Opinión

Nuestra reacción a las crisis

Hay una expresión que dice que para que las cosas se pongan mejor primero tienen que ponerse peor.

Se aplica a las personas, las organizaciones y también a los países.

Hasta que no sobreviene un infarto, cambiamos los hábitos de consumo y el estilo de vida que nos llevaron a esa crisis cardiaca.

Frecuentemente la realidad nos tiene que colocar en la disyuntiva de tomar decisiones que normalmente no tomaríamos, para poder seguir vivos o tener calidad de vida.

En las empresas, a veces es cuando llegan a una etapa crítica cuando nos damos cuenta que se tiene que cambiar. Se deben redefinir productos o servicios porque los consumidores han cambiado sus preferencias, por ejemplo.

Mientras las firmas van sobreviviendo sin mayores problemas no se adquiere la conciencia de la necesidad de hacer cambios. A veces es cuando se llega al borde del abismo que surge la determinación para cambiar todo lo que se debe.

En el sistema financiero mundial pasó algo análogo. Fue hasta que estalló la crisis de 2008, que amenazó con arrasar el sistema, que se tomaron medidas para evitar que los bancos tomaran riesgos excesivos. Fue hasta que nos dimos cuenta de la opacidad en la que operaban, que se modificaron las reglas para transparentar los balances.

En los países hay muchas ocasiones que esta regla se ha probado. Se tienen que presentar crisis de gran magnitud para tomar decisiones que parecen imposibles en el día a día.

Por ejemplo, fue la crisis financiera que vivimos en 1994 la que obligó a algo tan elemental como la publicación regular del monto de las reservas internacionales del Banco Central.

Fue la crisis política de aquel año la que condujo a la conformación de un IFE ciudadano. Los ejemplos sobran.

Sería deseable que modificáramos nuestros hábitos de vida antes de tener un quebranto en la salud, o que en una empresa se anticipara y tomaran decisiones antes de que surgieran los problemas.

Desafortunadamente los seres humanos frecuentemente operamos de manera diferente.

Si el gobierno y la sociedad reconocemos hoy que se nos ha desatado una crisis social tras la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, entonces quizá se pueda reaccionar como el individuo que sabe que tiene que cambiar antes de que la enfermedad amenace su vida.

Si el diagnóstico es que se trata de hechos graves pero superables sin cambios mayores, entonces pudiéramos comportarnos como ese enfermo que en una actitud autodefensiva se ciega y no reconoce su enfermedad.

La responsabilidad de tomar las decisiones que nos saquen de esta crisis es social. No corresponde a una sola persona o institución. Pero sin duda es el gobierno federal y en particular el presidente de la República, quien debe encabezar ese propósito.

Habrá resistencias. También por naturaleza tendemos a querer que no haya cambios que nos arranquen de la comodidad.

No hay vuelta atrás. El tiempo no es reversible. No hay opción.

O cambiamos de verdad, o la enfermedad social que padecemos nos va a arruinar.

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