Opinión

Ojalá que EPN despierte en Nueva York

Los dos principales candidatos a la presidencia estadounidense, la demócrata Hillary Clinton y el republicano Chris Christie, visitaron México recientemente. Antes se decía que Israel era una parada imprescindible para todo aspirante, buscando apoyo de entidades y votantes judíos. Esta es la primera contienda presidencial en la que el paso por México parece también obligado.

Crece el peso relativo de la joven población hispana, y particularmente mexicana. Ésta inclina la balanza electoral en cada vez más estados, pero no en todo el país. La reciente decisión de Obama de posponer el debate migratorio hasta después de las elecciones legislativas de noviembre responde al hecho de que la población hispana es menor a 10 por ciento en siete estados donde el escaño demócrata en el Senado peligra.

Probablemente perderán la mayoría en esta cámara y eso restará aún más margen de acción a Obama. Los republicanos tendrían la oportunidad de oro de impulsar su propia reforma migratoria, aprovechando su mayoría en ambas cámaras, posicionándose fuertemente en la disputa presidencial de 2016. El peso político mexicano crece en forma incontenible. Todos lo saben, excepto el gobierno de México.

4.2 millones de estadounidenses se identifican a sí mismos como judíos, 2.4 millones más se dicen de ascendencia judía. Un mínimo porcentaje de ellos nació en Israel. Sumados, son poco más de 2.0 por ciento de la población estadounidense. Tienen una influencia indiscutible; ningún político en su sano juicio atacaría a Israel o titubearía en darle apoyo. Para fortalecer ese vínculo, la fundación Birthright le paga un viaje de 10 días a Israel a 40 mil jóvenes judíos estadounidenses cada año, buscando arraigarlos a su cultura y familiarizarlos con temas relevantes para ese país. Los vuelven eficaces custodios de sus intereses.

Hay 34 millones de mexicanos en Estados Unidos, 11.5 millones nacieron en México. La actitud de los políticos mexicanos hacia ellos sigue siendo condescendiente y distante. No entendemos la colosal influencia que podríamos tener sobre la política interna de nuestro vecino, principal socio comercial, y la mayor potencia económica del mundo, si les hiciéramos caso. No construimos atajos para acelerar su desarrollo. Si lo lográramos, asegurándonos de mantenerlos arraigados en el camino, seríamos invencibles.

EPN se reunió apenas por primera vez con las comunidades mexicanas en Los Ángeles, y viaja esta semana a Nueva York también por primera vez, para participar en la Asamblea General de la ONU. El año pasado canceló el viaje debido a la devastación de los huracanes Manuel e Ingrid. Recibirá un premio, y se topará con el respeto de mandatarios de muchos países que envidian los logros de México.

Otros países emergentes empiezan a padecer la debilidad de sus economías, afectadas por la desaceleración china, y se arrepienten de no haber aprovechado la oportunidad que tuvieron cuando crecían para hacer reformas estructurales. México las está haciendo y será quien más se beneficie de la recuperación económica estadounidense. El presidente tiene fuera mucha más admiración y respeto del que goza en casa.

Pero estamos lejos de aprovechar otra condición de privilegio: nuestros compatriotas componen el grupo dominante dentro de la minoría que más crece en el país más poderoso del mundo. La migración mexicana se comporta como lo han hecho la italiana, la irlandesa, y otras. Gradualmente se asimila y prospera.

34 millones de mexicanos en Estados Unidos generan un PIB superior al de 118 millones de mexicanos en México; pero dejamos que sean vejados y marginados. Prosperan a pesar de la falta de apoyo, no gracias a éste. El gobierno de México no ha sido capaz de articular estrategias que potencien su magra ayuda con los abundantes recursos que existen de entidades filantrópicas estadounidenses y con los recursos provenientes de poderosas empresas mexicanas cada vez más presentes en Estados Unidos.

Muchos miembros del Servicio Exterior Mexicano siguen creyendo que cada peso que se utilice para apoyar a la comunidad mexicana en Estados Unidos se le quita a quien lo necesita en México, visión miope de quien sólo entiende de apoyos clientelares y no comprende el efecto multiplicador de la inversión social comunitaria.
La política exterior mexicana carece de estrategia, solamente reacciona.

Desde lejos, pareciera como si la única prioridad de Videgaray, estratega presidencial, es preservar el respeto por la política económica de México, reflejado en la ascendente calificación crediticia de nuestra deuda externa y en el ínfimo costo que se paga, similar al de la deuda italiana o la israelí y 45 por ciento menor al de la brasileña, por asegurarse contra un improbable default. Parece que él mantuviera con freno de mano al canciller Meade y al subsecretario para América del Norte Sergio Alcocer, quienes tendrían la capacidad y perfil idóneo para encender la revolución que reclama a gritos el letárgico, rancio y ridículamente jerárquico Servicio Exterior Mexicano, para definir una estrategia mucho más ambiciosa e integral hacia Estados Unidos.


Bienvenido a Nueva York, señor Presidente. Ojalá despierte durante este viaje.

Twitter: @jorgesuarezv