Opinión

País intoxicado

   
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ME diputados

Si la figura presidencial no tiene el respaldo popular, éste se encuentra en otro lado. Una parte (menor) de la ciudadanía parece haber trasladado esas simpatías a Morena; pero otra parte de lo que las instituciones no capturan estará suelto, a la espera de personajes en quienes los ciudadanos vean reflejados sus anhelos o sus frustraciones. O ambos.

Hoy, cuando esos ciudadanos levantan la vista en búsqueda de quién los represente simbólicamente, se topan con que los liderazgos de los partidos (se entiende que no sólo los formales) han huido.

Los políticos abandonaron la plaza en el gasolinazo, como ya antes la habían abandonado frente a la nefasta visita de Trump, como lo han hecho en graves atentados de criminales contra instituciones y ciudadanía.

Esos políticos han privilegiado una ecuación mezquina. Que el gobierno federal se hunda es para mi beneficio, calculan con miopía. Si Peña sucumbe ante el racista Trump, si el gabinete colapsa ante el caos del gasolinazo, si los criminales humillan a las Fuerzas Armadas, todo suma, piensan: todo lo que lastra al gobierno será munición electoral este año… y el siguiente.

Opositores y más de un priista no se percatan de que urge construir salidas a la crisis, sostener al gobierno para que no se hunda la sociedad, apuntalar la gobernabilidad con críticas, sí, pero sobre todo con propuestas en tribunas y negociaciones, no desde los spots.

Como viven de y para las campañas, han olvidado una cosa elemental: que la propaganda no construye nada, es estéril. Son los gobiernos los que edifican o destruyen. Y el gobierno no se entiende sin una oposición proactiva.

La gravedad de la situación es tal que es suicida calcularla en votos: estamos en riesgo de que las elecciones resulten inútiles como procesadoras del ánimo social.

Una sociedad humillada por la corrupción y la impunidad gubernamental, por la indolencia y el cinismo de la clase política, ¿por qué ha de acudir a las urnas?

Si la popularidad no está en las instituciones, que nadie se sorprenda de que amanecimos con vítores a una desquiciada pandilla que ha decidido atacar políticos a jitomatazos, culmen de la renuncia al civismo y la inteligencia. Quien hoy lanza un jitomate ensaya las lapidaciones de mañana.

Que nadie se sorprenda, entonces, de que las armas se vuelvan populares, aspiracionales para niños y jóvenes: ese éxito que se mide en muertes.

Que nadie se sorprenda si una noche de estas nos atrapa un desvelo de hastío y desazón como a Sanabria, el protagonista de Patria o muerte (Alberto Barrera Tyszka, Premio Tusquets, 2015), que en el tobogán de la crisis de su país reflexiona:

“Entonces comenzaron a aparecer las mandarinas en las madrugadas y las inexplicables ganas de llorar. Comprendió que ya estaba saturado. En el fondo, estaba cansado de la historia. Sentía que Venezuela era una mierda, un derrumbe que ni siquiera llegaba a ser país. Creía que la política los había intoxicado y que todos, de alguna manera, estaban contaminados, condenados a la intensidad de tomar partido, de vivir en la urgencia de estar a favor o en contra de un gobierno. Llevaban demasiados años siendo una sociedad preapocalíptica, una nación en conflicto, siempre a punto de explosión. Todos los días podía suceder el cataclismo. Conspiraciones, magnicidios, guerras, atentados terroristas, fusilamientos, ejecuciones, sabotajes, sublevaciones, linchamientos… Todos los días podía acontecer una hecatombe. El país siempre estaba a punto de estallar pero nunca estallaba. O peor: vivía estallando lentamente, poco a poco, sin que nadie se diera demasiada cuenta.

“Administrar la destrucción: enterrar la uña en la piel de una mandarina”.

Twitter: @salcamarena

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