Opinión

Odio y rechazo

  
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Anti Trump. (Reuters)

En materia económica, aún no sabemos con certeza en qué dirección se moverá el gobierno del señor Trump en Estados Unidos y, por lo mismo, el impacto que puede tener sobre nosotros. En principio, como hemos comentado, lo más probable es que tengamos un costo en términos de tipo de cambio (ya ocurrió), tasa de interés (en esta semana empezamos), inflación y crecimiento. Tal vez 2017 nos ofrezca un dólar arriba de 20 pesos, inflación superior a 4.0 por ciento, tasa de interés por encima de 6. por ciento y crecimiento de 1.5 por ciento. No es un gran escenario, sin duda, pero no es catastrófico. La tragedia ocurriría si el TLCAN se pone en duda, o se espera una revisión muy profunda, y entonces las cifras que le he mostrado empeorarían significativamente.

Pero si en cuestión económica no hay mucha claridad, hay otras cosas en las que el impacto del triunfo del señor Trump ha sido inmediato. Lo primero es que un personaje engreído, vanidoso, soberbio y grosero ha ganado la presidencia del país más poderoso del mundo, la democracia más antigua, y eso va en contra de quienes creemos que la decencia, compasión y buen trato son algo deseable.

De hecho, en los pocos días que han pasado desde la elección, los actos de odio en Estados Unidos han crecido notoriamente. Algún recuento apuntaba a 250 casos denunciados en tres días, cifra que normalmente ocurre en seis meses. De forma anecdótica, circulan en las redes videos de niños humillando a compañeros latinos, pintas de suásticas e insultos raciales, e incluso agresiones físicas. Aunque buena parte de esto es producto de personas antisociales, el que ahora se sientan en la capacidad de mostrar su odio, su sensación de impunidad, es muy preocupante.

Del otro lado, las cosas tampoco están bien. Aunque quien amenazó con no reconocer la elección fue Donald Trump, son ahora los seguidores de Hillary Clinton los que afirman que Trump no es su presidente, porque no votaron por él. Incluso quieren que se violenten las reglas electorales y se dé el triunfo a su candidata, porque ganó el voto popular, aunque perdió en los estados. Si bien sus muestras de odio son menos graves que las que provienen del racismo, también merecen condena. El absurdo de proponer la secesión de California, por ejemplo, difícilmente abona a la unidad.

Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos. Es un pensamiento horrible, pero es la realidad. Ganó porque el presidente Obama fue bastante más malo de lo que creen sus fieles seguidores, muchos de ellos mexicanos que no han percibido el incremento extraordinario de deportaciones en su mandato. Aunque es un extraordinario orador, su paso por la Casa Blanca no será recordado en buenos términos. Se perdió el rumbo en lo internacional, creció la polarización al interior de Estados Unidos, y aunque la economía mejoró, comparado con el momento en que tomó posesión, más parece haberlo hecho por inercia que por un conjunto claro de políticas públicas. Por otro lado, la candidata no era popular (era quien más negativos tenía, con la excepción de Trump, en toda la historia registrada).

Si bien la personalidad del señor Trump es repugnante, debemos entender que para muchos norteamericanos no era la peor opción. El que Hillary haya llamado a esos votantes “canasta de deplorables” no debe haberle ayudado mucho. Es muy importante impedir actos de odio y frenar actos de discriminación en contra de cualquier minoría. Destacadamente los nuestros, claro. Pero etiquetar a todos los votantes de Trump de racistas, o incluso al país entero, no sólo no sirve de nada: abona a la polarización que nos trajo aquí. Serenidad.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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