Opinión

Paralelismo electoral

 
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Trump se perfila como el candidato puntero para contender por la presidencia de EU. (Reuters)

Los resultados electorales del pasado martes en Estados Unidos podrían arrojar algunas lecciones útiles para los comicios estatales que enfrentaremos en México este año.

La primera y muy elocuente, describe el extendido enojo que el electorado estadounidense expresa hacia el establishment, el gobierno e incluso los propios partidos. Un fenómeno paralelo pero diferenciado en torno a la percepción en nuestro país, en torno a los partidos políticos y sus funcionarios.

En Estados Unidos los electores rechazan al gobierno y a sus funcionarios, porque los consideran incapaces, rechazan su trabajo, desaprueban su ejercicio al frente de los cargos públicos. Por ahí se puede explicar parte del triunfo y de la muy extendida aceptación que el discurso 'políticamente incorrecto' de Trump ha tenido entre los electores. El escandaloso magnate dice lo que muchos piensan, pero no se atreven a decir; expresa fuerte y claro los enojos que muchos sienten, por ignorancia, por desinformación, por resabios racistas y xenófobos, que Donald 'el orate' ha sabido explotar con astucia y perversidad.

En México los electores rechazan a los partidos y a la clase política en su conjunto porque no se sienten representados, porque han roto el vínculo de identidad que los conecta con el electorado.

Nosotros desaprobamos a nuestros políticos porque pensamos que se enriquecen desde su cargo, que son protagonistas de una corrupción galopante, explosiva, imposible de detener. La crisis de los partidos en México obedece a su incapacidad para terminar con la impunidad, para ejercer acciones claras, enérgicas y transparentes en contra de sus propios miembros corruptos, tramposos y ladrones. En vez de ello, el gobierno los hace cónsules y embajadores, mientras que los partidos de oposición son igualmente omisos ante la evidente corrupción de sus correligionarios.

Esto abre la puerta a esta fiebre 'independentista' que se vive en México, donde corren voces y manuales, grupos y postulantes que van desde comunicadores de la radio y la televisión, analistas políticos y académicos universitarios, hasta políticos que confían en su suerte y su vanidad para ir sin el respaldo y la infraestructura de un partido.

Los expertos en los números hacen pronósticos de a qué nivel de votación pudiera crecer un candidato independiente en las elecciones presidenciales de 2018. Impredecible. Nadie sabe.

Hay tantas variables sobre la mesa como el personaje, su trayectoria, el nivel de hartazgo de aquí a entonces con el recurrente tema del desprecio y rechazo a los partidos, al establishment, a los hombres del poder y del gobierno. Por ello mismo los números revelados esta semana por la Encuesta Nacional de EL FINANCIERO son elocuentes: sólo 60 por ciento de los electores se consideran votantes convencidos, activos y participantes. Sólo 33 por ciento –apenas un tercio del electorado– es voto duro, fiel, leal a una fuerza política, mientras que otro 40 or ciento es votante cambiante (swing voters) al que sumamos un adicional 20 por ciento de indecisos.

Este escenario ofrece graves preocupaciones para los partidos de siempre, incluso los iluminados que confían en su discurso eterno y repetitivo. Los candidatos de siempre –vea usted a Trump o al senador Sanders, autodenominado socialista– no serán los favoritos, o tendrán, me parece, que trabajar mucho para convencer al elector.

Repetir las viejas fórmulas como imponer candidatos a gusto y simpatía del gobernante en turno –Gabino Cué en Oaxaca o Beto Borge en Quintana Roo– bien pueden representar sonoras derrotas, por ir en contra al sentir del electorado.

Por último, a diferencia del discurso 'unificador' de Trump después de sus victorias el martes por la noche, o el de Hillary con la América Unificada, América Entera, la división del electorado ha colocado a los votantes estadounidenses en los extremos del espectro político. A diferencia de otros años, cuando los debates se centraban en temas ideológicos o religiosos o incluso morales, hoy el debate habla de la inmigración, de las mujeres, de los empleos ganados en otros rincones del planeta.

Esa división profunda entre los votantes bien podrá ser algo muy cercano a nuestros escenarios, en estados como Puebla, Quintana Roo, Oaxaca, Durango, donde se pronostican batallas intensas entre el aparato partidista y el electorado.

Twitter: @LKourchenko

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