Opinión

Nuestras favelas

  
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Arte

Los artistas nos ofrecen la posibilidad de alterar y mejorar nuestra realidad, y cuando pienso que en nuestro idioma no existe otra palabra equivalente a favela, me doy cuenta de que la historia del arte también ha creado un registro de esperanzas fallidas, de grandes momentos desaprovechados.

Hélio Oiticica nació un 26 de julio de 1937, en Río de Janeiro, y murió en 1980, de un infarto al corazón. Es considerado uno de los artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XX; su obra contribuyó enormemente al desarrollo del lenguaje del arte contemporáneo. El Whitney Museum of American Art de Nueva York organiza, de julio a octubre de este año, una retrospectiva de su trabajo.

Después de la Primera Guerra Mundial surgieron en Europa movimientos racionalistas como De Stijl y el Bauhaus, donde los artistas se convencieron que el ser humano alcanzaría el progreso a través de un pensamiento lógico y racional. En Latinoamérica, las ideas del racionalismo y del arte no objetual se afianzaron a finales de los 50, en parte a raíz de la controversia del muralismo, cuando los artistas latinoamericanos se rebelaron ante la idea de que el arte figurativo podría ser usado como propaganda por regímenes represivos.

Los artistas brasileños en particular adoptaron esta búsqueda del color y de la forma, pero a través de un modernismo más libre quisieron traspasar el hermetismo y el academicismo formal que venía del norte, y así crearon en 1959 el movimiento Neo Concreto, liderado por Oiticica, Lygia Clarck y Lygia Pape, quienes entendían el arte como un organismo vivo, un cuerpo que debía interactuar con el cuerpo y las experiencias de vida del espectador.

“Lo que yo hago es música”, declaró alguna vez Oiticica, quien quería expandir el papel del artista visual, especialmente en su relación con la audiencia, y que buscaba que el arte fuera una experiencia y no simplemente imágenes. Metaesquemas (1957-58) es una serie de figuras geométricas pintadas en gouache sobre cartulina, en la cual figuras rectangulares en variaciones de rojos, azules, naranjas y negro parecen desdoblarse, pero cuyas formas se van volviendo más complejas a medida que las observamos mejor. El color, como el sonido, conforma un alfabeto, pero más asociativo, más intuitivo, más libre.

A partir de los años 60, Oiticica produjo pequeñas esculturas interactivas que llamó Penetráveis (penetrables) piezas de colores con páneles y puertas en las cuales los visitantes podían meterse y explorar. Las más famosa de esta serie, Tropicália (1967), reúne una serie de clichés asociados al trópico –arena, aves exóticas, poemas, plantas, y un aparato de televisión–, desafiando los espacios museísticos y escenificando una América Latina hasta entonces ignorada por los discursos oficiales del arte. Con esta instalación ambiental y su recorrido laberíntico, Oiticica inauguraba el pensamiento antropofágico, un modelo de renovación cultural en el continente, basado en el mestizaje y no en retomar y adaptar modelos occidentales. El título de esta obra inspiró a los músicos Gilberto Gil y Caetano Veloso, quienes crearon el movimiento tropicalista, que incluía al arte plástico y el cine, y que instaba a los brasileños a renovarse, a pensarse de otra forma en plena dictadura militar. Hélio Oiticica, como pocos, revolucionó por completo su practica artística, y vemos maravillados cómo sus geometrías abstractas y bidimensionales saltaron al espacio y se convirtieron lentamente en favelas, en danza, en cuerpos extraños que enriquecen nuestra esencia.

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