Opinión

Obama en América Latina, ¿negligencia benigna?

Durante la Cumbre de las Américas de 2009 en Trinidad y Tobago, el presidente Barack Obama había iniciado recientemente su primer mandato y despertaba gran entusiasmo entre los líderes latinoamericanos al prometer “una nueva era de asociación” que permitiría superar “debates estériles y viejas ideologías”. El primer presidente negro de Estados Unidos parecía sintonizar con una región donde un obrero ocupaba la presidencia de Brasil, un indígena la de Bolivia y una mujer perseguida por la dictadura de Pinochet la de Chile. 

Durante su campaña, había prometido impulsar una reforma migratoria integral y diferenciarse de su predecesor, George W. Bush, quien aprobó construir un muro fronterizo con México de más de mil kilómetros de longitud. La euforia duró poco. Obama tuvo otras prioridades y desafíos de política exterior como el fin de las guerras en Afganistán e Irak, la crisis financiera internacional, el acercamiento con Asia, la negociación del TPP y el TTIP, el conflicto palestino-israelí y las tensiones con Rusia, por mencionar algunos.

Lo cierto es que Obama no articuló una visión estratégica para vincularse con América Latina y el Caribe, con la que ha mantenido una relación distante, ambivalente e incluso de confrontación con algunos de sus países. Los desencuentros han sido significativos. Obama no pudo hacer nada frente al golpe militar en Honduras, que depuso a Zelaya en 2009. La relación con Brasil no mejoró como resultado de la visita de Obama en 2011 y de hecho se deterioró fuertemente al revelarse que los servicios de inteligencia estadounidenses espiaban a Rousseff. Las diferencias con Argentina en los llamados “fondos buitre” desataron una batalla legal que ya produjo fricciones en lo multilateral en la ONU y el FMI. La relación con México, centrada en el combate al narcotráfico y la seguridad fronteriza, no ha arrojado los resultados esperados. En la relación con Venezuela, Obama no ha evitado el deterioro de los derechos humanos. El drama de los niños migrantes se mantiene vigente y la prometida reforma migratoria nunca llegó, si bien Obama emprendió una acción ejecutiva que abre las puertas a la regularización de parte de los indocumentados.

Así las cosas, el anuncio del restablecimiento eventual de las relaciones de Estados Unidos con Cuba no supone realmente un viraje en la política hacia la región. Aún si reviste de la mayor trascendencia y despierta muchas simpatías en Latinoamérica, se trata de una decisión que se tomó por razones internas: cálculos electorales y preocupación por su legado. Podrá llevar a mejorar las condiciones de vida de los cubanos, sólo en la medida en que el Congreso norteamericano autorice levantar el embargo impuesto hace más de 50 años.

La falta de atención hacia Latinoamérica es lamentable, toda vez que la región presenta desafíos enormes. América Latina cuenta con 8.0 por ciento de la población del planeta, pero 33 por ciento de los homicidios en el mundo tienen lugar en esta zona. El crecimiento se desacelera al abaratarse las materias primas, lo que obstruye los esfuerzos para superar la pobreza. Las instituciones son todavía frágiles y la opinión pública muestra desencanto con la democracia. Obama ha ayudado poco a impulsar el desarrollo, combatir la desigualdad, dinamizar el comercio o fortalecer la democracia, por no hablar de revisar la estrategia de combate al narcotráfico por la vía militar, que ha llevado a corrupción, violencia y desvío de recursos escasos.

En abril, Obama participará en la Cumbre de la Américas en Panamá. Será la primera vez que Cuba asistirá. A pesar de los vínculos renovados entre Washington y La Habana, tras seis años de negligencia hacia la región, Obama difícilmente recibirá la bienvenida calurosa que tuvo cuando participó en la misma cumbre a inicios de su primer mandato.

Twitter: @lourdesaranda