Opinión

Para salvar al Caballito

 
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Caballito.

El símbolo de la Ciudad de México vive enclaustrado en una caja. Los científicos se devanan los sesos, los funcionarios se muerden los nudillos, los historiadores se jalan los pelos, los ciudadanos ven un cajón en la Plaza Tolsá, frente al Museo Nacional, que guarda a El Caballito.

Ahí lleva un tiempo a oscuras mientras los científicos, los funcionarios y los historiadores deciden cómo devolverle a la gran estatua ecuestre de Tolsá su viejo poder.

La historia es conocida en la ciudad: unos señores de una empresa fueron contratados (ah, la voz pasiva) para darle una mano de gato al Caballito, pero le dieron una garra de tigre con ácido nítrico. El rostro de Carlos IV quedó más rosa que la cara de un querubín y diversas partes del caballo se iluminaron de rosa y un poco de verde. Total: ya existe un comité científico para la recuperación de El Caballito que busca una nueva piel para la escultura ecuestre. Si Gamés ha entendido bien, se trata de un tratamiento dermatológico que le devolverá a Carlos brillo y lozanía a su aspecto.

Gil lo leyó en El Universal en una nota de Abida Ventura. Los resultados preliminares del análisis del comité de científicos indican que para restaurar los daños ocasionados al Caballito se deben seguir cuatro pasos. Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: al fin los expertos se han hecho cargo de este asunto.

Gilga se abrazó en el centro del amplísimo estudio y se felicitó como si fuera parte de la descendencia de Carlos IV.

DOS PASOS
A Gil se le quemaban las habas por saber cuál sería el primer paso que darían los científicos para recuperar al emperador y dejar atrás al querubín rosa del ácido nítrico. Benjamín Jiménez, coordinador del comité, fue muy claro: lo primero y más urgente es lavar la escultura con agua destilada para eliminar los contaminantes que aún pueda conservar: “Independientemente de que se terminen o no todos los estudios, con carácter de urgente debería lavarse toda la escultura para eliminar los restos de ácido, debe estar cubierta de un capa de polvo impresionante, todo eso hay que quitarlo simplemente lavando con agua”.

Gil se dio un manazo en la frente. Es decir, ¿el primer paso que los científicos proponen para salvar al monumento es darle unas cubetadas de agua destilada al emperador y su caballo? ¿De verdad? De haberlo sabido, caracho, le damos unos manguerazos, nos sale regalado y se cumple el primer paso. Un lamento desgarró el silencio del amplísimo estudio: ay, mis hijoos idiotas.

El segundo paso es sencillamente impresionante. Benjamín afirma que se debe “homogeneizar” la escultura de Tolsá. “Eso no quiere decir que la dejaremos rosa”. Esta es una opción, la otra es “dejar los recubrimientos como documento histórico”. La cara de Carlos está rosa como bebé rubicundo porque unos idiotas lo lavaron con ácido nítrico.

TERCERO Y CUARTO
Una vez que se haya lavado la escultura e investigado el color de su viejo metal, los restauradores trabajarán en el tratamiento del patinado.

Una capa que la haga parecer muy vieja a la escultura, pero que sea nueva. ¿Cómo la ven? Escrito esto sin la menor intención de un albur escultórico.

En esta hazaña de la obviedad han participado investigadores del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares del Instituto de Física de la UNAM y de la Escuela Superior de Ingeniería Química del IPN. Que la ciencia diga la última palabra, exclamó Gilga entregado al conocimiento. Último paso definitivo para salvar al Caballito. Al final de toda la intervención, los científicos y los restauradores proponen poner un recubrimiento que proteja el metal de toda la escultura, como un bronceador muy moderno para burlar el cáncer de la piel de Carlos y su corcel. Gil quiere un recubrimiento de ese tipo para salir a la calle en días de contingencia.

Dicho y escrito lo cual hacen falta tres análisis según el comité de científicos: uno electroquímico para evaluar el comportamiento del metal con la atmósfera de la Ciudad de México, otro sobre la evolución de los productos de corrosión y otro para determinar la humedad dentro del pedestal. Uta. Gilga tiene serias dudas sobre la salvación del Caballito. Todo sería más fácil si armados de miles de botellas de salsa Búfalo y kilos de estopa le dan una tallada de las buenas a Carlos y su caballo. En fon.

La máxima de Henry David Thoreau espetó en el ático de las frases célebres: Las matemáticas no mienten, lo que hay son muchos matemáticos mentirosos.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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