Opinión

¿Para qué sirven las instituciones?

Hugo Fuentes Castro*

Douglas North (1920), Premio Nobel de Economía en 1993, proporciona una ya célebre y universal definición que señala: las instituciones son el conjunto de reglas que regulan la conducta humana. En forma más económica, a esto se le ha denominado las reglas del juego.

Ahora bien, las instituciones se pueden clasificar como formales e informales. Por un lado, las instituciones formales son aquellas reglas escritas en leyes o reglamentos, cuyo carácter es obligatorio y coercitivo. Ejemplo de éstas se encuentran de manera fácil en cualquier sociedad. Códigos legales, las agencias policiacas de todo ámbito y los juzgados son un ejemplo. También se aprecian instituciones formales en las agencias reguladoras del ámbito económico y financiero, en los reglamentos o códigos de ética de las asociaciones profesionales, o en el buró de crédito que genera listas de morosos que impactan en su reputación. Asimismo, las instituciones formales tienen la capacidad para “atar las manos” de aquellos agentes que desean echarse para atrás en los acuerdos que hayan contraído.

En primera instancia, parecería que este tipo de instituciones bastan para inhibir conductas nocivas, generando de esta manera comportamientos confiables a través de un simple cálculo costo-beneficio. Sin embargo, como lo señalan Keefer y Knack (2005), las instituciones informales se han mostrado como una vía clave para la generación de confianza y comportamientos fiables en la sociedad.

Las instituciones informales no tienen un respaldo reglamentario explícito, sino más bien inarticulado, basado en convenciones, creencias, expectativas y costumbres. Para clasificar las instituciones informales hablaremos de dos grandes tipos: las normas sociales y las redes, que en conjunto llevan el nombre de capital social.

¿Por qué son importantes las instituciones? Las instituciones permiten generar confianza (trust) y comportamientos dignos de confianza (trustworthiness). Cuando se habla de trust, se habla de la confianza que se tiene en la sociedad, en tanto que por trustworthiness se habla de una conducta fiable en sí. A fin de facilitar el entendimiento de los conceptos enunciados se ejemplificará la forma en que se miden éstos. Un forma típica de medir el nivel de confianza en la sociedad consiste en preguntar a la gente de una comunidad lo siguiente: “Generalmente hablando, ¿usted diría que la mayoría de la gente es confiable, o que usted no necesita ser muy cuidadoso al tratar con la gente?” En el caso del comportamiento confiable, un ejemplo es el experimento conducido por Readers Digest en donde veinte carteras que contenían números telefónicos, direcciones y 50 dólares en efectivo fueron “accidentalmente” dejadas en lugares públicos en veinte ciudades europeas, seleccionadas de 14 países, y en 10 de Estados Unidos. El 30 por ciento fueron devueltos en Italia, 45 por ciento en Portugal, 60 y 75 por ciento en ciudades de Estados Unidos, y 100 por ciento en Noruega y Dinamarca.

Un hecho a señalar es que tiende a observarse en las sociedades una alta correlación entre estos dos conceptos y, en la medida en que éstos dos son mayores, se aprecia la posibilidad de un rango más amplio de intercambios diversos y complejos. Esto último se explica por la generación de “acuerdos creíbles”; es decir, las personas creen en su contraparte y es factible generar acuerdos de bajo costo que de otra manera no hubieran sido posibles.

Los acuerdos creíbles tienen repercusiones en las tres esferas del quehacer comunitario: económico, político y social. En la medida en que disminuye la posibilidad de generar acuerdos creíbles, debido al riesgo de conductas oportunistas o tramposas, los agentes restringen sus opciones de intercambio y terminan por reducir el nivel de bienestar de la sociedad.

* Economía ITESEM.