Opinión

Paracho en la memoria

   
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Michoacán, policía

Paracho es los Gil, guitarreros que le mandaban hacer a mi padre el molde para las perillas de la maquinaria de las guitarras que fabricaban en ese pueblo michoacano. De ahí llegaron a casa dos guitarras, una pequeña y una de tamaño convencional, en las que aprendimos nuestra carencia de talento musical.

Paracho es en mi memoria un pintoresco pueblo en la meseta purépecha, unas chamarras de lana blanca con grecas verdes y azules, una de las escalas en viajes familiares que incluían las cristalinas aguas del lago de Camécuaro, el Parque Nacional de Uruapan, la parada obligada en La Barca, Jalisco, donde preparaban suculentos tacos de hueva de pescado.

Paracho es algo que mis hijos no podrán conocer. No sé si los hijos de mis hijos, pero los míos no. Porque antes, para ir a Paracho, como a tantas partes de México, sólo se requería un poco de dinero y algo de precaución vial. Nada más. Y aunque siempre hubo riesgos por inseguridad, viajar por muchas carreteras de aquellas, menos buenas que muchas de las actuales, no implicaba meterse en la boca de los criminales.

Amanecía y el antojo nos llevaba lo mismo a desayunar a las faldas del Volcán de Colima, a un pueblo de nombre Suchitlán, que a comer a orillas del mar en Tecomán, en Las Hamacas del Capitán. Las carreteras te llevaban a toda la costa de Nayarit –donde están las mejores playas de Jalisco– que a parajes zacatecanos donde, más allá del cañón de Juchipila, en temporada de aguas podrías nadar en un río de agradable caudal.

Pero ya no. O yo ya no y varios de los que conozco ya no. Ni de locos dejaríamos ir a nuestros hijos a acampar en las playas de Chacagua, Michoacán, o en Chacala, Nayarit. Impediría que hicieran el viaje en camión por el sur. Nada de vamos a Taxco y de ahí a Acapulco, y de ahí, pasando por Pinotepa Nacional, a Puerto Escondido. No hay manera. Nada de viajaremos desde Veracruz hasta Los Tuxtla, para quedarnos en Catemaco. Ni en drogas.

Esta semana el presidente de la República pidió que viajemos por los estados afectados por los sismos de septiembre. “Es importante que quienes visiten estos lugares los puedan mostrar a amigos y al mundo entero a través del uso de redes sociales, porque es una manera de solidarizarse también con estas entidades que resultaron afectadas para contribuir a la reactivación de la economía en estos importantes destinos turísticos”, dijo el jueves Enrique Peña Nieto.

Nada me gustaría más que tomarle la palabra. Hacer la ruta de los conventos en Morelos, conocer algo más del Edomex que no sea Valle, pueblear en Chiapas y Oaxaca.

Pero sobre todo dejar de pensar los destinos nacionales dentro de una ecuación donde la única variable que cuenta, por mucho, es, dada la criminalidad, si no se está cometiendo una insensatez mayúscula al viajar a ellos por carretera.

Viajar de manera distinta. No ir a Acapulco/Ixtapa/Vallarta/Cancún a encerrarse en el condominio al que te invitaron, en el hotel que pagaste. La suburbización de los feriados: retacas el auto de bolsas del súper porque el onceavo mandamiento dicta que, sin importar el destino turístico, evitarás al máximo las salidas al pueblo.

El viernes pasado ejecutaron al presidente municipal de Paracho. Me acordé de los viajes familiares a Michoacán, justo un día después de que Peña nos invitara a viajar. Me acordé de cuando, sin mayor preocupación y en un Volkswagen, mi padre le enseñaba México a sus hijos.

Twitter: @SalCamarena

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