Opinión

Olé por las madres

  
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Toros

La vocación de ser torero es un regalo de Dios. Son pocos los hombres y mujeres privilegiados con este don de tener en el alma la necesidad de expresar todos sus sentimientos ante un toro, jugándose la vida, vida que llega por medio de la madre, el ser más importante que reina en esta tierra. Las madres son las únicas capaces de sentir amor de una forma que sólo ellas entienden, que sólo ellas dimensionan. ¿Cuánto sufrirá la madre de un torero?

Cuando un hombre o una mujer toma la decisión de dedicarse al toreo, la primera preocupación es el riesgo físico que conlleva la profesión, el ser cornado o incluso muerto por las astas de un toro en cualquier plaza cualquier tarde.

Como los toreros son artistas, sus sentimientos se mueven en el distinguido universo de las artes y las emociones. El verdadero riesgo de ser torero es no lograr desarrollar el alma ante los toros. Las cornadas son gajes del oficio, e incluso la muerte es un precio que los que se enfundan el traje de seda y oro están dispuestos a pagar si logran ser plenos artistas ante el toro.

El torero sufre durante toda su carrera. En los inicios, por lo general, se pasan vicisitudes tremendas, se tiene la decisión y el valor, pero no el conocimiento para lucir ante las embestidas de los animales. El toro está en superioridad, no sólo física, sino taurina. Lo decía el maestro José Miguel Arroyo Joselito: “el toro aprende en 10 minutos lo que los toreros desarrollan en toda su carrera”. Los toreros durante sus primeras etapas de desarrollo, sufren en carne propia la indiferencia de empresarios, ganaderos y medio taurino en general. Se va curtiendo la esencia, se envenena el amor propio y se acumulan sentimientos que (cuando la vocación es seria) se transforman en valores imprescindibles para la vida misma, como son la disciplina, tenacidad y confianza para perseguir un sueño.

Si se logra pasar la dura primera etapa como torero y las cosas ruedan bien al tiempo que la suerte acompaña, el sufrimiento no desaparece, se transforma. El miedo físico siempre existe, ya sea para torear una becerra en un tentadero o un toro en alguna plaza. El miedo ahora acecha la voluntad, se convierte en inseguridad y una tremenda angustia que desaparece al momento de entrar en contacto con el toro; en ese instante el torero se transforma y su espíritu se alimenta de la extraña y maravillosa sensación que produce torear. El miedo pasa a ser goce y paz, como cuando de niño tu madre te abraza y de ese modo te tranquiliza.

Así de grande es el amor de una madre y así de grande es el sentimiento del toreo. El mundo se detiene, el espíritu se apodera del cuerpo y se experimentan sensaciones únicas de entrega total, de unión eterna, como la de una madre alimentando a su hijo en brazos a los días de nacido.

Para todas aquellas madres de toreros, mis respetos. Estoy seguro que su amor es más grande que las ganas de ver a sus hijos abrazar una profesión donde su vida no corriera peligro. El amor las hace guardar silencio, tragarse el miedo y rezar las tardes de domingo cuando saben que lo más preciado se juega la vida ante un toro. Ver a sus hijos vivir con la intensidad que sólo el toreo ofrece, les vale a cambio de sufrir la terrible incertidumbre de que regresen sanos y salvos con el triunfo al hotel después de las corridas.

¿De dónde sacan el valor los toreros? De la madre, así como los toros heredan la bravura de la vaca en las interminables dehesas del campo bravo, donde con orgullo paren al becerro que un día será toro y que ofrecerá su vida a cambio del honor de una raza única.

A todas ustedes, madres de toreros, que sufren en silencio el arte de sus hijos, gracias; son ellos quienes nos emocionan y para muchos dan sentido a nuestras vidas. Olé por ustedes y que Dios les cuide a sus hijos, personajes únicos y privilegiados de poder vivir con sus propias reglas y principios dentro de este cotidiano mundo retorcido y casi ausente de valores en pleno siglo XXI.

Twitter: @rafaelcue

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