Opinión

País de muertos

  
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Unas 200 personas se han reunido en la Plaza de las Tres Culturas en la unidad habitacional Tlatelolco. (Rafael Montes)

A la memoria de Sergio González Rodríguez.

Los muertos no cuentan.

Un estereotipo nos define como un pueblo que se ríe de la muerte. Que come calaveras de azúcar que tienen escrita en la frente nuestro nombre o el de nuestros seres queridos. Que gusta del pan de muerto con huesos simulados. Que come, bebe y canta sobre las tumbas de sus familiares una vez al año. Un pueblo cuyos antepasados prehispánicos alimentaban a sus dioses con sangre. Civilizaciones (azteca, maya) de sacrificios humanos. Un pueblo que devino en un país donde “la vida no vale nada”. Un país de más de cien mil muertos, que poco o nada importan, provocados por una guerra absurda. Ni siquiera sabemos sus nombres. No hay un registro oficial de los muertos por violencia. Un país que mata a sus mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. Un país que permite que se asesine a sus periodistas y a sus jóvenes. Cada tanto se descubre una nueva fosa y de ella, como fuente siniestra, brotan muertos y más muertos. Al enterarnos del macabro hallazgo apenas alzamos una ceja.

No hay marchas contra la violencia y las protestas son escasas. ¿Nos hemos acostumbrado a la muerte o no nos importa la muerte o somos ya un país de muertos? Un par de semanas después de la matanza de Tlatelolco en 1968 la gente llenó los estadios, vitoreó a los atletas olímpicos, a la gran Vera Caslavska, al inolvidable Bob Beamon.

Queremos creer, retrospectivamente, que los muertos de Tlatelolco cambiaron al país, pero no hubo una sola protesta durante las Olimpiadas. No se juzgó ni se juzgará a ningún miembro del Batallón Olimpia. El secretario de Gobernación, participante más que activo de la masacre, fue premiado con la presidencia. Tres años después del 68 sobrevino la matanza del Jueves de Corpus. ¿Cuántos muertos? Nadie sabe. Se prometió entonces una exhaustiva investigación que nunca se llevó a cabo. Enseguida se desató en el país la guerra sucia, la persecución, tortura y muerte de los guerrilleros a manos de grupos militares, policiacos y paramilitares. No había juicios sino ejecuciones.

Desde helicópteros se arrojaba a los prisioneros al mar. ¿Cuántos muertos? Nadie lo sabe. El secretario de Hacienda de ese sexenio represor fue premiado con la presidencia.

A mediados de los años ochenta, la naturaleza cobró los múltiples agravios a esta tierra (el más grave, haber desecado el Valle de México) y sacudió con violencia extrema a la Ciudad de México. Decenas de miles de construcciones se vinieron abajo, miles de personas murieron atrapadas en los escombros y bajo la mirada de un gobierno paralizado.

¿Cuántos muertos? Nadie lo sabe. Al secretario de Programación y Presupuesto de ese gobierno omiso y pasivo lo hicieron presidente a la fuerza, sin el respaldo de los votos. Durante su sexenio fueron perseguidos y asesinados cientos de militantes perredistas. ¿Cuántos fueron? No se sabe. Las autoridades minimizaron las cifras, hicieron pasar muchas de las muertes como accidentes. Al secretario de Educación de ese sexenio abundante en asesinatos políticos se le nombró candidato del PRI y ganó la elección por el voto del miedo.

Ernesto Zedillo y Vicente Fox, PAN y PRI, fueron los responsables de la lenta descomposición del país. No sustituyeron el desfalleciente sistema político por un nuevo acuerdo en el que toda la sociedad se viera representada. Permitieron que los cárteles de la droga se fortalecieran y que las cárceles se transformaran en sus cotos de poder. En suma, el Estado a la par que iba cediendo el control de la mayoría de los monopolios fue también perdiendo el control sobre el monopolio de la violencia.

El exsecretario de Energía del cogobierno Fox-Sahagún logró imponerse por una distancia mínima al candidato opositor, que no aceptó su derrota, impugnó a las autoridades electorales y al hacerlo debilitó nuestra incipiente democracia alegando un fraude que nunca ha podido comprobar. Con la principal avenida de la Ciudad de México bloqueada, con campamentos opositores en cada una de las plazas del país, con el autonombramiento carnavalesco de López Obrador como presidente, él sí espurio, Calderón tomó la riesgosa decisión de montar su gobierno en el carro militar, vistió casaca de combate y lanzó al Ejército a una larga, costosa, inútil e inacabable guerra contra el narco que ha dejado, continuada por Peña Nieto, ¿cuántos muertos? Más de cien mil y decenas de miles de desaparecidos, pero cuyo conteo exacto no se conoce, porque en México los muertos no cuentan, no importan: no hay registros oficiales.

País de muertos. Si no los recordamos y los honramos seremos también nosotros los muertos en vida, seres sin memoria. No podemos dejar que caiga la sombra del olvido sobre nuestra tierra. No podemos perder a nuestros muertos en el silencio impune. No podemos seguir pensando que un país sin justicia es un país.

Twitter: @Fernandogr

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