honor merece. La reforma energética es un logro sobresaliente que cambia radicalmente la perspectiva para México. En un mundo alarmantemente polarizado, este triunfo legislativo no es menor. Ahora la implementación será delicada y todo depende de ésta. Por ello, probablemente veamos salir a Lozoya de Pemex, con el capital por el éxito alcanzado bajo el brazo, para incorporarse al gabinete, dejándole a otro la compleja tarea que viene.

Moderemos expectativas. La reforma tendrá impacto por tres caminos: libera a industrias que utilizan intensivamente energía para garantizar su abasto a costos predecibles, lo que se traducirá en competitividad y en mayor inversión y empleo en esos sectores; incrementa marginalmente la producción a corto plazo, al asociarse Pemex con empresas especializadas en exprimir yacimientos maduros en aguas someras y medias, que implican quizá 50 mil millones de dólares de inversión los próximos tres años; por último, viene un probable aumento sustancial de producción, conforme México logre desarrollar yacimientos en aguas profundas, en asociación con las grandes petroleras internacionales. Esto requiere mucha mayor inversión, empezando quizá en 2019, pero no saldrá un barril adicional hasta quizá 2022, si nos va muy bien. ¿Le habrá hecho Peña Nieto la tarea al próximo presidente?

Según la EIA (Energy Information Administration), se esperaba que la producción de Pemex cayera de 3.4 millones de barriles diarios en 2004 y tres millones en 2010, a 1.8 millones en 2025, aumentando marginalmente a dos millones hasta 2040. En julio, Pemex reportó su séptima reducción de estimados, bajándola a 2.4 millones de barriles diarios, de 2.5, la menor en 25 años. Con la reforma, la EIA estima un incremento a 2.9 millones hasta 2020 y 3.7 millones hasta 2040. Esto implica que México pasará de ser un productor de petróleo importante a uno “estratégico”.

Pero, nada está garantizado. La producción de Brasil iba a aumentar de 2.4 millones de barriles diarios en 2008 (incluyendo biocombustibles) a 4.6 en 2015, con inversión de 175 mil millones de dólares, y sigue siendo importador neto pues su producción está estancada. Por eso es deseable que esos riesgos los tomen compañías con mucha mayor experiencia y bien capitalizadas.

¿Y el gas y petróleo de lutitas (shale)? Está por verse. Los principales yacimientos de México están en Tamaulipas y Coahuila, en regiones controladas por cárteles poderosos. Por la naturaleza de ese tipo de exploración que requiere de moverse rápido y perforar en muchos sitios, parece difícil lograrla sin resolver otros temas.

La reforma lograda excedió a las expectativas de muchos. Pero, decepcionó la regulación, tema crucial cuando hoy ni siquiera logramos litros de a litro. Era indispensable empoderar a un regulador autónomo con amplios recursos, para blindarlo de la posible injerencia política de la Secretaría de Energía, buscando la profesionalización de reguladores no expuestos a ciclos políticos sexenales. Prevalecerá la incertidumbre regulatoria que se reflejará en descuentos a la hora de participar en licitaciones, ante el peligro de que un cambio político altere las reglas del juego.

¿Qué haría un político populista y cortoplacista (¿Conoce usted alguno?) teniendo este poder en las manos? Veamos qué hizo Lula con Petrobrás. El arbitrario incremento de porcentajes de contenido nacional en la industria afectó la competitividad de la empresa, la rentabilidad de los proyectos, y ha reducido el apetito internacional por muchas licitaciones. Eso explica en parte cuán cortos se han quedado en sus ambiciosas expectativas.

A corto plazo, este tipo de decisiones es políticamente atractiva, pues genera crecimiento e inversión por la urgencia de sustituir importaciones, pero a la larga matan a las industrias afectadas. Eso hizo Cristina Kirchner en Argentina cuando prohibió exportaciones de carne. El precio se desplomó en el mercado local, beneficiando a la población, pero ahora la importan de Uruguay a mayor costo, pues quebraron a los productores locales.

El riesgo fiscal es también importante. Las proyecciones de Hacienda consideran que desaparece el subsidio a las gasolinas, e ingresos por un impuesto a éstas; que la producción de crudo crecerá antes de lo que quizá sea realista y un precio de 77 dólares por barril hasta 2019, optimista si la producción de gas en Estados Unidos sigue creciendo al ritmo actual. Además, es probable que se apruebe el oleoducto Keystone XL de Canadá a refinerías estadounidenses, muchas de las cuales refinan petróleo pesado mexicano. Lo seguirían haciendo, pero a un precio menor.

Por último, urge una revolución laboral en Pemex para que se vuelva competitiva. Hay un complicado ‘cuello de botella’ por falta del recurso humano ahora urgentemente indispensable. La nómina está peligrosamente inflada y es vital resolver el tema de las pensiones. Eventualmente, cuando sea una empresa competitiva, las acciones de Pemex deberían incluso cotizar en Bolsa, para así volverse realmente “de los mexicanos”, y ya no del sindicato y el ‘cochinito’ del gobierno.

El trabajo apenas empieza.

Twitter: @jorgesuarezv