Opinión

Otra política

Le decía este lunes que hay una especie de ciclos de 30 o 40 años que hemos vivido durante los últimos dos siglos alrededor de la política en el mundo. El primero ocurre cuando se derrumba la legitimidad tradicional del poder, con las revoluciones en Estados Unidos y Francia a partir de 1775. Durante ese primer momento, el gran conflicto político es entre los defensores del viejo régimen y los liberales que buscan crear el nuevo. Después de extender la visión liberal por toda Europa, Napoleón es derrotado en 1815 y hay un nuevo momento, en el que ambas partes buscan un acomodo estable. Sin embargo, aparecía un nuevo actor, los obreros, que en 1848 estallan.

No tienen un gran éxito, pero sí abren el espacio para que el tercer período esté determinado por su ingreso como una fuerza política relevante: laboristas en Inglaterra, la creación de Italia y Alemania como resultado de alianzas con ellos, etc. El tercer período, a partir de la década de 1890, es la desaparición de las viejas élites conservadoras, y la consolidación de la disputa entre liberales y cuasi-religiones que intentan aprovechar la fuerza de los obreros: nacionalismo y comunismo.

Por ser una disputa que incluye elementos trascendentales, ese período es muy violento (como lo había sido el primero), pero incluye también la búsqueda de acomodo, ahora entre liberales y movimiento obrero. Ese acomodo es el Estado de Bienestar, que ofrece parte de lo que las cuasi-religiones anuncian como el paraíso, pero en el presente. El último período, iniciado en los años setenta, es el de la desaparición de los obreros, y el ascenso de un nuevo grupo social, al que no hemos aún puesto nombre: los prestadores de servicios complejos.

A diferencia de lo que ocurría antes, para 1970 hay una cantidad muy importante de jóvenes que estudian una carrera. No son obreros, pero tampoco son parte de la élite. No van a tener acceso con tanta facilidad al Estado de Bienestar, pero sí van a tener que financiarlo. Para fines del siglo XX, ese grupo es ya el más grande, y no encuentra representación política. Su angustia es que tendrá que financiar las prestaciones de los anteriores, a las que no tendrá acceso. Es más, ni siquiera tendrá un empleo seguro.

Eso es lo que empieza a notarse hace un par de décadas, y estalla con la Gran Recesión, que fue el resultado de un intento extremo de posponer el conflicto. Y el fin del eje izquierda-derecha se hace evidente, de forma que aparecen nuevos “partidos” que no tienen mayor ideología que acusar a los anteriores de inútiles y corruptos. Así logra Cinco Estrellas posicionarse en Italia, dirigido por un payaso de la televisión; así cosecha la extrema derecha francesa; así puede ocurrir un referéndum para separar el Reino Unido; y así es como en España un partido absurdo, Podemos, está hoy en primer lugar de preferencias, por encima del PP y el PSOE. De ahí el desequilibrio momentáneo que provocó el Tea Party en Estados Unidos. Son los partidos del “que se vayan todos”, parecidos a los “candidatos independientes” latinoamericanos (Fujimori, Chávez, Morales, etc.).

Lo que está detrás es el fin de una época, que los políticos tradicionales no han podido entender. Las necesidades de la ciudadanía se desbordan, y la cosecha es de demagogos, en donde hay democracia, y de autócratas, en donde no se ha logrado consolidar. Extraño, pero parece repetirse cada dos generaciones.