Opinión

Nuestra vieja religión

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San Judas Tadeo. (Braulio Tenorio/Archivo)

Hoy se recuerda el inicio de la Revolución Mexicana, momento definitorio de nuestra religión laica. La ideología de la revolución, el nacionalismo revolucionario, fue nuestra versión de eso que hemos comentado en el transcurso de la semana: las religiones laicas inventadas para evitar la no-religión de la modernidad. Como las otras, la Revolución construyó una narración que le diese legitimidad, elevando al panteón heroico a unos gobernantes (Juárez) y enviando al infierno cívico a otros (Díaz).

Nuestra religión laica incluía santos y mártires, ritos, cuentos y creencias, pero sobre todo la promesa de un gran futuro, en el que “la Revolución nos haría justicia”. Fue enseñada a los niños durante décadas, con un éxito admirable. En pocos lugares, me parece, se ha logrado adoctrinar con tanta eficiencia como en México, donde al día de hoy se sigue creyendo en algo que nunca existió, y cuya estructura empezó a derrumbarse hace más de 30 años. No parece que en Europa del Este o aún en Rusia se haya logrado algo así.

Como decíamos en la semana, en esas religiones laicas se eliminaba a los herejes. En México así fue por mucho tiempo, con un instrumento que por un lado cooptaba, y por el otro ofrecía “encierro, entierro o destierro”. Aunque muchos jóvenes lo duden, hoy en México vivimos en condiciones de libertad impensables hace 40 años. Y es así porque la religión laica dejó de serlo. Porque derrotamos al viejo régimen.

Pero, le decía, la capacidad de adoctrinamiento del nacionalismo revolucionario es envidiable, de forma que para muchos mexicanos lo que se vive hoy no coincide con lo que aprendieron a pensar, y la distancia entre ambas cosas los llena de angustia. En el fondo, quieren de regreso esa religión que les resolvía la vida, con la paternal figura presidencial, con un espacio fijo para cada quién, con enemigos claros en el empresariado y en Estados Unidos. Por eso las opciones políticas son, en su mayoría, despojos del viejo régimen, con el mismo o con otros nombres.

Dejar atrás este conjunto de creencias y costumbres no es sencillo. No es nada más el corporativismo y el izquierdismo xenófobo, es también una cultura de corrupción que no sé si de verdad queremos dejar atrás. Porque desde niños, también, aprendimos que la ley es apenas una referencia, que lo que resuelve los conflictos es la negociación, donde se intercambian favores, a veces en efectivo. En eso, México se quedó muy atrás con respecto al resto del mundo occidental, e incluso frente a varias naciones latinoamericanas, que si bien sufrieron dictaduras, no cargan con la losa del nacionalismo revolucionario.

La Revolución ha perdido relevancia. Poco a poco, se acepta (sin decirlo) que esa guerra civil provocó un retroceso en México. De hecho, ya se borró de la Constitución (casi) todo lo que la representaba. Ya no se celebra en su día, sino en el tercer lunes de noviembre, un fin de semana largo que se ha convertido en El Buen Fin.

Pero al desaparecer esa fuente de legitimidad, no hemos construido una alternativa. La democracia liberal, con el mercado y el Estado de derecho, no logra echar raíces, y hay muchos lugares en México donde ni siquiera aparece. Sin el viejo régimen revolucionario, las regiones en las que el nuevo sistema liberal no cuaja quedan a expensas de la ley del más fuerte. O para ser más claro, del crimen.

Y de eso quisiera platicar con usted la próxima semana, del fin del viejo régimen, las dificultades del nuevo, y de la amenaza real del crimen organizado.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey

Twitter: @macariomx

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