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Marcha del SNTE en Oaxaca. (Archivo/Cuartoscuro)

Le decía ayer que desde fines de los setenta ha habido una caída en densidad sindical. Esta variable se refiere a la proporción de trabajadores que están sindicalizados, y que ha caído de manera importante en estas últimas décadas.

Para tener cifras: a mediados de los sesenta, 40 por ciento de los trabajadores en los 17 países miembros de la OCDE en ese entonces, eran sindicalizados. Esta proporción creció a 47 por ciento a fines de los setenta y empezó a caer desde entonces, para llegar en 2013 a 32 por ciento. Hay una gran variabilidad entre estos países, aunque todos sean del grupo llamado “desarrollado”.

En el extremo superior, Suecia, Dinamarca y Finlandia que promediaban 55 por ciento a mediados de los sesenta, llegaron a 75 por ciento a inicios de los ochenta y a casi 85 por ciento hace 20 años, cuando la crisis económica en Suecia mostró que eso era insostenible. Su densidad se ha reducido a 67 por ciento. La razón de estas grandes cifras es el sistema de Ghent, en el que las prestaciones del estado de bienestar no las administra el gobierno, sino los sindicatos, lo que fuerza a las personas a participar en ellos, o a no contar con dichos beneficios. Islandia también tiene este sistema, y rondó 90 por ciento de densidad en los 20 años previos a la Gran Recesión. Desde entonces ha bajado diez puntos.

En el otro lado, los países anglosajones tienen una baja densidad: 35 por ciento promedio hasta inicios de los ochenta, desde donde han ido bajando hasta llegar a 18 por ciento en los últimos años. Pero no son los países con menor densidad entre los desarrollados. Francia tuvo un máximo de 22 por ciento en los setenta y ahora no llega a 8.0 por ciento. Como con el sistema de Ghent, la cifra engaña. En realidad, el porcentaje de trabajadores para los que los salarios se determinan con presencia sindical supera 50 por ciento. Son pocos los sindicalizados, pero muchos los que son afectados por los sindicatos.

Esta caída en el tamaño de los sindicatos ocurre sobre todo en las empresas, porque en los gobiernos la proporción se mantiene. En Estados Unidos, por ejemplo, la afiliación a sindicatos para trabajadores del gobierno supera 35 por ciento y en Reino Unido 60 por ciento, aunque en el total no lleguen a 20 por ciento.

La mayor sindicalización en el gobierno es parte de los problemas políticos del futuro inmediato. Prácticamente todos esos sindicatos trabajan en servicios, en donde medir la productividad es muy difícil. Una parte muy grande de ellos cubren las actividades que tienen la “enfermedad de los costos”: educación, salud y seguridad. Esta enfermedad es el nombre que dio Baumol al fenómeno en el que estas actividades, que requieren mucha mano de obra, se vuelven proporcionalmente muy caras frente a otras en las que la tecnología permite reducir costos. Por eso la educación, por ejemplo, es cada vez más costosa comparada con el resto de la economía, y por eso los sindicatos de esa actividad son crecientemente combativos: los 3.2 millones de afiliados al sindicato de maestros en Estados Unidos (Asociación Nacional de Educación), o el millón y fracción del SNTE. En menor medida, ocurre lo mismo en salud y seguridad.

Y como las soluciones no son fáciles, determinarán la política en el siglo XXI.

Twitter: @macariomx

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