Opinión

'Okja': piensa dos veces antes de comer tocino

  
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Okja

Okja, dirigida por Bong Joon-Ho, arranca de forma similar a Pete’s Dragon de David Lowery: en un ambiente tan bucólico que parece sacado de un libro de fantasía, un huérfano convive con una criatura mágica. La película de Joon-Ho sustituye al niño feral de Lowery por Mija (Ahn Seo-Hyun), una campesina en las montañas de Corea, y al dragón por Okja: un “súper puerco” creado por la corporación Mirando y enviado a Mija como parte de un concurso para dar con el mejor espécimen de esta nueva raza y después comercializarlo. Joon-Ho acierta al calcar el escenario o la premisa de Pete’s Dragon y E.T.: que Okja inicialmente parezca infantil solo le añade brutalidad a sus últimos pasajes. Su textura caricaturesca es también un embuste o por lo menos una finta. Las inquietudes de Joon-Ho no están en ningún mundo fantástico sino en dilemas reales.

Antes, en la trepidante Snowpiercer, el director también había usado un disparate de concepto para filtrar opiniones sobre problemas actuales. Si Okja nos impulsa a poner en tela de juicio nuestros hábitos alimenticios a través de un cerdo gigante, Snowpiercer utilizó un tren distópico para hablar de las fricciones que ocasiona la disparidad social. El planteamiento y el desarrollo no son siempre sutiles, pero Joon-Ho logra matizar la obviedad con puntadas y momentos sugerentes (para prueba basta el misterioso “secreto” con el que Okja culmina). Por lo demás, tener buenos y malos le permite crear villanos exagerados y entretenidos. Jake Gyllenhaal se sale de tono con su Johnny Wilcox, una ridícula versión de Steve Irwin, esclavizado por la corporación Mirando, pero por suerte aparece menos que Lucy, interpretada por Tilda Swinton, quien también encarnó a uno de los antagonistas en Snowpiercer. De nuevo, la ruta que se antoja evidente –los malos son malísimos; los buenos unos santos– trae resultados inesperados. En contraste con la botarga que Swinton interpreta, Mija y el puerquito que la ha acompañado desde chica se sienten más auténticos, sin importar que el animal sea una creación computarizada.

El coctel es excéntrico: los pasajes idílicos del principio abren paso a elaboradas secuencias de acción que involucran no solo a la niña y su mascota sino a un grupo protector de los derechos de los animales cuyos miembros se visten y autodenominan como si formaran parte de la pandilla de Reservoir Dogs. Joon-Ho y su veterano fotógrafo Darius Khondji se lucen en estos tramos, llenando el cuadro con colores de confeti y enriqueciendo la acción con acentos chuscos o sorprendentes (la música de fondo, por ejemplo, a veces suena como un mariachi y de repente como un tango). Lástima que en medio nos endilguen largas charlas donde los personajes explican qué harán y cómo lo harán, filmadas y escritas con el ingenio de un comercial de carnes frías.

Si bien trastabilla en la segunda mitad, Okja repunta hacia el desenlace, cuando Mija conoce el destino que le espera a los puerquitos como el suyo. Mostrando que el cerdo del título no es único ni especial, la cinta nos lleva a simpatizar con las víctimas animales, sin nombre, que consumimos a diario. El mensaje es clarísimo, pero Joon-Ho tiene la astucia de no convertir su película en una petición de Change.org. Okja es también una historia de maduración (o de una coming-of-age story), en la que Mija y su mascota dejan de ser niñas, trastocadas por la violencia que han visto lejos de su Edén. Tanto la chica como el animal que vemos al principio tienen poco que ver con los dos seres melancólicos de los minutos finales. Para ambas, las peripecias que vivieron representan una brusca salida del paraíso. ¿Qué secretos se comparten en su último instante juntas? Eso se queda entre ellas.

Twitter: @dkrauze156

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