Opinión

Pasado inmediato y presente para ya

01 diciembre 2017 5:0
 
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Colosio

Uno. Anti-intelectual rencoroso, a Díaz Ordaz se debe, problemas internos aparte, la caída ignominiosa del rector de la UNAM Ignacio Chávez en 1966. Pero no sólo eso. También, un año antes, en 1965, el portazo a la última oportunidad del PRI, con Carlos Madrazo (también tabasqueño verbisuelto, pero con ideas), de reformar al partido en un punto nodal: la injerencia directa de las “bases” regionales.

Dos. Déficit pavoroso de su administración que se corona con su aquiescencia a la auto-impuesta (caiga quien caiga) candidatura sucesoria de Luis Echeverría; los sangrientos sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco, una de las secuelas. Ya en la presidencia, don Luis se creerá en singular combinación Lázaro Cárdenas y Salvador Allende, saqueará el lenguaje de la izquierda “progre” y contraerá, el primero, el mal de la Insuficiencia presidencial.

Tres. Sobre el echeverrismo, no se ha ponderado del todo la metida de pata, desde la perspectiva histórica, de distinguidos intelectuales de la hora. Mi tocayo Benítez con el petate del muerto de “Echeverría o el fascismo”, y Octavio Paz sosteniendo que Echeverría le había devuelto “la transparencia a las palabras”. Lo cierto es que el presidente “compañero” desquició los instrumentos de mando del Estado.

Cuatro. De los sexenios de López Portillo, De la Madrid y Salinas, hablan sus hechos, de entrada o a la postre, calamitosos. A De la Madrid le nace la Corriente Crítica del PRI (matriz del PSUM, el PRD, el PT, Morena). Salinas elije a Donaldo Colosio, pero recula, la agarra contra su dedo destapador, y siembra el caos en el cogollo que encabeza. Del que surge, sin dejar de hacerse bolas, Ernesto Zedillo.

Cinco. Primitivos, elementales, si no es que rústicos, los dos presidentes del PAN; la alternancia no apareja transición. Y habrá que dar tiempo al juicio definitivo de la administración por terminar, si bien ya se imponen rasgos como la mudanza de bienes públicos en bienes privados, y el trío mortífero de corrupción, impunidad y violencia.

Seis. Debo anotar que conocí a Colosio en el marco de un plan de cultura, causándome magnífica impresión: nada chilango, arraigo local, juvenil; si bien la mirada un tanto melancólica. Dos hechos se combinan para su final trágico. Un discurso y un atentado. El discurso marca la independencia, del PRI, del gobierno (léase Colosio, léase Salinas). El atentado, cuyos cabos no sólo siguen sueltos sino enmarañados, tiene lugar dos semanas más tarde.

Siete. Realista y profético, el orador del 23 de marzo de 1994. Realista directo, profético por inferencia. Colosio veía un México de comunidades indígenas postergadas, olvidadas, ávidas de justicia y celosas de su dignidad y cohesión cultural. Un México, en lo general, agraviado, víctima de las autoridades; en breve, “mujeres y hombres afligidos por abusos de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”.

Ocho. ¿Qué le correspondía al PRI? Ni más ni menos que la auto –crítica, despojarse de la rigidez, redescubrir innovación y el cambio. Orgullo militante que pasaba por la “independencia del gobierno”. Un disparo en la cabeza, otro en el abdomen, en unas Lomas Taurinas por fuerza emboscada, silencian político y discurso, regeneradores, sanadores.

Nueve. ¿Resonarán las palabras del 23 de marzo, el eco de los disparos quince días luego, hoy que el PRI, de regreso al pasado, aguarda, la lumbre ya en los aparejos, el destape presidencial de su propio sucesor, que en una de estas le sale “retobón”? ¿El de Segob de cepa partidista? ¿El de la SEP, priista pero sin “caché” partidario? ¿El de Hacienda, técnicamente advenedizo? ¿Mi admirado amigo secretario de Salud? ¿O contra viento y marea, la imposición mis chicharrones truenan del esquema original, el Canciller, cuyos secretos del cargo al parecer ya aprendió? Seguiremos informando.

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