Opinión

Para discutir las candidaturas “independientes”

 
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Pedro Kumamoto

Se ha construido una fantasía de “lo ciudadano” como solución a los problemas de “lo político”: que los candidatos sin partido son pulcros, honestos y bien intencionados mientras los políticos de los partidos son corruptos y malsanos por naturaleza. Bajo esa visión, la solución a nuestros problemas sería simple y llanamente que los ciudadanos nos gobiernen y los políticos profesionales se vayan a sus casas –una solución que me recuerda aquel simplismo, que todavía se repite, de que sacar al PRI de Los Pinos traería integridad y prosperidad a México de forma instantánea.

Qué bueno que haya candidatos “independientes”, pero es necesario ubicarlos en su justa dimensión. Primero, el nombre debe ser candidatos sin el aval de un partido político, más que independientes o ciudadanos. ¿Independientes de quién? Si lo fuesen realmente, entonces quienes ganen por esa vía serían como seres extraterrestres, sin contacto con la realidad ni modo de interacción e influencia de sus votantes. ¿Candidatos ciudadanos? Eso es una imprecisión porque todos los candidatos –de partidos y sin el aval de ellos– son ciudadanos mexicanos.

Es importante eliminar la falsa dicotomía entre “ciudadano” y “político”. Todos quienes aspiran a ser candidatos, aun sin el aval de un partido, son políticos. La diferencia es que algunos tienen vínculos formales con gobiernos y partidos y otros carecen de ellos. La corta experiencia mexicana con las candidaturas independientes (antes de 2015 en Zacatecas, Quintana Roo y Nayarit) muestra que la mayoría de los aspirantes han tenido cargos políticos y han sido miembros de partidos. El primer candidato independiente exitoso se llama Raúl de Luna Tovar, quien ganó la elección del municipio General Enrique Estrada, Zacatecas, en 2013. Luna Tovar había sido alcalde del mismo municipio por el PAN años antes y cuando quiso competir nuevamente no consiguió el apoyo de su partido y se fue por la vía independiente.

De los seis candidatos independientes que ganaron en 2015, Pedro Kumamoto –quien ganó una diputación local en Jalisco– es el único que no tiene afiliación con partidos o gobiernos. El resto la ha tenido. El Bronco fue político del PRI por más de tres décadas y en ese periodo fue presidente municipal, diputado local y diputado federal; Manuel Clouthier fue diputado federal por el PAN hace algunos años (ahora como independiente repite en el mismo cargo); el alcalde electo de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar, fue dirigente del PAN en Michoacán y legislador local; el edil electo de García, César Valdés Martínez, trabajó en administraciones municipales de PRI y PAN, pero según sus propias palabras, jamás se afilió, y José Alberto Méndez Pérez, quien ganó el municipio de Comonfort en Guanajuato, luego de renunciar a su militancia panista, partido que lo llevó años antes a la presidencia de ese mismo municipio.

Que Kumamoto no tenga vínculos formales con partidos no le quita su naturaleza política. Él ha hecho política desde grupos universitarios y redes sociales y puede comunicarse mejor con un segmento creciente del electorado. Kumamoto no aspira a ser miembro de un partido tradicional pero seguramente quiere ser un político millennial que pueda trascender las estructuras anquilosadas de los partidos. Ser político no debe ser bueno o malo en sí mismo; lo malo es ser un político corrupto, mediocre y oportunista.

Asimismo, es importante no inflar las expectativas con respecto a los resultados de la gestión de quienes son electos a través de estas candidaturas. Primero, porque enfrentan al statu quo en contra. El gobernador electo de Nuevo León enfrentará un congreso local dominado por el PAN y el PRI con cero aliados formales aunque algunos lo serán de corazón. Asimismo, deberá construir un nuevo modelo de gobernabilidad que sea exportable a otras latitudes. Es probable que haya otros experimentos exitosos en los próximos años y se debe explorar una fórmula saludable de interacción entre un gobernador sin filiación formal a los partidos y legisladores partidistas.

Las candidaturas sin el aval de partidos no son la salvación del sistema político, pero sí una oportunidad de competencia externa a los partidos. No van a producir de forma automática mejores gobernantes, pero sí pueden alentar que los partidos escojan mejores candidatos. No van a terminar la corrupción, pero un gobernante que llega sin las ataduras que con frecuencia se construyen cuando se aspira a obtener la nominación de un partido, puede tener mayor libertad para hacer corte de caja frente al gobierno saliente y simple y llanamente hacer justicia.

Las candidaturas independientes no deben ser vistas como sustitutas de los partidos, sino un complemento. Es demagógico suponer que los “ciudadanos” van a salvarnos de los “políticos” como si ambos fueran de planetas distintos. Lo que nos salvará de la corrupción, del abuso del poder, de la mediocridad y del mal gobierno es justamente fortalecer el sistema de partidos. Ello no significa manga ancha, ni dinero ni prerrogativas adicionales. Fortalecer el sistema de partidos implica mayor rendición de cuentas, mejores reglas de nominación, depuración de sus cuadros, fortaleza y claridad ideológica y responsabilidad frente a los ciudadanos.

Twitter:@LCUgalde

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