Opinión

Oye, EPN, ¿y si inventamos el brazalete de la ignominia?

 
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Módulo especial Chapo Guzmán. (Especial)

Conversé hace pocos días con André Esteves, el presidente del banco BTG Pactual, arrestado el miércoles por la policía brasileña. Lo vi en el Hotel Four Seasons, cuando me lo presentó Guillermo Ortiz. André me pareció una persona amable y sin duda conocedora del tema financiero en su país, con muchas ganas de que su nueva aventura mexicana rinda frutos pronto. Hoy está tras las rejas en Brasil, acusado de ser parte de la red del escándalo de corrupción de Petrobras.

El hecho de que una figura de la relevancia de Esteves haya sido arrestado en Brasil no es muy bueno para México, por la sencilla razón de que está creciendo a una velocidad agigantada la idea internacional de que, aunque México tiene estabilidad macroeconómica y ha aprobado reformas estructurales, en Brasil la justicia sí se aplica y aquí no. Es cierto que la turbulencia podría llevar a Dilma Rousseff a un posible juicio político, y eso resta confianza a la inversión. Pero una cosa es cierta: la acción de la justicia brasileña está en marcha, mientras aquí El Chapo se escapa.

Crece notoriamente una idea en círculos internacionales: en México no hay Estado de derecho. Así de simple. En adición, se sabe que el sistema penitenciario está roto, y que las cárceles han servido como centros operativos de los secuestradores. Además, en las cárceles prácticamente no hay delincuentes de cuello blanco. Cualquier abogado penalista confiesa que quien tiene dinero no entrará a la cárcel (a menos que exista una persecución política).

Cabe preguntarse qué solución de corto plazo podría corregir esta situación que nos daña tanto internacionalmente, porque tanto el sistema de juicios orales, como la corrección de la infraestructura y de la operación carcelaria podrían tomar una generación entera.

Las únicas soluciones factibles de corto plazo deben ser disruptivas.

Imaginemos por ejemplo que el Ejecutivo instrumente un castigo público con un brazalete de la ignominia: un aro rígido que los sentenciados porten en la muñeca de forma notoria y con localización satelital. Podría ser fluorescente y ser utilizado para castigar delitos menores o de cuello blanco. Incluso podría tener letreros: soy delincuente fiscal; soy defraudador.

Apuesto que la deshonra y la humillación pública –gozando de libertad– de quienes cometen delitos menores tendrían un efecto de rápida disminución de ilícitos. ¿Quién se quiere sentar en un restaurante o en el cine a que todo mundo le vea una pulsera brillar señalando que es un delincuente?

Sólo un sistema creativo de castigos puede corregir la falta de Estado de derecho, al menos para delitos menores y de cuello blanco. La tecnología lo permite instrumentar de manera barata y expedita.

Twitter:@SOYCarlosMota

Correo: motacarlos100@gmail.com

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