Opinión

Park Chan-wook y Lee: aclimatando


I. LA EXCITACIÓN FEROZ. En Lazos perversos (Stoker, EU-RU, 2012), duro noveno filme pero primero estadounidense del magnífico director shocking surcoreano de culto apenas quincuagenario Park Chan-wook (5 días para vengarse / Old Boy 03, Sed de sangre 09), con guión de Wentworth Miller, la sombría joven cazadora de 18 años fetichista recién cumplidos India Stoker (Mia Wasikowska) entierra en la campiña de Tennessee a su querido padre incendiado en un accidente automovilístico para quedar en manos de su distante madre desquiciada Evelyn (Nicole Kidman) y de Charlie (Matthew Goode), un desasosegante y acosador tío 9 años menor que el difunto y que al parecer se ha pasado toda la vida viajando...
 
... pero hoy con su cinturón siembra homicidios que excitan a la chava y le hacen descubrir, al masturbarse bajo la regadera, la excelsitud del goce, quedando fascinada con su tío revelado como psicótico y seductor de la madre, en sus garras, aunque no por mucho tiempo.
 
La excitación feroz columbra para su thriller de suspenso psicológico y de fantasía criminal una estética de la insinuación, hecha de un inquietante desquiciamiento sistemático de la escala de planos fuera de toda lógica de armado o sucesión secuencial (posGodard, metaNaruse), una dislocación espaciotemporal perpetua del montaje como si el método de sabia pulverización seguido en la escena de la regadera de Psicosis (60) debiera aplicarse a todas y cada una de las secuencias del filme, una violencia inherente a cada situación dramática y momento fílmico (aunque inferior a la que Park desplegaba en sus filmes coreanos) y, si bien con menos crueldad maniática que el japonés Takashi Miike, un regusto por la invención formal de manierista loco furioso.
 
La excitación feroz rinde tributo implícito y explícito a la maquinación suprema y a la manipulación sublime de Hitchcock, que van del chiste privado al retorcimiento visionario, con referencias múltiples (casi una refactura de la intriga de su obra maestra La sombra de una duda 43), truculencias homicidas (a lo póstuma Trama macabra 76) y hasta poderosas imágenes inolvidables de sus cintas mayores y menores, como la silueta siniestra en el promontorio de la mencionada Psicosis, la mortífera caseta solitaria de Los pájaros (63), la paciente cacería a quemarropa de Al tercer tiro (55) e incluso las concluyentes tijeras clavadas en la espalda de Con M de muerte (54), pero ante todo la presencia perversa de los seres vivos-alter ego (la araña trepadora por la pierna femenina, las flores ensangrentadas) y esa maligna inteligencia acaso innata de los objetos, como la llave-regalo de los secretos paternos, los zapatos de 2 colores circundando a la heroína con quien han crecido pero fatalmente desplazados por los tacones altos, el lápiz-arma punzante, o el cinturón pluriestrangulador-desnucador vuelto un verdadero discurso en sí.
 
Y la excitación feroz impone una enorme maestría para hacer delirar a las imágenes, ya que esta nueva oleada de cineastas orientales en Hollywood (predominantemente sudcoreanos), a diferencia de la anterior (predominantemente hongkongueses de acción: John Woo o Ringo Lam), semeja tener como rotunda finalidad enseñar a los infelices realizadores gringos perturbados, ineptos e infantilistas a filmar alucines con humor (tipo El último desafío de Kim Jee-wong 13) y con elegancia (Park); o sea, con estilo.
 
II. LA HIBERNACIÓN LUNAR. En Náufrago en la luna (Kimssi pyoryugi, Corea del Sur, 2009), rutilante segundo filme del autor total coreano de 36 años Lee Hey-jun (primer largo: Como una virgen 06, codirigido con Lee Hae- yeong), el infeliz ejecutivo de corbata rosa Kim (Jeong Jae-yeong) se siente agobiado por sus deudas y se arroja desde un puente hacia el Río Han, pero amanece como despojo entre otras basuras en un islote frente al mero descomunal centro de Seúl, fracasa en sus intentos de ser auxiliado por el exterior tanto como de ahorcarse, sobrevive ingiriendo hongos y pescados, hace fuego por frotación y se obsesiona con prepararse un plato de fideos con frijoles negros, pero hasta que consiga cultivar él mismo sus cereales, si bien una chava huraña también apellidada Kim que en tres años no ha salido de su habitación-universo virtual con Internet (Jeong Ryeo-won) lo espía gracias a la mira telescópica de la cámara con que suele tomarle close-ups en serie a la Luna, lo considera un extraterrestre de su propiedad, se comunica con él a través de mensajes en inglés dentro de botellas arrojadas al río y recibe respuestas dibujadas sobre la arena, hasta que de repente ella suspende cruelmente todo contacto, el hombre desespera, su hogar es arrasado por un tifón y unos policías lo expulsan de esa zona prohibida.
 
La hibernación lunar se afirma, con brillantez expresiva aunque viviseccional, cual desenajenante alegoría anticapitalista, robinsonada lunática por partida doble en alternaciones contrastantes pero equivalentes, fábula posgodardiana contra la sociedad posindustrial que enlaza paradójicamente al ingenioso primitivismo con el aburrimiento perfecto de la ciencia-ficción vivida al día, posmoderna pasión crística discretamente blasfema, sarcástica requisitoria contra la alienación cibernética y desahogo guarecido bajo el cascarón de un pato-barca, para ese bípedo autónomo dolorosamente erigido ante la ciudad iluminada que acabará aferrándose a su territorio hasta la paradoja de un rescate vuelto persecución para jamás regresar a la insufrible civilización urbana, todo ello contemplado por una chava inconscientemente fascinada-transformada por él.
 
La hibernación lunar se plantea desde la distancia fílmicamente virtuosística de un notable humor cáustico, con giros en redondo sobre los protagonistas, sesión de compras ubicuas en jump-cut, espantapájaros-alter ego, plantitas lacrimógenas y robotitos unívocos, profusos planos con teleobjetivo vigilante, hilarantes llamadas por celular al monto con recargas de las deudas bancarias o a la superinoportuna promoción telefónica o a la reacia examante ojeta, multitud de incidentes e insinuaciones ultraelípticas, disolvencias sobre el movimiento en barrido y bienvenidos gags tragicómicos como esos manoteos de auxilio confundidos con saludos por los turistas en yate, el tenedor-lanza de pesca clavado en un pie, ese éxtasis voyeurístico que hace volar a la onanista de la hipertecnologizada ventana indiscreta, o ese repartidor de comida expedita-a-cualquier-parte altivamente rechazado por el náufrago social.
 
Y la hibernación lunar concluye como la más insólita e imaginativa de las comedias románticas, haciendo de la comunicación un milagro y del nacimiento del amor una gloria, ambos regidos por el florecimiento de un trigo-esperanza, germinando a partir de la caca, de la gota de sudor recogida/atesorada en frasco, y de ese jadeante final feliz en un autobús detenido entre simbólicos ecos de unos amenazantes Cuerpos de Defensa Civil que sólo existen en el paranoico fuera de campo.